Desde 1999 la Bahía de Santander está presidida por cuatro niños de bronce a tamaño natural que pasan los días contando las olas del mar. Uno de pie, dos sentados y un cuarto lanzándose de cabeza al agua. Así aparecen representados los Raqueros, unos personajes típicos santanderinos a quienes quiso dar vida el escultor José Cobo Calderón a través de este monumento anclado en Puerto Chico, el antiguo barrio pesquero de Santander.

Gozan de la popularidad que merecen gracias al realismo que caracteriza a las estatuas, siendo el foco de miles de flashes de los turistas que visitan la ciudad cántabra cada año. Sin embargo, la mayoría desconoce que bajo el bronce que baña estas cuatro figuras existe un triste y nostálgico relato sobre la vida marítima de un Santander pasado.

La emotiva historia de los raqueros

El monumento a los Raqueros es un homenaje a los niños pobres que frecuentaban los muelles de Puerto Chico durante el siglo XIX y principios del XX. Estos muchachos, a quienes se les comenzó a nombrar con el apelativo “raquero”, tenían por costumbre lanzarse al mar en busca de las monedas que pasajeros y tripulantes les arrojaban desde sus barcos. La mayoría eran huérfanos, por lo que dedicaban sus días a buscarse la vida a través de pequeños hurtos y de las propinas que recibían por recoger los objetos tirados al agua.

Los cuatro raqueros de Santander

Las cuatro esculturas de bronce que conforman el Monumento de los Raqueros | Shutterstock

Fue el novelista cántabro José María de Pineda quien rescató la historia de estos chavales en sus célebres Escenas Montañesas, obra publicada en 1864. En ella los describía con las siguientes palabras: “El raquero de pura raza nace, precisamente, en la calle Alta o en la de la Mar. Su vida tan escasa de interés como la de cualquier otro ser, hasta que sabe correr como una ardilla: entonces deja el materno hogar por el Muelle de la Naos, y el nombre de pila por el gráfico mote con que le confirman sus compañeros, mote que, fundado en algún hecho culminante de su vida, tiene que adoptar a puñetazos, si a lógicos argumentos se resisten. Lo mismo hicieron sus padres y los vecinos de sus padres. En aquellos barrios todos son paganos, a juzgar por los santos de sus nombres”.

Aunque los raqueros se dedicaban a realizar algún que otro robo para sobrevivir, con el tiempo llegaron a ser toda una atracción para los turistas que arribaban a puerto, a quienes resultaba curiosa la imagen de unos niños semidesnudos correteando por el muelle, pescando o buceando entre las aguas. Pero lo que realmente captaba la atención era la disposición de estos muchachos a recoger todos los objetos que caían al mar. De esta manera, se convirtió en costumbre, un tanto cruel, por parte de los pasajeros y de los mismos santanderinos lanzar monedas al agua con la intención de que estos niños, tan necesitados, se atrevieran a zambullirse en las frías y revoltosas aguas del cantábrico.

El origen del nombre raquero

La denominación raquero es única y exclusiva de la capital cántabra para referirse a los niños pobres que vagabundeaban por las machinas del puerto. Pero, ¿de dónde surge realmente este nombre tan peculiar? Una hipótesis es que la designación raquero deriva del apelativo inglés wreker, palabra utilizada por los tripulantes y pasajeros de los barcos ingleses que llegaban a Santander, cuya traducción era ladrón de barcos o saqueador de naufragios. La castellanización de la misma /raquers/ podría ser el motivo por el que estos niños comenzaron a denominarse así.

La placa que complementa el monumento de los raqueros

Un raquero sentado junto a la placa que complementa el Monumento | Shutterstock

Otra posibilidad es que raquero proceda del verbo latino rapio, que significa tomar algo ajeno en contra de la voluntad de su dueño. Independientemente de cuan cierta sea una u otra explicación, la Real Academia Española unió ambos conceptos para definir la palabra raquero como ratero que hurta puertos y costas. En la Cantabria actual el término raquero perdura en forma de expresión desdeñosa para referirse a una persona maleducada o malhablada.

A José María de Pineda nunca le importó la razón exacta que llevó a llamar a estos niños marginales con el nombre de raqueros, más bien se dedicó a excusar sus travesuras: “Yo soy de la opinión del raquero: su destino, como escobón de barrendero, es apropiarse de cuanto no tenga dueño conocido: si alguna vez se extralimita hasta lo dudoso, o se apropia lo del vecino, razones habrá que le disculpen; y, sobre todo, una golondrina no hace verano”.

La nostalgia de un Santander pasado

El Puerto de Santander en 1867

El Puerto de Santander en 1867. El Muelle del Martillo en primer plano y el Muelle de la Naos a la izquierda | Wikimedia

Los Raqueros es una obra que goza del cariño de los santanderinos. Constituyen el símbolo de un ayer local, que ya solo queda reflejado a través de las viejas fotografías o en la memoria de las pocas personas que quedan para contarlo. De aquí la importancia de evocar una parte identitaria y sentimental de Santander.

La historia de estos humildes niños forma parte de un pasado de escasez y de miseria, donde la pobreza infantil era una triste e injusta realidad. Pero imposible es no emocionarse al imaginar la tierna mirada de aquellos chicos que ansiaban con lanzarse al agua a por sus más preciados tesoros. Justo al lado del monumento se encuentra una placa que complementa su vivo recuerdo.



 

Otros raqueros en los puertos españoles

El raquero no es un personaje exclusivo de Santander por muy propio que sea su nombre. En otras ciudades portuarias de España también era frecuente encontrar a los niños más pobres correteando en trapos por los muelles, como en la Caleta gaditana o en Cartagena. En esta última se les denominaba “icues”.

El icue de Cartagena

Escultura del «icue» en Cartagena | Shutterstock

De hecho, en la ciudad murciana hay una escultura de bronce expuesta en el casco histórico, similar a la de los raqueros en Santander. Esta figura, obra de Manuel Ardil Pagán, representa a un niño semidesnudo que sujeta en su mano un boquerón del que sale un chorro de agua. El conjunto se encuentra en el interior de una fuente que simula las olas del mar. En Cartagena era muy típico llamar icue a cualquier niño travieso que solía pasar los días en la zona del faro de la Curra bañándose y arrojándose al agua desde los bloques de hormigón y las rocas rompeolas.