En la ciudad de Madrid vivían en el año 2020 más de tres millones de habitantes. Tres millones de personas en una superficie de poco menos de 605.000 hectáreas. Una locura. De hecho, este número hace la mitad de los habitantes de la Comunidad de Madrid. Vaya, que la mitad de la población se concentra en la urbe, mientras que la otra mitad se reparte en un espacio bastante más grande. Sin embargo, aunque esto parezca mucho, no es nada comparado con todos los cadáveres que descansan en el cementerio de la Almudena. Allí, la concentración es mucho más alta. En 120 hectáreas se reparten bastante más de cinco millones de cuerpos. Se puede asegurar, sin lugar a error, que en el municipio hay más muertos que vivos.

Cementerio de la Almudena

Atardecer en el cementerio de la Almudena | EG

El origen del camposanto: un cementerio para las víctimas del cólera

La necrópolis más grande de España, una de las más grandes de Europa Occidental, se inauguró oficialmente en 1905. Pero, en realidad, aquella ciudad de los muertos llevaba ya tiempo funcionando. El proyecto de la llamada Necrópolis del Este se concibió mucho antes. Ya en el reinado de Carlos III, en el siglo XVIII, se había hablado de trasladar los cementerios a las afueras de las ciudades. No fue hasta la regencia de José Bonaparte, a principios del siglo XIX, que se comenzaron a construir los primeros cementerios extramuros.

Pórtico de entrada a la Almudena

Pórtico de entrada a la Almudena | EG

En 1876, por fin, se inició el plan de lo que más tarde se conocería como el cementerio de la Almudena. Se ubicó en la parte oriental de la ciudad y se eligió para su construcción el entonces barrio de Vicálvaro, hoy zona de La Elipa. Los arquitectos Fernando Arbós y Tremanti y José Urioste y Velada fueron los que tomaron las riendas del diseño.

Ocho años después estalló en Madrid una epidemia de cólera. Mientras, la gran necrópolis seguía en construcción. Inmediatamente se decidió construir un cementerio provisional. A este camposanto se lo bautizó como “de epidemias” y recibió el nombre de cementerio de Nuestra Señora de la Almudena. Más tarde, aquel pequeño cementerio pasaría a formar parte de  la Necrópolis del Este y acabaría imponiendo su nombra al lugar.

Fausto, el ángel exterminador

Nada más entrar por la puerta principal de la Almudena, al visitante lo recibe una funesta criatura. Se trata del conocido como Fausto o ángel exterminador. Esta pequeña escultura se puede divisar en la cima de la capilla que se observa nada más traspasar el pórtico. Ambas estructuras, pórtico y capilla, fueron diseñadas por el arquitecto Fernando García Nava, que en 1905 fue el que pasó a ocuparse de las obras de la necrópolis.

Capilla de la Almudena

Capilla del cementerio la Almudena. En su cúspide, Fausto. | EG

Pero, siguiendo con Fausto, sobre este ángel pesan dos terroríficas leyendas. La primera es la que dice que si alguien escucha un sonido de trompeta significa, nada más y nada menos, que la muerte le acecha, ya sea a él o a algún ser cercano.

La otra leyenda es aún, y era difícil, más siniestra. Según esta versión, el día en el que el Apocalipsis llegue al mundo Fausto se levantará, tocará su trompeta y los muertos se levantarán. Se dice que, por este motivo, la trompeta de Fausto, que al principio estaba en su boca, pasó a situarse en sus manos después de una restauración.

Un recorrido por las sepulturas más ilustres del cementerio de la Almudena

A lo largo de este enorme cementerio, una ciudad en la que hasta hay autobuses, se pueden ver muchos rincones curiosos. Imponentes mausoleos, homenajes, bellas esculturas… Una de las mayores peculiaridades reside en los sepulcros de ciertas personalidades de la cultura española. Tumbas que se ven acompañadas de cierto halo histórico y, en ocasiones, de toques artísticos.

Los personajes que pueden visitarse en la Almudena son muchos. Por ejemplo, muy cerca de Fausto está el mausoleo dedicado a la familia Flores. Allí descansan los cuerpos de la cantante Lola Flores, su marido Antonio González y su famoso hijo Antonio Flores. Al lado del sepulcro, dos estatuas. Lola Flores baila al son de una canción que su hijo toca. Hasta en la muerte puede haber arte.

