Antonio Buero Vallejo, la voz de Madrid

Gran Vía, Madrid

No se hace necesario ahondar en los detalles que caracterizaron al Madrid de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Todos esbozamos con claridad un escenario que puede definirse como la guerra tras la guerra. La Guerra Civil había concluido, pero millones de personas siguieron luchando. Contra el hambre, contra el frío, contra la pérdida. Contra la ausencia de una vivienda, la inseguridad, la falta de oportunidades y libertad, el mercado negro y sus abusos. Esta ciudad de mediados del siglo XX, este país de mediados del siglo XX, se parecía mucho al esperpento de Valle-Inclán, ya fallecido, y se había llevado por delante a Federico García Lorca.

El teatro atravesaba un momento extremadamente delicado. Los grandes dramaturgos que habían protagonizado el comienzo de siglo estaban desaparecidos. Los madrileños preferían asistir a una sesión de cine, económicamente más accesible, que a una representación teatral que sonaba a engaño. En aquellos años, se apostó por rescatar las obras de los grandes clásicos, que nunca perderán vigencia pero que no terminaban de llenar a los espectadores. También se apostó por comedias triviales, que no arrancaban carcajadas a ese público desolado que estaba viviendo una guerra tras la guerra. Existía también un teatro de propaganda del régimen, que solo interesaba a quien interesaba.

Este es el escenario en el que empieza nuestra historia, en una ciudad triste y callada. Una historia que cambió con una larga etapa en la cárcel, una decisión del Ayuntamiento de Madrid y un hombre que se atrevió a alzar la voz. Porque el público necesitaba escapar de la realidad, o que alguien se atreviera a ponerle nombre a las cosas. Entre líneas, claro. Ese hombre, ese alguien, ese valiente de la escritura entre líneas, fue Antonio Buero Vallejo.

 

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