Antes de que Jack el Destripador se convirtiera en una leyenda, Vitoria tuvo un asesino en serie bastante similar. Se trata de Juan Díaz de Garayo, alias Sacamantecas. Al igual que su colega, su ola de crímenes incluyó evisceraciones e hizo que una ciudad entera entrara en pánico tras matar a varias mujeres en 1872. Sin embargo, actuó durante mucho más tiempo y mató a una mujer más, seis el total. Un personaje macabro al que se le puede seguir la pista por los lugares claves de su vida, repartidos entre la capital alavesa y su Llanada.

Sacamantecas de Vitoria

Sacamantecas de Vitoria. | Wikimedia

Eguílaz

Todo tiene un inicio y la vida del Sacamantecas de Vitoria arrancó apenas a menos de 30 kilómetros de la localidad que le haría famoso. Eguílaz, un pequeño pueblo hoy parte del municipio de San Millán fue el lugar donde vino al mundo. Fue el 17 de octubre de 1821. El entorno en el que creció fue muy duro. Así, no pudo escapar del analfabetismo, una plaga que afectaba a más del 60% de la población.

Desde crío se dedicó a labores agrarias y de servicio. Salvatierra y los alrededores de este sector de la Llanada Alavesa fue donde arrancó forzadamente su vida laboral. Con 14 años se sabe que era un joven relativamente normal. Con la subsistencia como base, se dedicó desde el pastoreo a la minería de carbón, y cuando había suerte a ser criado.

Eguilatz en Álava

Eguilatz en Álava. | Wikimedia

El entorno de su pueblo natal sigue presentando hoy una estampa agreste, dominada por las zonas de cultivo. Este es el mayor rastro visible del mundo del Sacamantecas. De su España, por suerte apenas quedan rastros. La iglesia de San Pedro Apóstol, del siglo XVII, luce robusta. Sin embargo, el mayor atractivo del lugar no es ser la cuna de un asesino, sino el dolmen de Aizkomendi. Datado en el neolítico, carece del túmulo que lo cubría pero conserva las losas que conforman la cámara interna.

Alegría

Entre Eguílaz y Vitoria se haya la siguiente parada en este rastreo vital del Sacamantecas. Mientras la zona vivía episodios como la primera Guerra Carlista, Garayo seguía a lo suyo. El escenario de una famosa batalla de tal conflicto, Alegría-Dulantzi, sería un lugar que marcaría su existencia. Se trata de una cabeza municipal de origen medieval pero que parece estar asociada a una villa romana. Allí encontraría Juan el motivo para ir a Gasteiz.

Trabajando como sirviente en la localidad, recibió el aviso, bien de una mujer bien de su hermana, de que una mujer con tierras había quedado viuda en la cercana capital. Dado que era amiga de la confidente, sabía que necesitaba alguien que labrara sus posesiones. De este modo, Garayo cambió Alegría por Vitoria.

Alegría en Álava

Alegría en Álava. | Wikimedia

La vitoriana se llamaba Antonia Berrosteguieta. Tras varios años de servicio, el futuro Sacamantecas y su patrona decidieron casarse. La relación fue perfecta en todo momento, feliz. Antes de las nupcias, Garayo le llegó a comprar animales de labranza a su amada. Tras ellas, heredó el mote del anterior marido, «Zurrumbón». Por desgracia, trece años de matrimonio culminaron en 1863 con la muerte de ella. De cinco hijos que tuvieron tres lograron sobrevivir. Ahí fue cuando la vida del labrador se torció. Alegría volvería a cruzarse en su vida de forma notable tras su último asesinato. Fue a un terreno de cultivo a sacarse el jornal tras haber matado a su sexta víctima.

Polvorín Viejo de Vitoria (Judimendi)

El entorno de Judimendi, el lugar donde se asentaba el cementerio judío medieval de Vitoria, fue clave en la actividad asesina del Sacamantecas. En 1870, año del primer crimen, el lugar era muy distinto, protegido por antiguos pactos entre hebreos y castellanos. Junto a la loma se generó un barrio varias décadas más tarde, pero entonces lo que más destacaba era el deposito del Polvorín Viejo. Estaba justo al lado de la necrópolis, hoy jardín. Los caminos a su alrededor transitaban el exterior de la ciudad y fueron aprovechados por el asesino alavés.

Desde la muerte de su primera esposa había pasado de ser un hosco campesino a un nido de ira bañado en vino. Su segundo matrimonio acabó también en muerte, esta vez debido a la viruela, de la mujer de Garayo. Fue el mismo año en que comenzó a matar. Concretamente, la fecha de debut fue el 2 de abril de 1870. Una prostituta llamada la Valdegoviesa sería la desafortunada protagonista del hecho.

Parque del Polvorín Viejo en Judimendi

Parque del Polvorín Viejo en Judimendi. | Wikimedia

Ambos fueron a un lugar cercano al Polvorín Viejo, el arroyo Recachiqui. Garayo y la Valdegoviesa no llegaron a un acuerdo por el pago de los servicios de la meretriz. Esto causó tal ira al Sacamantecas que la estranguló. Dicho motivo se repetiría en los siguientes asesinatos. Garayo remató a su víctima ahogándola en el río. Allí la encontró al día siguiente un criado, desnuda y con las ropas por encima.

Poco menos de un año después, el 12 de marzo del 71, el Sacamantecas volvió a las andadas. A casi medio kilómetro de su primer asesinato, de nuevo tuvo una discusión. Una viuda que se prestó a darle servicios sexuales le pidió más dinero. El Sacamantecas saltó sobre ella de golpe y la ahogó violentamente con sus propias manos. El actual barrio de Judimendi vería otra agresión del mítico asesino, en 1873, pero la joven atacada reaccionó a tiempo para salvarse. También observó, en 1881, cómo el garrote vil acababa con la vida del sanguinario campesino.

