La ruta de las camelias descubre unas flores que llegaron hace tres siglos a Galicia. Arribaron a las costas gallegas en una época de navegantes y descubridores, de cartografías en blanco y territorios por explorar. Traídas, en las lúgubres bodegas de sus barcos, por marinos portugueses y gallegos, quizás compañeros de Marco Polo. Asiduos de las rutas oceánicas que unían Galicia y Portugal con el lejano oriente, pescadores de aventuras y tesoros, hallaron uno en esta flor única.

Las camelias enraizaron en los suelos ácidos del occidente verde y húmedo de la Península Ibérica, coloreando los vientos costeros con su aroma de flores. El oeste de la Comunidad gallega se convirtió en su hogar, embelleciendo con su presencia las provincias de Coruña y Pontevedra. Encontrando, sobre todo en las Rías Baixas, un lugar perfecto para florecer. Más de 80 especies y 30.000 variedades con nombre propio adornan castillos, pazos y jardines. Flanquean avenidas de ciudades, tiñen rúas y plazas, poniendo nombre, en ocasiones, a las geografías urbanas que las acogen. Solo hay que perseguirlas, paso a paso, en una ruta llena de matices.

Recorrido por el Vigo de las camelias

Las camelias surcan Vigo desde la costa hasta el interior, desde el nivel del mar hasta las alturas de O Castro. Saludan a quienes contemplan el perfil costero olívico, adornando, en pleno invierno los jardines de Montero Ríos y su tránsito urbano hasta La Alameda. En este jardín, de finales del siglo XIX, fuentes y mágicas estatuas conviven con magnolias y camelias centenarias, bajo la vigilancia del marino Méndez Núñez.

La ciudad es un auténtico jardín, las calles se vuelven laberintos donde las camelias surgen, a veces, en medio del asfalto. Otras, como indicaciones del cambio de estación entre toboganes y columpios, o como señales que marcan direcciones. Hay que seguir, subiendo por Marqués de Valladares y la Calle Carral hasta alzar la vista en saludo al Sireno en la Puerta del Sol. El ascenso continua hasta el monte de O Castro.

Jardines del parque de O Castro (Vigo)

Jardines del parque de O Castro (Vigo) | Shutterstock

Las camelias, casi todas de origen portugués, vigilan el tráfico marítimo y las puestas de sol, con las Islas Cíes de fondo. Ejemplares de “Angelina Vieira” o “Dona Jane Andresen” colorean senderos y caminos. Antes que las flores, este escenario lo habitaron los primeros pobladores de Vigo, que dejaron su impronta en las laderas de este monte que corona la ciudad. En ellas quedan los restos de un poblado prehistórico, anterior a castillos medievales, batallas piratas en la ría, llegadas de submarinos y tesoros de Rande.

Volviendo al nivel del mar, tras descender la Avenida de las Camelias, es obligatorio adentrarse en la Finca de la Marquesa, el parque de Castrelos. Un enorme pulmón verde que palpita en medio del ajetreo de coches y semáforos. Esta extensión de 220.000 metros cuadrados acoge en su interior espacios de ocio, deportivos y culturales. Pero además esconde una auténtica joya, el Pazo Quiñones de León y sus impresionantes jardines.

Pazo Quiñones de León (Vigo)

Pazo Quiñones de León (Vigo) | Shutterstock

Donados a la ciudad en el año 1924, su uso público permitió a los ciudadanos disfrutar de la rosaleda, el estanque y los parterres. Perderse en un bosque, relajarse en la solana, o imaginarse en la campiña inglesa cruzando la pradera del té. Mientras, con una paciencia de siglos, el llamado Matusalén de las Camelias espera una visita. Un ejemplar de Camelia japónica de más de 200 años, comparte su tiempo con magnolios y tulíperos, conversa con setos de “Bella romana”, “Alba Plena” o “Incarnata”.

Ardillas y gorriones observan a los paseantes desde las copas de los árboles, ocas y patos aguardan una merienda de migas de pan y el museo abre sus puertas. Su interior alberga pasillos y salas en los que contemplar una interesante colección de pinturas. Sus paredes se abren a ventanales a través de los que contemplar una vez más, las camelias.

Las camelias en Pontevedra y sus alrededores

Es imposible imaginar la villa de Pontevedra sin el adorno de sus camelias. Una ciudad donde la piedra de su casco histórico, plagado de rincones con encanto, convive con jardines y sorpresas en forma de flores. La primera se encuentra muy cerca de La Peregrina, en las inmediaciones de la Plaza de la Herrería. Anexos a ella se encuentran, frente al Convento de San Francisco, los Jardines de Casto San Pedro, diseñados alrededor de una fuente del siglo XVI. Divididos en rectángulos, cada lado esté delimitado por árboles de camelias. En Navidad cada uno se ilumina con pequeñas luces, creando un ambiente muy especial.

Camelias junto a la Iglesia de San Francisco

Camelias junto a la Iglesia de San Francisco | Shutterstock

Muy cerca, están el parque de La Alameda y los Jardines de Vicenti. Fueron inaugurados en el siglo XIX y, desde ese momento, se convirtieron en testigos privilegiados del devenir de la ciudad. Pasear, bajo su frondosa sombra, aspirando la humedad del aire impregnado de olor a flores merece la pena. Pero para contemplar la belleza de las camelias en todo su esplendor hay que dejar atrás la ciudad del Lérez. Aproximadamente a unos seis kilómetros se encuentra el Pazo de Lourizán, construido a principios del siglo XIX.

