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Ruta del románico por Zamora: el cantar de una historia

Ruta del románico por Zamora

Recorrer la ruta del románico por Zamora es como penetrar en un laberinto siguiendo el hilo invisible de la historia. Paseando su geografía es necesario invocar otros tiempos para aprender a leer el tacto de las piedras. Para dejarse guiar por los espectros que pueblan ese limbo de tiempo ubicado entre el cielo y la tierra de esta capital castellanoleonesa.

Hay quien dice que, en esta orilla norte del río Duero, todavía se escuchan los ecos de un pasado con notas de romancero. La música de las palabras flota en el aire. Una melodía que rodea esta ciudad cercada de leyendas. A veces, incluso se intuye el murmullo de un fantasma que acude presto a conducir los pasos de los viajeros. Un trayecto que, a través de murallas, castillo, iglesias y catedral, reescribe versos pretéritos de cantares de gesta. Solo queda escuchar.

Un caballero y una catedral

Un espíritu, de nombre Rodrigo, aguarda a los recién llegados. Según cuentan, en ocasiones puede verse esperando extramuros, junto a la iglesia de Santiago el Viejo o de los Caballeros. Desde allí, dirigiendo la vista hacia el horizonte, las nubes parecen tomar la forma de una espada, Tizona. Pero el acero enseguida se deshace en el cielo, transformado en jirones blancos sobre las tejas del templo. La iglesia, construida en el siglo XII, ha sufrido varias veces los envites del Duero a lo largo de su vida. Pero se mantiene en pie, cosida a reformas y recuerdos. Algunos, enredados con tradiciones y leyendas, trascienden tiempos y espacios y llegan al presente con la forma de un momento solemne. El del nombramiento como caballero de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, a manos de Fernando I de Castilla.

Iglesia de Santiago el Viejo
Iglesia de Santiago el Viejo. | Shutterstock

Entonces, es conveniente alejarse un poco. Lo justo para permitir el tránsito de las memorias espectrales hacia el presente. La Vía de la Plata del Camino de Santiago, con origen en Sevilla, sufre un desvío por estas latitudes a través del bosque del Valorio. Una reminiscencia del antiguo “Monte Concejo” de Zamora. A continuación, es momento de regresar a la protección de la muralla, refugio inexpugnable para esta ciudad, por ella apodada “la bien cercada”.

De nuevo en el casco urbano, ascendiendo hasta el punto más alto, se encuentra la catedral. El edificio más importante y representativo del románico zamorano y de la propia ciudad. No en vano su hermosa cúpula, plagada de escamas, se divisa desde cualquier punto del entorno. Se trata de la catedral más antigua de todo el territorio de Castilla y León. Además, representa una comunión ecléctica de estilos que la hace única en su especie. La construcción de esta perla surgida del Duero data del siglo XII.

Catedral de Zamora
Catedral de Zamora. | Shutterstock

Cada una de sus partes brilla por sí misma, pero es imposible no destacar la puerta del Obispo, en la fachada sur del edificio. Enseguida puede sentirse un soplido frío junto a la oreja, un cosquilleo en la nuca, un aviso que, de una forma u otra, lleva a alzar la mirada hasta la torre del Salvador. Su silueta recortada sobre el cielo a unos 45 metros de altura suena a repiqueteo de campanas y trinar de pájaros. Fue utilizada con carácter defensivo, como cárcel del cabildo y puede que hasta para escalar al cielo.

Rodrigo a veces se impacienta, envuelto entre las sombras del interior, deseoso de continuar el recorrido por esta ciudad que tan bien conoce. Pero antes, siempre permite unos momentos para disfrutar del altar mayor, del siglo XVIII, y del  bello entramado de rejas de la Capilla Mayor, una auténtica joya renacentista. Además de las capillas de San Ildefonso, San Nicolás o San Bernardo. Todo ello, junto a la sillería del coro forma un conjunto que no deja indiferente ni siquiera a los fantasmas.

Iglesia de San Pedro y San Ildefonso
Iglesia de San Pedro y San Ildefonso. | Shutterstock

Al salir de la catedral, casi sin tener que decidir hacia dónde encaminar los pasos, van surgiendo los siguientes destinos. Empezando por otro monumento nacional, la iglesia de San Pedro y San Ildefonso. Alzada sobre un antiguo templo visigodo y guardiana de los restos del primer obispo zamorano, San Ildefonso. Aunque la bóveda gótica corresponde al siglo XV, sus orígenes se dejan entrever en el rosetón o la capilla mayor. Unos orígenes que la unen a los próximos puntos en el mapa.

Iglesias y palacios en una ciudad cercada

Plaza Mayor de Zamora
Plaza Mayor de Zamora. | Shutterstock

A veces es posible desorientarse entre las calles tapizadas de piedra, en la pretensión de perseguir a un cicerón que de vez en cuando monta a lomos de un corcel, puede que Babieca. Pero este recorrido, casi inmerso en una persecución onírica, es una oportunidad perfecta para dejarse llevar y conquistar la ciudad para futuras memorias. Las calles toman el testigo al propio capitán de la marcha. La de Santa Clara, peatonal y bulliciosa, o la plaza Mayor, con sus dos ayuntamientos. Cada detalle dibuja el cerco de la ciudad deteniéndose en las entradas a sus murallas. Desde la puerta de Doña Urraca, lugar en el que dicha reina legendaria se entrevistó con el Cid, pasando por la puerta de Santa Colomba y la del Portillo de la Traición. Flanquean el empedrado el palacio Episcopal, el de los Condes de Alba y Aliste o el del Cordón.

