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País Vasco de pueblo en pueblo: ruta en coche por la costa vasca

Pueblos del País Vasco: ruta por la costa vasca

Siguiendo la línea marcada por la ruta que planteamos por la costa mediterránea, estos textos y los que siguen quieren servir de guía para todos aquellos que quieran coger un vehículo y lanzarse a la carretera a descubrir la costa norte. Lo que uno encontrará en este recorrido forma parte de una imagen popular cada vez más apreciada: paisajes salvajes, pueblos de tradición marinera, enclaves de ensueño incluso cuando el tiempo no acompaña.

La influencia del Camino de Santiago que conduce a la capital gallega también se advierte a lo largo de esta costa del norte que, se empiece donde se empiece, es un placer recorrer. Nosotros elegimos empezar la ruta en la costa vasca, en el País Vasco. Concretamente la frontera con Francia, como punto de partida. Este viaje concluirá en las Rias Baixas gallegas, en la frontera con Portugal, pero queda mucho para llegar ahí. Bienvenidos a una nueva colección: ruta por la bella, salvaje y auténtica costa norte.

Una ruta por la costa vasca que comienza en la frontera

Hondarribia
Hondarribia. | Shutterstock

La provincia de Gipuzkoa encuentra su tope con Francia en Hondarribia y es ahí donde comenzamos. Estrictamente, tiene el título de ciudad desde el siglo XVII, cuando su condición de frontera le hizo librar varias batallas contra los franceses. Hoy en día tiene cerca de 17.000 habitantes, pero la vida que se respira en sus calles sigue siendo la vida de un pueblo. Un pueblo colorido, además. Un pueblo pesquero, quizá su característica más importante, pues se hace notar tanto en sus formas como en su gastronomía. Su casco viejo, rodeado de la única muralla medieval que se conserva en Gipuzkoa, está muy bien conservado. La puerta de Santa María fue, y todavía sigue siendo, la entrada principal al pueblo. Destacan sus edificios barrocos, como el ayuntamiento o el Palacio Zuloaga, y también su playa. 800 metros de arena suave y aguas tranquilas.

Valle de Labetxu
Valle de Labetxu. | Shutterstock

Antes de llegar al siguiente destino en el que hacer noche, hay que detenerse en el entorno del faro de Higuer, que ofrece uno de los mejores miradores de la zona. Para llegar hasta el faro puede realizarse una ruta de poco más de 10 kilómetros que permite contemplar la desembocadura del Bidasoa y el monte Jaizkibel. En este monte el viajero encontrará un valle de colores llamado Labetxu, un museo al aire libre, formado por la erosión del mar, de color blanco, rojo, negro, amarillo y violeta. Merece la pena descubrirlo.

Pasaia

El camino conduce entonces a un municipio formado por la unión de varios barrios dependientes de San Sebastián y Hondarribia: San Juan, San Pedro, Pasai Antxo y Trintxerpe. De este lugar se conoce especialmente Pasajes de San Juan, pues está considerado uno de los pueblos más bonitos del País Vasco. Pequeño, pintoresco, con mucho encanto. Su casco viejo está poblado por las típicas casas palacio, una de ellas alojando actualmente el ayuntamiento de la localidad. Un precioso sendero recorre la costa marcada por el Cantábrico, que puede atravesarse de pueblo a pueblo en la barca conocida como La Motora.

Monte Igueldo
Monte Igueldo. | Shutterstock

Tomando de nuevo el camino hacia el oeste, la isla de Santa Clara, situada en la bahía de la Concha de San Sebastián, puede ser una excursión curiosa, también en parte por las vistas que ofrece. Aunque si el viajero quiere vistas entonces debe ascender al monte Igueldo, una mezcla de mirador, naturaleza y parque de atracciones.