Traspasar la verja de entrada es como penetrar en un mundo onírico. La vegetación exuberante llega hasta donde alcanza la vista. En medio, sin previo aviso, surge el edificio, con sus balcones, sus cristaleras y su escalinata. El jardín acoge el espécimen más alto de Europa junto a 600 ejemplares de camelia japónica de cultivares diversos. “Pompone”, “Pedro V Rei de Portugal”, “Cidade de Vigo” o “Coralina”, son solo algunos de una extensa lista.

Vista del Pazo de Lourizán en medio del Bosque | Shutterstock

Vista del Pazo de Lourizán en medio del Bosque | Shutterstock

Es fácil perderse en las 54 hectáreas de este espacio botánico. Dejar volar la imaginación paseando entre fuentes, descubriendo el invernadero modernista lleno de humedad y nenúfares. Volver a los años cuarenta del pasado siglo, a veraneos y cenas organizadas por el político Montero Ríos, propietario del pazo. Es fácil encontrarse, en el corazón de este bosque presidido por una impresionante secuoya.

Es necesario abandonar este sueño para comenzar otro y partir hacia una nueva parada, el Castillo de Soutomaior y sus jardines. Saliendo de Pontevedra, ahora en dirección a Redondela, se encuentra esta fortaleza, con unos cimientos que se hunden en el siglo XII. Sus jardines, hoy declarados de Excelencia Internacional de la Camelia, invitan a pasear sin rumbo, a la espera de lo que pueden ofrecer. En sus 35 hectáreas es posible recorrer un bosque, adivinar frutales y disfrutar de un parque botánico donde viven medio millar de camelias. Algunas llegadas de Nueva Zelanda, Francia, California o Inglaterra, acompañan a las más antiguas “Camelias Japónicas”, del siglo XIX.

Imagen del Castillo de Soutomaior

Imagen del Castillo de Soutomaior | Shutterstock

El parque botánico del Castillo de Soutomaior cuenta con 442 ejemplares de 25 especies distintas, destacando el que conforma la mayor circunferencia de toda Galicia, compuesto por 18 troncos. Las camelias respiran aquí en perfecta armonía con viñedos, cipreses de los pantanos y castaños de 800 años. El pasado del castillo, repleto de historia y leyenda, se entreteje con la naturaleza que lo rodea formando un marco incomparable.

Una última parada en la comarca de O Salnés

No es posible cerrar el capítulo de las camelias en las Rías Baixas gallegas sin adentrarse primero en la Comarca de O Salnés, entre la ría de Arosa y la ría de Pontevedra. Enmarcados en esta demarcación geográfica se encuentra Cambados, O Grove, Meaño, A Illa de Arousa, Sansenxo, Meis, Vilanova de Arousa y Ribadumia. En todos ellos, están presentes las camelias como parte de un entorno atlántico de infinitas posibilidades.

Se puede contemplar O Salnés a través de muchos prismas, aunque lo mejor es intentar disfrutarlo de todas las formas posibles. Atardeceres que se alargan sobre playas y paseos marítimos, patrimonio histórico y cultural, pasados recientes o remotos, acompañados de una copa de vino autóctono. La constante presencia del mar en sus gentes y paisajes y, por supuesto, una riqueza botánica innegable.

Muestra de esta son los jardines del Pazo de Quinteiro da Cruz, en Ribadumia, en cuyos jardines florecen más de 5000 camelias de 1500 variedades, varias veces galardonadas con el premio de la Camelia de Oro. “Camelia Japónica”, “Camelia Reticulata” o “Camelia Sansaqua” conviven con “Camelias Caudatas” o “Camelias Nitidissimas”. Todas rodeadas por un bosque de las palabras, fuentes, bodegas y una robleda que no deben dejarse atrás.

Camelias en el jardín del Pazo de Rubianes (Vilagarcía)

Camelias en el jardín del Pazo de Rubianes (Vilagarcía) | Wikimedia, juantiagues

El espectáculo continua en Vilagarcia de Arousa, en el marco del jardín de invierno del Pazo de Rubianes. Catalogado como de Excelencia Internacional de la Camelia, con más de 4000 que dibujan formas y colores alrededor de esta construcción del siglo XVIII. A veces incluso antes de que marche el otoño eclosionan algunas especies como la “Camelia sinensis”. Mientras, esperan a la floración de sus compañeras “Rosalía de Castro”, “Lavinia Maggi” o “Arch of Triumph”.

El hechizo está asegurado. Descubrir sus colores en medio de las copas verdes y frondosas o adivinar su aroma en medio de la bruma de un jardín es solo el principio. Pero quedan todavía algunas paradas… La Finca de la Saleta, el Pazo de Gandarón y otros muchos pequeños rincones que merecen la pena por sí mismos. Calles por las que ir y volver, alfombradas de camelias que prestan su olor al ajetreo, a las idas y venidas de un día cualquiera. Alamedas y plazas, avenidas… Rutas que se superponen, una tras otra otras formando una red de tonalidades y aromas que conduce a un invierno mágico.