Salamanca fascinante: sus pueblos más bonitos

Miranda del Castañar, uno de los pueblos más bonitos de Salamanca

Recorrer los pueblos de Salamanca asegura un billete de ida y vuelta para viajar en el tiempo. Transitar por sus calles o explorar sus espacios naturales abre la puerta a una fantasía que casi se siente real recorriendo esta provincia castellana. Una fantasía que se extiende a las sobremesas ante su conocida gastronomía. Momentos que habitan un cruce de caminos entre excelentes productos autóctonos y una cocina conectada a la tradición de generaciones reunidas junto al fuego.

La ciudad universitaria por excelencia ejerce de capital de provincia. Adornada con un puente romano sobre el río Tormes, está empedrada por los pasos de sus antiguos habitantes, todavía deambulando cerca de las catedrales. Otros recorren el centro, dibujando los ángulos de la Plaza Mayor o buscando tesoros en la fachada de la Casa de las Conchas. Al amparo de su nombre nacen villas medievales en medio de profundos bosques. Empieza el viaje.

La Alberca

Plaza en La Alberca
Plaza en La Alberca. | Shutterstock

Alojado en plena Sierra de Francia, a más de 1000 metros de altitud, se encuentra este pueblo medieval. En La Alberca el tiempo parece haberse detenido, manteniendo el paisaje de la villa en una gota de ámbar. Desde su Plaza Mayor, presidida por balcones coloreados de flores, hasta la Ermita de San Marcos. Desde la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, hasta el Puente del Arroyo.

Un lugar, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, donde la magia de una arquitectura característica se funde con un escenario natural único. Integrado en el Parque Natural Batuecas-Sierra de Francia, lo coronan montañas donde reinan águilas y cigüeñas negras. En su interior aguardan bosques espesos plagados de espacios ancestrales y misterios. Todavía resuenan en su presente las tradiciones de su pasado, como la de “La moza de las ánimas” o el paso por el “Camino de las raíces”.

Ciudad Rodrigo

Plaza de Ciudad Rodrigo y su Ayuntamiento
Plaza de Ciudad Rodrigo y su Ayuntamiento. | Shutterstock

Ciudad Rodrigo se mantiene “Antigua, Noble y Leal”, rodeada por sus murallas medievales, convertidas en recinto estrellado. En esta localidad, y en toda su comarca, el pasado revive a cada paso. La Catedral de Santa María, su Pórtico del Perdón y su Torre de las Campanas, son, todavía hoy, fieles testimonios de su esplendor. Al igual que el Alcázar de Enrique II de Trastámara, convertido hoy en Parador Nacional de Turismo.

Mención aparte merecen sus palacios y casas. Empezando por el Palacio de los Águila, el mayor de todos, seguido del Palacio de Montarco, o el de la Marquesa de Cartago. La Casa de los Velasco, o la de los Miranda, son solo una pequeña muestra, a la que hay que sumar el Hospital de la Pasión, de influencia judía. Pero la geografía completa de su callejero invita a detenerse a cada paso para disfrutar de una impresionante riqueza patrimonial.

Ledesma

Puente sobre el Tormes y Castillo de Ledesma
Puente sobre el Tormes y Castillo de Ledesma. | Shutterstock

En Ledesma, sus puentes, el viejo, el nuevo y el romano, parecen cruzar más allá del río Tormes, hacia otra época. Sus murallas guardan un conjunto histórico artístico en el que piedra y agua alzan la voz por encima del paisaje del Paseo de Alonso Andrea. Allí, junto a la leyenda del personaje que le presta el nombre, se alza una panorámica igualmente legendaria. La vista alcanza de la Ermita de la Virgen del Carmen hasta el Menhir del Mirador.

El siglo XV alumbró una época de esplendor para la Bletisa romana gracias a la intervención de Beltrán de la Cueva, valido de Enrique IV de Castilla. De su mano se amplió la llamada Fortaleza de Ledesma y se levantaron hermosas construcciones. No hay que perderse La Casa de las Almenas, con su claustro y su jardín, ni pasar de largo el Palacio de los Dieces o la Plaza Mayor. Al final del paseo, espera un descanso endulzado por las rosquillas de Ledesma, un dulce con una tradición de 150 años.