Gamarra y Zumaquera

La tercera víctima del Sacamantecas fue la que hizo que el pánico apresara a Vitoria y sus pueblos cercanos. Gamarra, población que dista apenas cuatro kilómetros del centro de la capital, fue el lugar más asociado al asesinato. El camino que la unía con la ciudad era muy transitado en 1972, ya que se consideraba que el ambiente vitoriano era muy seguro. Garayo se encargaría de cambiarlo.

Una joven de 13 años tuvo la mala suerte de cruzarse con el Sacamantecas cerca del pueblo donde servía como criada, un 21 de agosto de 1872. Iba a Vitoria para realizar unas compras cuando el labrador asesino la asaltó. Sacándola de la vía, la violó y estranguló, su método favorito de matar. Conocida como la niña de Gamarra, esta vez el entorno sí se hizo eco de la muerte. De repente, el miedo se extendió sin que las autoridades pudieran hacer más que constatar que la cría había sido asesinada.

Gamarra Nagusia

Gamarra Nagusia. | Wikimedia

Una semana después se encontró otro cuerpo que cuadraba con el modus operandi del Sacamantecas. Una muchacha de 23 años halló su final en el camino de Zumaquera, al suroeste de Judimendi. En esta ocasión sobresalía además que había sido apuñalada, con una horquilla, en el pecho. Un nuevo paso en la demostración de violencia, cada vez más sangrienta y eviscerante, de Garayo.

Araca y Zaitegi, nuevo caos en los caminos

Al intento de asesinato comentado antes en el Polvorín Viejo y en 1873, hay que sumar otro en el 74. Otra vez optó por terreno conocido, Zumaquera, pero en vez de a una joven eligió a una anciana. De nuevo esta logró zafarse, pero no denunció a Garayo. Esto debió asustarle, ya que no hizo nada más que confesara hasta cuatro años después. Entre medias había muerto su tercera esposa, alcohólica perdida, y se casó de nuevo casi de inmediato.

Surgieron posibles imitadores en este lapso. Uno de los crímenes fue especialmente brutal, con mutilaciones dignas de pesadilla. Aunque no fue Garayo, lo de que había un Sacamantecas merodeando Vitoria fue cobrando valor como leyenda urbana. Entre trabajos agrarios, Juan por fin fue detenido tras asaltar a una molinera que pudo con él. Por desgracia, solo estuvo dos meses en la cárcel durante 1878.

Juan Díaz de Garayo Sacamantecas Vitoria

Juan Díaz de Garayo. | Wikimedia

Durante el agosto de 1979 se dio por última vez a la sangre. Zaitegi está de camino a Murgia y destaca por su castillo, que custodiaba el paso a esta última. De allí era la quinta víctima del Sacamantecas de Vitoria. La abordó, propuso que tuvieran sexo a cambio de dinero y ante la negativa de esta perdió el control. Según él, esto era lo que ocurría, por lo que cuando recuperaba la mente se sentía asqueado consigo mismo. El caso es que la destrozó.

Su posterior huida fue tranquila. Descansó, desayunó y en Araca, lugar actual de unas instalaciones militares cercanas a Vitoria, cometió su última barbaridad. Una madre de familia de 52 años fue la elegida. Esta vez la abrió en canal y le sacó las tripas. El Sacamantecas había logrado hacer honor al mote con el que pasaría a la posteridad. La pobre mujer de Nafarrate no tuvo nada que hacer.

Cementerio de Santa Isabel

Pío Fernández de Pinedo fue el encargado de las últimas investigaciones. No tuvo duda en ningún momento, ya que fue parte del caso de la molinera. Buscó a Juan Díaz de Garayo pero en un primer momento no lo encontró. Lógico, pues el asesino estaba trabajando en Alegría. Sin embargo, al volver a casa el 21 de septiembre le prendieron. Su mujer reconoció más tarde que antes de los dos últimos asesinatos había ayudado a su marido a tapar otro abuso frustrado.

Cementerio de Santa Isabel en Vitoria

Cementerio de Santa Isabel en Vitoria. | Shutterstock

Año y medio después, tras haber confesado todos los crímenes y dejar claro que no había tenido nada que ver en la muerte de sus tres esposas anteriores, el Sacamantecas encaró a la muerte. Esta vez, le tocaba a él ser el elegido para sufrirla. El lugar, muy conocido para él, el Polvorín Viejo. Respecto al método, el garrote vil. Un método poco cruel respecto a la ya prohibida horca. Sereno, recibió la pena capital. Había dejado al pueblo seis muertas, varias asaltadas y una leyenda para asustar a los niños que llega hasta hoy.

Ya sin vida, el bonito cementerio de Santa Isabel acogió sus despojos en una fosa común. Una visita perfecta para repasar la historia de Vitoria admirando las tumbas de muertos ilustres como Heraclio Fournier, fabricante de naipes por excelencia. De lo que no hay certeza es de que la cabeza acabara allí. El final del XIX era época de alienistas, una suerte de proto-psiquiatras.

José María Esquerdo

José María Esquerdo. | Wikimedia

El doctor Esquerdo, reputado profesional nacido en Villajoyosa pero asociado a Madrid, lideró la autopsia. Analizando su cerebro, le quedó claro que Garayo era un «imbécil», sinónimo de persona con retrasos cognitivos en la época. Que se quedara la testa o no está claro a día de hoy. Tampoco es que le fuera importar a uno de los asesinos en serie más conocidos de la historia española.