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Las maravillas de la España moderna I

maravillas España moderna

Acabo de volver de una de las reuniones de mi querida Junta de Damas de Honor y Mérito. Desde el principio, quise llevar a colación un asunto con el que topé el otro día, pero la toma de la Bastilla en Francia es el tema que ha ocupado gran parte de la tarde. María Josefa, condesa-duquesa de Benavente, presidenta de la junta y amiga íntima desde hace ya unos años, nos ha comunicado que el rey Luis XVI ha tenido que huir a París.

Todas estas noticias las hemos sabido solo por boca de ella, pues parece que desde la corte real no quieren que las gentes se enteren de lo que está aconteciendo en Francia. Veremos qué nos depara este acto de censura y las repercusiones que tendrán los terribles acontecimientos del país vecino sobre el nuestro. Por fortuna, tras largas horas de emocionantes debates y tés sin descanso, pude contar lo que yo traía en mente.

¿Un legado familiar?

Resulta que la pasada semana estuve indagando entre las pertenencias de mi recién difunto padre. En la tarea, me topé con muchos recuerdos de su antigua estancia en Cuba. Pero lo que más me llamó la atención fueron las páginas de un sencillo diario que ya está muy desgastado por el tiempo, con las páginas amarillentas y quebradizas y la tinta algo difusa. El nombre que lo firmaba ya ni siquiera puede leerse. Sin embargo, sí fui capaz de leer el relato.

María Josefa Pimentel
Retrato de María Josefa Pimentel, duquesa de Benavente, hecho por Goya, artista del que la aristócrata era mecenas. | Wikimedia

Por lo que se ve el diario perteneció a un inquisidor que partió a las Américas a finales del siglo XV o principios del XVI, cuando apenas se sabía nada de aquellas tierras. A lo largo del cuaderno, el inquisidor, quizás un antiguo antepasado de la familia, hablaba de las siete maravillas de la España de su tiempo, mientras que hacía referencia a un liberto romano que al parecer había hecho lo mismo antes que él.

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Comenté todo esto con las damas de la junta y estuvimos debatiendo: ¿Cómo podía estar en la lista la muralla de Ávila y no la espléndida catedral de Burgos? ¿Cómo era posible que estuviera la, sin duda, preciosa basílica de San Isidoro de León y no el bellísimo Alcázar de Sevilla? Luego, pasamos a otra pregunta: ¿Qué siete maravillas seleccionaríamos nosotras entre la toma de Granada, cuando más o menos vivió el tal inquisidor, y el día de hoy? Después de mucho dilucidar, y no sin discutir, conseguimos elegirlas. Ahora me hallo aquí, frente al papel en blanco, con la tarea de dejar por escrito las siete maravillas de este tiempo de luces y sombras.

 

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