Patxi el Herrero, el conquistador del infierno

Herrero

Era un bosque más frondoso de lo que habían imaginado cuando se adentraron en él. El cielo se había cubierto de nubes y las hojas caídas de los árboles crujían bajo sus pies, que dictaban un camino improvisado, con el instito de quien se encuentra en compañía de la naturaleza como única guía. Ese bosque era una de sus últimas paradas en la bella provincia de Álava, con su blanca capital y sus pequeños pueblos que, como sucede en ocasiones, parecen haber quedado atrapados en otra época. Una época más difícil, pero también más sencilla.

El cielo se había cubierto de nubes que anunciaban tormenta y las hojas que escuchaban crujir bajo sus pies no eran sino otra prueba del silencio que reinaba en ese bosque. Pero a lo lejos divisaron una pequeña construcción aparecida de la nada, y en el momento en que sus ojos repararon en esa presencia el silencio se rompió. Porque entonces lo escucharon con claridad: un martilleo. Se acercaron, poco a poco, curiosos y extrañados, con las primeras gotas de la tarde cayendo sobre ellos, meciendo sus pasos. El martilleo se volvió más claro, más nítido, más intenso. Una sombra se formó tras una de las ventanas de la cabaña. Un hombre. Era un hombre trabajando sobre una pieza de hierro. Pausadamente, pero con ahínco. Como si fuera consciente de cuál es su trabajo y no le importase invertir toda la eternidad en ello.

 

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