Mogarraz

Fachadas de Mogarraz con los rostros de los vecinos
Fachadas de Mogarraz con los rostros de los vecinos. | Shutterstock

En Mogarraz, a casi 800 metros sobre el nivel del mar, en plena Sierra de Francia, los protagonistas son sus vecinos. De la mano de Florencio Maíllo, un artista local, sus rostros adornan las fachadas de las tradicionales casas. Una arquitectura hermanada a la de la cercana La Alberca, a menos de ocho kilómetros.

Al igual que ocurre allí, su conjunto histórico, declarado Bien de Interés Cultural, se encuentra perfectamente conservado. En el centro puede disfrutarse de la hermosa Plaza Mayor, mientras se saborea un vino con denominación de origen Sierra de Francia. Luego queda dar un paseo bajo las fachadas de piedra, detenerse en la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves o en la Casa de las Artesanías. La naturaleza también tiene cabida, a través del Camino del Agua, surcado de ríos, arroyos y obras de arte, mimetizadas con el paisaje.

Alba de Tormes

Puente sobre el río en Alba de Tormes.
Puente sobre el río en Alba de Tormes. | Shutterstock

En Alba de Tormes se enraízan los orígenes de la Casa de Alba y de la peregrinación para visitar el sepulcro de Santa Teresa de Jesús. Fallecida a finales del siglo XVI en el Convento de las Carmelitas, su cuerpo reposa hoy en la Basílica que lleva su nombre. Es posible contemplar las reliquias de la Santa (su corazón y el brazo), expuestas al público, y continuar la visita por el Monasterio de la Anunciación y su museo.

El sonido del río cobra protagonismo en un paisaje que se extiende hacia el puente medieval. Sus vistas, desde el antiguo alcázar, hoy Parque de El Espolón, son una maravilla. Mientras, desde una atalaya, el Castillo de Alba vigila, desde el siglo XII, las tierras del ducado.

Monleón

Puerta y muralla de Monleón
Puerta y muralla de Monleón. | Shutterstock

Monleón es un secreto, oculto en la comarca de Entresierras, dentro de las tierras de Guijuelo. Un lugar entre ríos, el Alagón y el Frío, y montañas. Casi 900 metros lo separan del nivel del mar y convierten sus alrededores en un paraíso prácticamente virgen. Los espacios naturales, bordeando orillas rocosas y picos, conforman una atracción en sí mismos. Su entorno se extiende en parajes de cuento, como el de Santa Ana. Con una orografía que moldea lugares donde el agua da forma a la arquitectura de las rocas: las Ollas de la Sapa, junto al río Alagón.

De su castillo, del siglo XV, poco queda, pero se intuye su papel de plaza fortificada en el recinto amurallado que lo separa del valle. Del mismo modo, se adivina su longevo pasado en el verraco prerromano que guarda la Puerta de la Villa, el Barrio Judío o los lagares de piedra que se conservan. Pero esto solo es el principio…

Puente del Congosto

Castillo de los Dávila
Castillo de los Dávila.| Shutterstock

Crecido por los deshielos de la Sierra de Gredos, el Tormes inaugura su curso en Puente del Congosto. Poco después se apacigua, en la Presa de Santa Teresa, para llegar calmado hasta la playa fluvial. En su transcurso, bajo el puente medieval, va cincelando formas solo explicables por la magia del agua. Mientras, sobre él, resuenan los pasos del ganado que lo ha cruzado durante siglos, en su paso por la Cañada Real Soriana Occidental.

Escudos y dinteles siembran esta villa declarada Conjunto Histórico en la que destacan la Casa de la Alhóndiga y la del Alemán. En el margen izquierdo del río, el Castillo de los Dávila permanece atento a posibles peligros, al igual que la torre defensiva del Puente Viejo, del siglo XVI. Puede que atisbando la llegada de peregrinos del Camino de Santiago hacia la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Miranda del Castañar

Panorámica de Miranda del Castañar
Panorámica de Miranda del Castañar. | Shutterstock

Sobre una colina, en la que destaca su castillo, se alza la localidad de Miranda del Castañar, al sur de la provincia de Salamanca. La protege un territorio de bosques de madroños y castaños y, más cerca, una muralla de la que perviven algunas de sus puertas. En su interior conviven en armonía, casas blasonadas con las típicas construcciones de mampostería. Conserva un importante legado arquitectónico religioso ejemplificado en las Ermitas del Cristo del Humilladero y la Virgen de la Cuesta. Además de una iglesia parroquial, gótica del siglo XVI, y su Torre de las Campanas.