Puerta de Doña Urraca
Puerta de Doña Urraca. | Shutterstock

Rodrigo suele insistir en dirigir el paseo hacia el palacio de Arias Gonzalo, lugar en el que se criaron junto al él los infantes de León y Castilla, hijos de Fernando I. Por eso esta casa también es conocida como Casa del Cid. Situada frente a la puerta del Obispo, se integra en las murallas primigenias, ante una increíble panorámica del río. Pero también el Duero reclama su momento de protagonismo a través del puente de Piedra o puente Nuevo, con sus 16 arcos y 250 metros levantados sobre el río durante el siglo XII.

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La corriente de agua sigue su curso, al igual que este camino comenzado hace siglos. Es hora de realizar unas últimas paradas antes de mirar hacia arriba de nuevo. Primero, en la iglesia de Santa María Magdalena. En ella destaca la decoración de la portada, sobre la rúa de los Francos, diseñada con motivos vegetales y 46 rostros, sonriendo en su paraíso celestial. En su interior, el sepulcro de una dama anónima, hoy todavía sigue siendo un misterio.

Desde allí, imitando los invisibles pasos de los protagonistas del Motín de la Trucha, hay que dirigirse a Santa María la Nueva. Escenario, en el año 1158, de un incendio originado para quemar a los nobles que se encontraban en su interior. Un relato que contribuye a mantener esa atmósfera literaria que rodea la ciudad. Justo enfrente la escultura de “Barandales” lo observa todo, a la espera una nueva Semana Santa que inaugurar.

Iglesia de Santa María Magdalena
Iglesia de Santa María Magdalena. | Shutterstock

El último edificio religioso de este trayecto espectral por el pasado románico es la iglesia de Santa María del Burgo. Es la que mejor conserva su estructura original. Pero sobre todo llaman la atención la torre y la portada sur decorada con temas históricos, bajo un rosetón con celosía esculpida en piedra. Dentro, además del retablo mayor en honor a Santiago, merece la pena detenerse ante la antigua mesa románica situada en el altar. Un recordatorio más del paso del tiempo. De todas las eucaristías, celebraciones y vidas que palpitan entre estos muros.

Murallas, castillos y alrededores cercando la ciudad

La muralla de la “bien cercada” ha resistido la embestida del tiempo y de numerosas incursiones, entre ellas el episodio del cerco de Zamora. Un momento reconstruido a través de crónicas históricas y versos de antiguos romanceros. De esta construcción defensiva levantada entre los siglos XI y XIII, hoy en día se conservan casi tres kilómetros de la época de Fernando I. En esa parte, como protagonista de excepción, aflora el castillo de Zamora, del siglo XI. Un vigía en las alturas rodeado por un profundo foso, sobrevolado por nubes y poemas.

Castillo de Zamora
Castillo de Zamora. | Shutterstock

Cuatro torres se dibujan sobre el cielo, para defender, cuidar, observar y asistir al transcurso de la vida. El espectáculo del paisaje continua en el parque anexo. Desde allí, las vistas del conjunto de la catedral y el río son un auténtico regalo. Pero el tiempo apremia y los fantasmas exigen más pasos, más caminos. La historia de Zamora se encuentra estrechamente ligada a la de unos alrededores igualmente novelescos que componen, junto a ella, la narración de un guion común.

Detalle de las calles de la ciudad de Toro
Detalle de las calles de la ciudad de Toro. | Shutterstock

Toro aparece tras recorrer unos 40 kilómetros, o media hora en coche, desde Zamora. Allí se llega siguiendo el aroma de la uva. Degustar una copa de vino de la zona en una de las terrazas de la  plaza Mayor es el preludio perfecto a la visita. Después, el placer se traslada a contemplar las vistas sobre el Duero y el Alcázar. Más tarde, quizás un paseo a través de la calle Mayor, dirigiendo los pasos hacia la torre del Reloj. Luego, una parada ante otra joya románica, la colegiata de Santa María. Un poco más lejos, a 70 kilómetros de la capital zamorana, Benavente se presenta como otra alternativa. Es un lugar con mucho que ver y disfrutar. Desde la iglesia de Santa María del Azogue hasta las plazas, la de la Madera y la Mayor, pasando por el mirador de la Mota y su castillo.

La naturaleza reclama su lugar en los Arribes del Duero. Un espacio protegido en el noroeste de Salamanca y al sudoeste de Zamora. Cascadas, cruceros fluviales, rutas, miradores y mucho por explorar son todas las tonalidades que tiñen este lugar del color de la magia. Permanecer un tiempo en este escenario es un bálsamo para el alma. Escuchar el rumor de los pájaros que pueblan las ramas de los árboles, el susurro del aire discurriendo entre las copas, el canto del agua que se dirige de nuevo hacia Zamora.

Vista del conjunto de la catedral y murallas de Zamora
Vista del conjunto de la catedral y murallas de Zamora. | Shutterstock

Otra vez en la ciudad, el agua del Duero prosigue su monólogo. Lleva y trae mensajes entre pasado y presente, mientras Zamora continua respirando, aferrada a un cerro en su ribera.