El Monasterio de Ripoll, una joya románica

En el interior de Cataluña se encuentra una de las abadías medievales más bellas e influyentes de la Península Ibérica, el Monasterio de Santa María de Ripoll.

La visita al Monasterio de Ripoll supone un viaje a los orígenes de la historia de Cataluña. Además, puede realizarse con guía incluido por menos de 9 euros. Se necesitan menos de dos horas para recorrerlo. Y si te sabe a poco, siempre puedes parar a comer en Ripoll y hacer una visita por el pueblo.

El nacimiento de esta joya del románico se remonta al siglo IX, pero su historia es larga. Fue fundado por mandato del célebre conde de Barcelona, Wifredo el Velloso, en el año 879.

Desde entonces sería ocupado por monjes benedictinos y sus tierras servirían para enterrar a los condes de la casa de Barcelona.

A comienzos del siglo XI, Oliba, el joven conde de la Cerdaña, renuncia al título y posesiones con el fin de hacerse monje benedictino en el monasterio. Sus cualidades le llevan a ser elegido abad poco después, en el año 1008. El Abad Oliva, lo convierte en un centro cultural, y Ripoll en una capital de comarca rica en conocimiento y patrimonio. En 1046 su biblioteca contaba con la impresionante cifra de 246 códices.

Las sombras de esta historia aparecen durante la desamortización de Mendizábal (1854-1856). La biblioteca es quemada, el Monasterio de Santa María de Ripoll abandonado… Pero no sólo ha sufrido daños durante esos años. En la Guerra Civil el monasterio volvería a ser asaltado, sus bienes robados y las sepulturas profanadas.

El Pórtico

Es lo más espectacular del Monasterio de Santa María de Ripoll. Fue construido a mediados del siglo XII. Los propios monjes de la época lo denominaban “la joya de la corona.” Consta de siete arcos, y cada uno de ellos está lleno de esculturas que relatan diferentes episodios de la Biblia. Es por ello por lo que popularmente se denomina “la Biblia en piedra”.

Resalta el contraste entre la ostentosidad del pórtico y la austeridad del interior, pero tiene una explicación. La mayoría de la población era rural y analfabeta, pero sabían reconocer los iconos. Con este pórtico buscaban enseñar la historia de la Biblia a todo aquel que no supiera leer o que no entendiera el idioma.

El claustro

Descansar en el claustro supone el colofón a la visita. De la época solo se conserva el ala norte, el resto ha sido restaurado -como muchas otras partes- en el siglo XIX.

Texto: Paloma Díaz Espiñeira

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