El monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil aparece como una cicatriz de piedra en medio de la espesura de los Cañones del Sil. La frondosidad de estos parajes naturales esconden secretos solo visibles por las nubes que los espían. Este antiguo cenobio es uno de ellos.

En la parroquia de Caxide, bajo el monte Varona, en medio de un bosque de castaños, esta joya oculta está esperando al viajero, en forma de siglos de piedra. Desde una pequeña carretera rural que conduce a Paradas de Sil, se percibe en el aire su aroma. El de la promesa de un lugar espiritual y mágico. Trasnos, bellotas, ardillas y martines pescadores que estudian la corriente del río, pueden contar muchas historias a quien se atreve a adentrarse por estos paisajes.

Orígenes del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil. Las primeras piedras

Las primeras menciones a este lugar, como una comunidad espiritual, datan del siglo IX. Los cañones del Sil, este monumento natural de la provincia de Ourense, parece un magnífico lugar para aislarse y meditar. Y precisamente en un asentamiento de ascetas es donde parecen encontrarse sus orígenes, como ocurre con otras agrupaciones monásticas gallegas. Pero no es hasta más adelante, en el siglo XII, cuando surge como un monasterio propiamente dicho, perteneciente a la orden benedictina. En estas fechas puede situarse la construcción de su iglesia, pero el resto de las construcciones aparecen más adelante.

Imagen de la fachada del monasterio de Santa Cristina, adornada por el rosetón

Vista de la fachada principal del monasterio de Santa Cristina. | Shutterstock

Durante tres siglos vivió una época de bonanza, contando con amplias posesiones en la zona. Durante la época medieval contempló su esplendor como uno de los monasterios más importantes de la Ribeira Sacra. Todavía hoy, sus restos delatan unas especialidades arquitectónicas que lo convierten en una joya única. Con el paso del tiempo su importancia fue disminuyendo, y en la Baja Edad Media pasó a formar parte dependiente del cercano monasterio de San Esteban de Ribas de Sil. Lo mismo ocurrió con San Vicente de Pombeiro, localizado en la localidad luguesa de Pantón.

Como priorato de Santo Estevo vio crecer un nuevo claustro, una culminación para la torre de su iglesia y su decoración con pinturas murales con motivos religiosos. La memoria de las vías de comunicación que conducían hasta él, son indicios de la importancia que alcanzó. Los monjes dedicaban su tiempo a la oración y a la consulta de libros. De estos paseos lectores quedan como prueba los armarium claustri, donde los frailes dejaban sus volúmenes. Pero además cultivaban la vid, fruto por excelencia de esta tierra de sangre vinícola.

El monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil contemplado desde su parte trasera

Monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil visto desde la parte trasera. | Shutterstock

Desde el 1835, las desamortizaciones transformaron su antiguo esplendor en un espejismo. Con la marcha de los monjes y el abandono de la actividad comenzó una nueva etapa. Tanto Santa Cristina como Santo Estevo pasaron a utilizarse como viviendas y granjas particulares, y hasta cuadras y pajares.

Un bosque. Arte, piedra y espíritu

Las hojas de los árboles dan sombra a la piedra en verano y en invierno. En otoño el ambiente se colorea de ocres y dorados. Y cuando llueve, el agua dibuja formas sobre las paredes que permanecen en pie. La arquitectura y el arte conviven con el bosque, se mimetizan y respiran el mismo espacio y tiempo.

La iglesia románica dibuja en medio de la fraga su silueta en cruz latina con tres ábsides semicirculares. En el primer cuerpo de la fachada, dividida en dos, se abre un rosetón románico que filtra luces y sombras a un interior de armonía. Tres arquivoltas, con molduras de ajedrezado, rodean la entrada.  La nave se separa en cinco tramos, como los cinco sentidos que se despiertan en todo aquel que se acerca a este lugar donde la atmósfera incluso puede saborearse. La arquitectura cirsterciense también ha dejado aquí una huella que se aprecia en la verticalidad de la fachada y en la armonía de todo el conjunto.