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Los pueblos del País Vasco: marineros y con mucha historia

Orio
Orio. | Shutterstock

El camino conduce, tras esto, a Orio, otro pueblo de pescadores que se levantó en el punto exacto en el que mar y montaña se encuentran, justo en la desembocadura del río Orio. Su casco histórico encuentra sus orígenes en el siglo XII, lo que explica su laberinto de calles, estrechas, empinadas y empedradas. Uno puede imaginarse, casi sentir, el barullo que debió existir en ellas durante la Edad Media. Hoy en día existe otro tipo de barullo: el de los pescadores que llegan, el de los puestos que preparan carne a la parrilla junto al puerto.

Plaza de Zarautz
Plaza de Zarautz. | Shutterstock

Orio tiene, además, dos playas: la de Antilla y la Oribarzar, esta última ideal para quien quiera largos y tranquilos paseos. Y si uno quiere descubrir arenales, entonces no puede perderse el de Zarautz, que con sus 2.500 metros es el más extenso de toda la costa vasca. Reclamo de paseantes y surferos, porque en sus aguas pueden cogerse buenas olas.

Getaria
Getaria. | Shutterstock

Quizá una de estas conduzca hasta Getaria, aunque lo ideal siempre es llegar a esta localidad por carretera. Esta villa medieval asentada en una ladera aguarda al viajero con su popular “ratón de Getaria”, el monte de San Antón que se asoma al mar tomando la forma de un roedor. En este pueblo de pescadores nació Juan Sebastián Elcano, el primer hombre en dar la vuelta al mundo. La historia ligada al mar se ha mantenido. Getaria cuenta en su historia con otro nombre propio que quizá uno no espera: en este lugar nació también el diseñador Cristóbal Balenciaga, y en un museo con su nombre puede descubrirse su historia.

Capilla de San Telmo, en Zumaia
Capilla de San Telmo, en Zumaia. | Shutterstock

Si Getaria es una localidad histórica, Zumaia está unida irremediablemente a su entorno. El Geoparque de la Costa Vasca podría parecer, a priori, una sucesión de tonos verdes que dejan atrás el mar para convertirse en bosque, pero esconde en sus entrañas uno de los tesoros de la costa del País Vasco: el Flysch de Zumaia. Estos espectaculares acantilados han sido una vía de conocimiento al pasado más lejano, pues sus formas cuentan una historia que se remonta más de 50 millones de años en el tiempo. Qué se puede decir después de estar aquí. Se queda uno sin palabras.

Paisajes del Flysch
Paisajes del Flysch. | Shutterstock

Zumaia comparte con Deba y Mutriku ese geoparque, y también estas localidades son dignas de visitar. Deba está rodeada de pequeños montes, aunque su tesoro de nuevo hay que ir a buscarlo al mar. Más bien a la ausencia de este, pues cuando baja la marea lo que queda es una superficie llana también peculiar desde un punto de vista geológico. Esta zona del País Vasco es pura historia. En el interior de este municipio se esconden algunos de los yacimientos prehistóricos más valiosos del norte.

Mutriku
Mutriku. | Shutterstock

Mutriku, por su parte, es otra pequeña villa marinera que encontró en una inclinada ladera su lugar de nacimiento. Nació, por cierto, en el siglo XIII, por lo que en sus calles pervive un trazado medieval que quizá no se relaciona tanto con el norte, pero que existe. También destacan los palacios, estos sí, propios de la imagen que se tiene del norte. Algunos se remontan al siglo XV. Mutriku tiene también un paseo de lo más interesante: el que va desde el puerto hasta la playa de Saturraran, en el límite con Bizkaia. Y ahí nos quedamos para cambiar de provincia. 

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El gran mirador de la costa vasca y los pueblos inesperados

Ondárroa
Ondárroa. | Shutterstock

En Bizkaia nos recibe Ondárroa, pueblo ubicado en la desembocadura del río Artibai. Tiene un casco antiguo de lo más encantador, con aires medievales y marineros, de calles estrechas y empinadas. Pueden destacarse monumentos como la torre de Likona, del siglo XV, o la iglesia Andra Mari, una obra gótica del año 1462 con numerosos detalles que admirar. Es difícil cansarse de este pueblo, pero cuando uno sienta la necesidad de continuar el viaje debe hacerlo por los acantilados de la zona. Son preciosos.

