Porís de Candelaria es un misterio de la naturaleza. Uno de esos con el poder de pasar desapercibidos para los que no están preparados para desvelarlos. Un susurro portado entre las plumas de aves que vuelan a favor del viento, subrayando nubes y acantilados. Un secreto a voces, que viajan con el equipaje de las aristas de sus letras, transformadas en gritos de gaviotas, en la espuma de las olas que rompen contra la costa.

Porís de Candelaria es un tesoro, de aventuras y piratas, de calma y atardeceres de pesca. Una contradicción entre el silencio de una gruta, y el grito de las casas blancas anunciando la presencia de los hombres. Aparece, incrustada en la orografía de la Isla de La Palma, la Isla Bonita, como aparecen los milagros, formando hipérboles en los paisajes. Hermanada con volcanes, senderos costeros, bosques de pino canario y puestas de sol, se tutea con estrellas y horizontes. Celebra fiestas con un firmamento profundo, apenas sondeable desde el Observatorio del Roque de los Muchachos, mientras espera, quizás, para ser descubierta una vez más.

Tijarafe, el guardián del secreto

El municipio de Tijarafe, alojado entre pinos y almendros al noroeste de la Isla de La Palma, es el encargado de guardar el secreto de Porís de Candelaria. Sembrado de miradores y tierras dedicadas al cultivo del plátano canario, Tijarafe ofrece un sinfín de posibilidades para asombrarse con un paisaje que habla por sí mismo, sin necesidad de subtítulos.

Recorrer esta zona significa iniciar un viaje inesperado que transcurre por distintos mundos y universos, empezando por una hilera de balcones naturales que se asoman al vacío turquesa de un mar profundo. Puede que imitando a los balcones de la arquitectura colonial de la isla, resisten los envites del viento, como ellos resistieron la orden de demolición de Felipe II, hundida en las aguas atlánticas junto al barco que la portaba.

Prosiguiendo, la ruta desciende hacia los abismos y barrancos, el del Jurado, con su playa pedregosa y solitaria, tienta al visitante con un baño fresco y reparador, tras una caminata por terrenos accidentados. Con los pies descalzos, es posible dejar un sendero de huellas sobre arena negra y volcánica en la Playa de la Veta. A continuación, La Caldera de Jieqe alberga un microclima excepcional, como si de un universo particular y único se tratase.

Caldera de Taburiente, desde el Roque de los Muchachos

Caldera de Taburiente, desde el Roque de los Muchachos | Shutterstock

Esta garganta, cortada a cuchillo en la montaña, siguiendo el patrón de la Caldera de Taburiente, se abre paso en la roca, rodeada de pequeñas zonas boscosas de gracias o tagasastes blancos. Aquí, durante el siglo XIX, los tijarafeños abrieron una ruta en busca de agua y fuentes naturales. Eran rutas imilares a la de los Dornajitos, para surtirse del líquido elemento. Las cabras, acostumbradas al terreno pedregoso e imposible, campan a sus anchas en estas tierras profundas de ricos pastos, repleta de especies endémicas, conservadas al amparo de su microclima. Ni siquiera ellas, ágiles y expertas saltadoras, se atreven a descender el sendero costero que llegan a los abismos del puerto natural oculto entre los acantilados de la isla, Porís de Candelaria.

Cueva, hogar y puerto natural

La naturaleza volcánica de la Isla de la Palma regala visiones de paisajes imponentes, en los que la naturaleza es singular y cortante. Subidas y bajadas de un terreno que moldea acantilados, barrancos y cuevas se convierten en mucho más que eso, especialmente en Porís de Candelaria.

En este lugar onírico, un pueblo de casitas blancas habita un pulmón natural formado dentro de una cueva de más de 50 metros de altura. En su interior, con el mar en calma, el baño se convierte en una opción refrescante y aventurera, que abre puertas a fondo marinos llenos de vida.

Las casitas blancas de Porís de Candelaria, entre las rocas de la cueva

Las casitas blancas de Porís de Candelaria, entre las rocas de la cueva | Shutterstock

Para llegar, hay que dejar atrás el pueblo de Tijarafe y adentrarse en una carretera que discurre hacia el mar. Tras una pista asfaltada, es necesario dejar el coche en los aparcamientos para continuar a pie por un sendero que desciende hasta la costa. En apenas diez minutos de camino se llega a este lugar, enmarcado entre paredes de roca que tocan el cielo, casi a 200 metros de altura.

