La frase proustiana tantas veces citada en la película Bearn o La sala de las muñecas, rodada en Raixa, “No hay más paraísos que los perdidos”, resume a la perfección el Jardín de Raixa, un lugar romántico y decadente que respira en cada esquina nostalgia por los tiempos pasados.

Testigo de los vaivenes de la historia de la isla y de sus familias más poderosas, Raixa, situado en la falda de la sierra de la Tramontana y con vistas a la bahía de Palma, es sobre todo una impresionante puesta en escena a la italiana, ideada a finales del siglo XVIII y principios del XIX por el exquisito cardenal Antonio Despuig i Dameto.

Como era habitual en las casas señoriales del campo mallorquín –denominadas sones–, el Jardín de Raixa fue en su origen una explotación agrícola. Se fundó en la época de la dominación islámica de la isla.

En el siglo XIII el rey Jaime I la concedió a uno de los caballeros cristianos que le acompañaban en la conquista de la isla. Era el conde de Ampurias. En 1660, la compró el primer conde de Montenegro. Permaneció en la misma familia hasta que ésta se arruinó. Ocurrió a principios del siglo XX.

Desde el 2002 pertenece al Ministerio de Medio Ambiente y al Consejo Insular de Mallorca.

Jardín de Raixa en Bunyola
Foto: viagallica.com

El verdadero artífice del Jardín de Raixa es el cardenal (hijo del tercer conde de Montenegro). Transformó la antigua alquería familiar en una espectacular villa de recreo. Sigue los modelos que el clérigo había conocido en Italia. Aquí pasó gran parte de su vida.

Mecenas de las artes y perspicaz coleccionista de antigüedades, creó un gabinete de arqueología en Raixa. Incluía piezas que había descubierto en sus excavaciones cerca de Roma. Hoy esta colección se aloja en Palma, en el Museo de Historia de la ciudad, situado en el castillo de Bellver.

En 1802 el cardenal encargó al arquitecto italiano Giovanni Lazzarini un ambicioso proyecto de trazado de los jardines. Al parecer no se llevó a cabo.

Como cuenta la marquesa de Casa Valdés, el ilustrado cardenal Despuig se interesaba también por la botánica. Llegó a crear en Raixa un muestrario de plantas exóticas importadas de América. Esto fue gracias a su amistad con naturalistas del Jardín Botánico de Madrid.

De estas plantaciones no queda nada en el Jardín de Raixa actual. Es una combinación del trazado clásico de Despuig y añadidos propios de la jardinería de la segunda mitad del siglo XIX. Por ejemplo, el pintoresco mirador.

Jardín de Raixa en Bunyola
Foto: eldiscretoencantodeviajar.com

El Jardín de Raixa está dividido en dos. Primero, el jardín inferior delante de la casa. Después, el superior en la ladera de detrás, dominado por la espectacular escalinata. Ésta es la protagonista absoluta de Raixa.

Está dividida en siete tramos y presidida en lo alto, como si del monte Parnaso se tratara, por Apolo (el dios del Sol y la luz) con sus musas. Todo el lugar, que está poblado por esbeltos cipreses y un sinfín de elementos decorativos, posee un aire clásico y mediterráneo.

Gracias a la cercanía de la montaña, el agua corre en los canalillos y en las fuentes y refresca el ambiente. Uno de los caminos que salen desde las terrazas lleva al otro punto emblemático del Jardín de Raixa. Es el bellísimo estanque. En su origen era un aljibe de riego.

Para asomarse hay una escalera que desemboca en una plataforma con sillas. Según la marquesa de Casa Valdés, el cardenal decoró con una mesa de piedra. Está influido por las comidas al fresco que tanto gustaban en el siglo XVIII al cardenal Gambara en la Villa Lante en Italia.

Delante de la fachada de la logia, la italianizante galería exterior, característica de los sones mallorquines, se extienden los jardines inferiores. Se organizan en terrazas, donde destacan los cuatro arcos formados por cipreses recortados.

El crecimiento de algunos árboles (cipreses, naranjos, araucarias, palmeras…) ha desvirtuado el nítido dibujo original de setos recortados. Sin embargo, en esta decadencia reside precisamente el verdadero encanto de Raixa.

Como dijo el pintor Santiago Rusiñol, inmortalizó el ambiente del Jardín de Raixa en sus óleos. «Morían los viejos jardines, pero morían con tanta nobleza, que de la muerte brotaba una nueva poesía: la poesía de las grandes caídas».

Texto de Anneli Bojstad