Faro de Santa Catalina, en Lequeitio
Faro de Santa Catalina, en Lequeitio. | Shutterstock

También Lequeitio, el siguiente pueblo hacia el oeste, es un rincón medieval con las mismas características de los anteriores: calles empinadas, adoquinadas, estrellas. Casas marineras poblando esas calles y monumentos ante los que detenerse, como el palacio Uribarren o la basílica de la Asunción de Nuestra Señora, un imponente templo del siglo XV. Además de disfrutar de su fachada, hay que entrar a descubrir su rica decoración. Lequeitio es uno de los pueblos con más encanto del País Vasco y tiene también dos joyas naturales. La playa de Isuntza y la isla de San Nicolás, que ofrece un bonito e interesante paseo entre los restos de su fortaleza.

Elanchove
Elanchove. | Shutterstock

Los 400 habitantes de Elanchove reciben al viajero entre acantilados. A pesar de su reducido tamaño, cuenta con un ajetreado puerto que muestra al instante el material del que está hecho esta localidad. Su iglesia parroquial, San Nicolás de Bari, está dedicada al patrón de los marineros. Las casas miran hacia el mar. El Cantábrico lo condiciona todo. Hacia el oeste espera un kilómetro de arenal, aguas tranquilas y actividades acuáticas que ha tomado el nombre de playa de Laida. Es la más grande de la ría de Mundaka, que es el siguiente pueblo que espera en esta ruta por la costa norte.

Mundaka
Mundaka. | Shutterstock

Cuenta la leyenda que, allá por el siglo X, un barco proveniente de Escocia llegó a esta tierra. Los escoceses encontraron una fuente de agua tan clara que la llamaron “munda aqua”, que en latín significa “agua cristalina”. Eso es Mundaka. El hogar de una de las olas de izquierda más populares del mundo, uno de los guardianes de la Reserva de la Biosfera del Urdaibai, un pueblo marinero que tiene tantos miradores como recovecos desde los que asomarse a la bahía.

San Juan de Gaztelugatxe
San Juan de Gaztelugatxe. | Shutterstock

Aunque el gran mirador de la costa vasca empieza ante unas escaleras. Siguiendo la línea de la costa, el viajero termina frente a la imponente imagen de San Juan de GaztelugatxeNo importa desde dónde se observe, impresionará siempre. No deja de hacerlo ni siquiera cuando la postal general se pierde, a medida que uno se va acercando a su ermita. Entonces la roca pierde protagonismo, las escaleras que sirvieron de escenario a Juego de Tronos quedan atrás y frente al visitante se extiende la fuerza del Cantábrico y el aura que desprende ese lugar, que no se pierde ni siquiera cuando se llena de gente. Pueden parecer muchas, pero las 241 escaleras que conducen a la cima de este rincón único merecen la pena.

Plentzia
Plentzia. | Shutterstock

Tras el esfuerzo toca un descanso. Este llega en Plentzia, donde también se acaba la aventura vasca. Esta villa se fundó en el año 1299 y de su origen todavía se conservan ciertos detalles que la convierten en uno de los pueblos más bonitos de Euskadi. En Plentzia uno encuentra lo que viene viendo a lo largo de la costa vasca: el inesperado medieval todavía existente, las calles típicas de esta época, los palacios que llegaron más tarde. El día puede concluir paseando la ría, que conducirá hasta la tranquila playa de Plentzia. No hay que perderse el atardecer. Nunca hay que perderse los atardeceres.

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El viaje continua tras esto, pero ya cambiando de comunidad. Hay que saltar a la Cantabria infinita.