La primera visión de Porís de Candelaria es una sacudida. Una exclamación en la que el mar habla y las casitas, de puertas y ventanas azules, colocan los signos de puntuación. El aroma del salitre se mezcla con otro, más indefinido, ancestral y salvaje. De alguna forma se percibe en el aire que se está entrando a una zona vivida y respetada desde hace mucho tiempo.

Ya los aborígenes de la Isla de la Palma conocían la existencia de estas profundidades, utilizándolas para la pesca. Pero la llegada de los castellanos convirtió el lugar en un paréntesis rocoso de especial importancia. A finales del siglo XVI aparece documentada su relevancia en una referencia a un puerto desde el que salían cargamentos de trigo, cercano a la costa de Tijarafe. Desde allí partieron también muchos palmeros a buscar un mejor destino, embarcando hacia las Américas.

Era un punto de abastecimiento de agua, al contar las proximidades de la cueva con un pozo que ni en verano se seca. En el interior de la gruta se refugiaban los lugareños, junto a su ganado, para escapar del calor de la superficie. Fue también puerta abierta a la comunicación y al comercio, al ser una entrada marina natural, para acceder desde otros puntos del reino o de la propia isla. Con un terreno, a veces, demasiado complicado para desplazarse por tierra.

Hoy en día continúa ofreciendo refugio veraniego a muchas familias, con algunas casas que alcanzan los 80 años. Siendo además lugar de rutas y excursiones, desde el que contemplar amaneceres y atardeceres casi subterráneos. Punto de partida de exploraciones de los fondos oceánicos pertenecientes a la Reserva Marina Isla de la Palma, toda ella reserva de la biosfera. Quedarse en la superficie o inmersos en las profundidades garantiza un vecindario único. Desde anémonas tropicales, delfines mulares o tortugas bobas, hasta el espíritu de algún pirata que se resiste a abandonar su espera, a las afueras de la vecina Cueva Bonita. En su entrada quedaban esperando los tripulantes de la bandera negra. Sin saber que los pescadores que querían asaltar, conocedores de las entrañas de la gruta, habían escapado por otra salida, al otro lado de la montaña.

Navegando hacia el Porís

Avistar desde un barco el Porís de Candelaria es guardar fidelidad a la esencia misma de su nombre. Porís significa puerto natural o embarcadero, de forma muy parecida al término portugués proíz, o al catalán proís. Es frecuente también escuchar la denominación Proís de Candeleria. Un nombre que sirve para describir el lugar, siguiendo a la RAE, como piedra a la que se amarra una embarcación. En este caso, bautizado por la Virgen de la Candelaria, protectora de la zona desde cielo y tierra, a través de la imagen que se puede contemplar en la visita.

Porís de Candelaria, desde el agua

Porís de Candelaria, desde el agua | Shutterstock

Durante la travesía es fácil encontrarse con compañeros de viaje, ballenas o delfines con ganas de jugar entre las estelas que quedan dibujadas sobre la superficie. Su recibimiento es tan solo un anticipo de más encuentros maravillosos que esperan al navegante. Desde la salida, del Puerto de Tazacorte, la ruta se encuentra coloreada de pinceladas de naturaleza.

La Playa de la Veta o la Cueva Colorada son paradas obligadas. Pero cuando se navega hacia Porís de Candelaria enseguida se entiende que nada sobra en este paisaje impresionante. Apenas un rincón en una Isla, cuyo sobrenombre se comprende, con solo pisarla por primera vez. Una tierra bonita, llena de tesoros más imponentes que los de los antiguos corsarios. La costa de Hiscaguán, un monumento natural a la biodiversidad, el río Taburiente, uno y único, la ruta de los volcanes…

Atardecer, contemplado desde Porís de Candelaria

Atardecer, contemplado desde Porís de Candelaria | Shutterstock

Por ahora, el secreto permanece aquí, entre este texto y el lector, sin plazos ni caducidades que puedan estropearlo. Porque siempre es buen momento para visitar la isla, La Palma, conocer el Porís de Candelaria, imaginar piratas y viajes submarinos. Y tocar, con la punta de los dedos, una puesta de sol.