Muchos elementos del patrimonio civil también perviven entre las calles empedradas de Miranda del Castañar. En una esquina de la plaza está la Cárcel real. Además de la Casa del Escribano y, en la ubicación del actual ayuntamiento, la Alhóndiga o casa de comercio. Leyenda y naturaleza circundan Miranda, surcada por múltiples rutas de prodigios y aventura.

Sequeros

Construcción típica de Sequeros
Construcción típica de Sequeros. | Shutterstock

Antigua capital administrativa de la Sierra de Francia, Sequeros es otro de los pueblos declarados Conjunto Histórico en estas tierras. Su arquitectura, con casas de tres plantas y balconadas, revela que fue una localidad poblada por burgueses, sobre todo a partir del siglo XIX. Allí asistían a los típicos espectáculos taurinos, frecuentaban la Plaza del Altozano o asistían al Teatro del Liceo. Pero en Sequeros también hay espacio para las típicas construcciones de la sierra, agujereadas por portales y pasadizos. Se esbozan también en su mapa zonas laberínticas. Algunas conducen hasta lugares insospechados. Desde una aljama judía, en la Plaza del Infiernillo, hasta la de Eloy Bullón, con su característico pozo. Pasando por su discurrir fuentes y plazuelas, la Iglesia Parroquial de San Sebastián y un montón de lugares solo mostrados a quien los explora.

En la Sierra, la fe y la naturaleza murmuran una misma oración, materializada en parajes extraordinarios que acogen el Monasterio de la Peña de Francia o el Santuario de Nuestra Señora del Robledo. El Bosque de los Espejos es final y principio de un círculo que hermana los nombres de los pueblos cercanos.

Montemayor del Río

Calle en Montemayor del Río
Calle en Montemayor del Río. | Shutterstock

Montemayor es un espejismo que únicamente se vuelve certeza cuando se está cerca. Escondido en un profundo bosque de robles y castaños, respira la esencia continua de un otoño de eterna calma. Una pequeña judería es la sorpresa que aguarda dentro de la sorpresa, aunque hay muchas más.

El mirador de la villa, con unas vistas de cuento, o el Castillo de San Vicente, una oportunidad única para visitar una fortaleza por estas latitudes. El sendero que une Montemayor con El Cerro es perfecto para los aficionados a buscar setas. Aunque la Sierra de Béjar ofrece mil y una rutas más en las que perderse para encontrarse, mientras el río Cuerpo de Hombre pone la música.

San Felices de los Gallegos

Castillo medieval en San Felices de los Gallegos
Castillo medieval en San Felices de los Gallegos. | Shutterstock

San Felices de los Gallegos ha sido habitada por distintos pueblos, propios y foráneos, desde el inicio de su historia. Los portugueses, con un castillo del siglo XIII y los habitantes de la pretérita Gallaecia dejaron su huella sobre su paisaje. Pero es a los galos a los que se debe el famoso Puente de los Franceses que sobrevuela el río Águeda. Un caudal que cruza la frondosidad del Parque Natural de las Arribes del Duero.

Leonor de Alburquerque, abuela de Fernando el Católico, fue una de sus habitantes ilustres. Más tarde llegó la Casa de Alba, pero durante el siglo XX el abandono llamó a la puerta de esta villa medieval. Hoy la situación es completamente diferente. San Felices ostenta el título reciente de pueblo más bonito de Castilla y León. Sus iglesias, la de las Agustinas de la Pasión y Nuestra Señora, la Torre de las Campanas y la Casa de los Mayorazgos, son algunos de sus atractivo. Pero los repelados y perronillas elaborados por las siete monjas agustinas que todavía ocupan el convento, no se quedan atrás.