Escultura de Antonio Flores

Escultura de Antonio Flores tocando la guitarra junto al mausoleo familiar | EG

Lejos de la tumba de la familia Flores, al pasear por los caminos de la necrópolis, el visitante se puede cruzar de lleno con una enorme escultura que destaca de entre todas las demás. Un hombre se yergue frente a dos caballos, justo por delante de un arco en el que se lee: “Circo Mundial”. Se trata de la tumba de José María González, conocido como Junior, el que fuera director del Gran Circo Mundial.

Escultura junto a la tumba de Junior

Escultura junto a la tumba de Junior, director del Gran Circo Mundial | EG

La lista sigue y, entre nichos y tumbas visiblemente abandonadas, se alzan los sepulcros de antiguos alcaldes madrileños, como los de Tierno Galván y Alberto Aguilera. Los restos de Pio Baroja, Ramón y Cajal, Estrellita Castro, Benito Pérez Galdós, Dámaso Alonso o Enrique Urquijo también descansarán eternamente en el cementerio de la Almudena.

Los fusilamientos en las tapias del cementerio de la Almudena

Aunque el arte y las leyendas también se abren paso entre los caminos de la Necrópolis del Este, el componente principal de este espacio no es otro, obviamente, que la tragedia. Aparte de los millones de personas que han terminado su vida bajo esta tierra, la Almudena fue el escenario de truculentos sucesos: los fusilamientos acaecidos antes y después de la Guerra Civil.

Al principio, fueron los simpatizantes, militares y civiles, del bando sublevado los que perecieron fusilados por sus compatriotas republicanos. Después, y una vez Franco se alzó con la victoria, fueron los asiduos al régimen franquista los que ejecutaron a miles de personas en estas tapias. Se calcula que más de 2.500 prisioneros perecieron entre los muros del camposanto durante el franquismo. Vestigios de aquellos hechos pueden verse aún en las paredes de la Almudena.

Placa conmemorativa de las Trece Rosas

Placa conmemorativa de las Trece Rosas | EG

Así, entrando desde el pórtico de O’Donnell, puede divisarse, por ejemplo, el monumento dedicado a las Trece Rosas, trece jóvenes fusiladas poco después de terminada la contienda. Una placa conmemora a aquellas mujeres, sobre una pared en la que aún pueden divisarse agujeros de bala.

Más cerca del pórtico principal hay también un monumento, esta vez dedicado a los soldados de la División Azul, un cuerpo de voluntarios que participó en la Segunda Guerra Mundial contra las fuerzas de la URSS. En algún lugar del camposanto, también, se puede encontrar un memorial a la Legión Cóndor, la unidad de aviación nazi que hostigó el pueblo de Guernica, entre otros lugares, en la Guerra Civil. El cementerio de la Almudena es, en fin, un sitio en el que algunas heridas aún supuran.

Homenaje a los caídos de la División Azul

Homenaje a los caídos de la División Azul | EG

Los otros cementerios

No podía terminarse este artículo sin hablar del cementerio civil. Esta parte del camposanto se encuentra justo enfrente del católico, al cruzar la Avenida Daroca. Significativamente más pequeño que la Necrópolis del Este, el cementerio civil alberga en su interior una gran ristra de celebridades políticas. El fundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Pablo Iglesias, Dolores Ibárruri Gómez (conocida como La Pasionaria), Francisco Pi y Margall o Largo Caballero son algunos de los cuerpos que se pueden encontrar aquí.

Tumba de la Pasionaria

Tumba de Dolores Ibárruri, más conocida como la Pasionaria | EG

Hacia el fondo, a medida que uno se aleja más de la verja de entrada, se pueden distinguir algunas tumbas sobre las que las flores no se secan, porque no las hay. En su lugar, piedras inmortales aguardan el paso del tiempo y acompañan a los difuntos. Se trata del cementerio hebreo, que convive con el civil, y en el que la flor es sustituida por los cantos, como marca su costumbre.