Vista área del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil

Vista área del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil. | Shutterstock

En el interior de la iglesia, el techo de madera se apoya sobre un conjunto de arcos que descansan sobre ménsulas de granito adornadas con geometrías. Paralelos a los arcos, entre los contrafuertes exteriores se recortan ventanales, luces en medio de las tinieblas. El bosque reclama constantemente su protagonismo, reflejado en los motivos vegetales que cubren los capiteles. El sonido del río precede a su imagen, solo visible desde lo alto de la torre del campanario, un recuerdo casi defensivo, de un tiempo que ya pasó.

Algunos motivos figurados asoman, labrados en el granito. En el interior leones y hombres. En el exterior, cabezas de animales y una parturienta destacan sobre un grabado de historias, muchas ahora erosionadas e invisibles. Los cuatro símbolos de los evangelistas todavía se aprecian en la portada románica que da entrada al claustro. El toro, el ángel, el león y el águila dan la bienvenida a quien pretende acceder.

La firma del taller del Maestro Mateo visible en varios detalles, nos habla de una corriente estilística relacionada con la de otros lugares de la península. San Vicente de Ávila o Carrión de los Condes se hermanan con una iconografía donde conviven arpías con colas de serpiente y personajes que portan libros abiertos en sus manos.

Detalle del pórtico que da acceso al claustro del monasterio de Santa Cristina

Pórtico de entrada al claustro del monasterio de Santa Cristina. | Shutterstock

Helechos y castaños han asistido, crecientes y frondosos al espectáculo de la historia humana que se ha ido entretejiendo entre sus copas y raíces. Los años han consolidado su poder ensalzado entre gargantas de agua y roca. El aire, atlántico o mediterráneo según la ocasión, la altitud y la cercanía a la ribera, es surcado por águilas o halcones peregrinos. Pero también hay pequeños habitantes, como trepadores azules o mosquiteros, que murmullan entre las ramas. Todo junto forma un espacio  único donde la naturaleza y el arte se funden y confunden en una simbiosis mágica.

El monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil hoy

Unas escaleras aparecen, misteriosas, en el medio del bosque. Allí, esperan pacientes los pasos de un nuevo visitante. Llegar hasta allí obliga a detenerse unos segundos para disfrutar de las vistas. Admirar cómo el transcurso de las horas sostiene en un paréntesis los edificios que permanecen, protagonistas del paisaje. Del claustro se conservan dos alas, la sala capitular y el refectorio en la planta baja y en la parte norte, las que fueron habitaciones de los monjes.

Imagen de estancia interior del monasterio de Ribas de Sil

Interior, en penumbra, del monasterio de Ribas de Sil. | Shutterstock

Todavía se puede subir al piso de arriba y ver la lauda sepulcral que recuerda a un antiguo abad. O escalar hasta la torre para atisbar un horizonte que ondea al ritmo de la superficie del río. Los escudos de la orden de Calatrava y de San Esteban vigilan la sacristía. Mientras San Pedro, inmortalizado por Juan de Angés lo hace desde el altar mayor, junto a los retablos barrocos.

Pero el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil es mucho más que edificios, retablos e historias  de abades y prioratos. Es árboles, helechos, alfombras de hojas crujientes. También sorpresas como el árbol de San Benito, al que se llega bordeando el lateral y llegando a la parte trasera del monasterio. Este árbol recibe ofrendas y muestras de fe de visitantes y lugareños y observa, en silencio idas y venidas, días y noches, nubes y estrellas.

Pared del monasterio, entre los árboles

Pared del monasterio de Santa Cristina surgiendo entre los árboles. | Shutterstock

El entorno invita al paseo, a la curiosidad. A recorrer el río en catamarán, observar pájaros y hacer una ruta de monasterios. San Esteban, San Pedro de Rocas o Santa María de Xunqueira son algunas paradas. Pero puede continuarse hasta la ciudad de Orense, con sus burgas, su catedral y su zona antigua. O quedarse explorando la Ribeira Sacra, perderse en alguna de sus rutas llenas de entradas y salidas al río Sil, sus parroquias y pequeños pueblos que van renaciendo.