Fue en el siglo XIX cuando comenzó a gestarse la idea de adecuar una ruta para atravesar el desfiladero más grande de España. Con 6.350 hectáreas, la idea principal del vino de montañeros y exploradores británicos, que utilizarían el paso para llegar hasta los Picos de Europa. Entre sus muchos kilómetros de longitud se pueden encontrar grandes paredes de roca caliza de hasta 600 metros de altura. Está localizado entre los municipios cántabros de Cillorigo de Liébana, Peñarrubia, Lamasón y Treviso. También pasa por el de Peñamellera Baja, en Asturias.

La carretera para llegar a él es la N-621 hoy día. Sus muros casi verticales pueden encontrarse a menudo ocupados por escaladores, así como sus largos caminos frecuentados por viajeros y cazadores. Con todo, destaca por ser una zona de especial protección para las aves. Entre ellas hay águilas, buitres, rebecos y urogallos, estos últimos en peligro de extinción. En lo tocante a la vegetación que puebla el lugar, los alcornoques se mezclan con robles y hayas, típicos del bosque atlántico. También puede disfrutarse de las encinas que se encuentran tanto en el lado cantábrico como el asturiano.

Desfiladero de la Hermida

Desfiladero de la Hermida. | Wikimedia CC

Historia de una ruta impresionante

21 kilómetros es lo que mide el desfiladero de la Hermida, convirtiéndose así en el más extenso del país. El paso moderno se comenzó a construir en el siglo XIX, mayoritariamente para transportar la madera que producía la industria forestal en los Picos de Europa. Concretamente, la primera vía por la que se podía transitar data de 1863. Entre los collados y gargantas que asoman en el desfiladero se pueden encontrar pinturas prehistóricas con más de 20.000 años. No faltan atalayas construidas por los pueblos cántabros para proteger el territorio de una posible invasión por parte de la población castreña, más adelante romana.

Desfiladero de la Hermida

Desfiladero de la Hermida. | Shutterstock

Cuando se construyó esa primera ruta en 1863, también se abrió un mundo de nuevas posibilidades. Ya que Liébana y el desfiladero eran unas regiones con riqueza minera e industrial. Esta unión en comercio ya se había tanteado antes, pero en ese momento y gracias al dinero belga y francés, se pudo establecer una ruta de acceso para transportar minerales. A finales del siglo XVIII ya se utilizaba la carretera para este fin. Hoy en día el trayecto tiene exactamente 174 curvas más bien estrechas de las que parece que casi no cabe ni un coche. De hecho, algunas no alcanzan los 25 metros de radio.

Los rincones del desfiladero de la Hermida

Hay innumerables rincones dentro del desfiladero de la Hermida que merece la pena visitar. Uno de estos lugares es su Vía Ferrata, una de las primeras en Cantabria. Allí se encuentran puentes tibetanos no aptos para quien tenga miedo a las alturas. Estas estructuras de madera son perfectas para la gente apasionada por la aventura. Junto a ellos se hallan unas escaleras que desembocan directamente en el río Deva. Otro de los puntos clave son sus miradores. El de Castro de Verdeja está en Linares, aunque el más famoso es el de Santa Catalina.

Desfiladero de la Hermida

Carretera interior del desfiladero de la Hermida. | Wikimedia CC

Por supuesto, también son destacables sus pozas de aguas termales a 60 grados. Aunque el primer balneario que se construyó cerró sus puertas en los años 40, se reformó y volvió a abrir en 2006. El emplazamiento sigue siendo ese mismo edificio construido en el siglo XIX que es casi un museo en sí mismo. No hay que olvidar tampoco los pueblos que se encuentran de una punta a otra del camino. Panes, Unquera, Caldas, Linares, Potes, Lebeña y La Hermida, que da nombre al propio desfiladero. Todos ellos encierran historias que descubrir, como en Lebeña, con su iglesia prerrománica de Santa María, que cuenta además con una virgen tallada el siglo XV. En Potes se puede visitar la Torre del Infantado, una fortificación donde vivió Iñigo López de Mendoza.

También hay que prestar atención a La Hermida y su ermita de San Pelayo con una antigüedad de ocho siglos. Para finalizar y obtener las mejores vistas de los Picos de Europa, queda ir a Fuente Dé. Allí se encuentra el teleférico que conecta directamente con el Mirador del Cable. Al llegar arriba se puede tener una panorámica perfecta tanto de los Picos de Europa como del valle de Liébana. Su altura de más de 1800 metros, es perfecta para reflejar el lugar en todo su esplendor.

Leyendas a través del desfiladero

No hay duda de que un sitio con tanta historia como el desfiladero de la Hermida, esconda en sí alguna leyenda que haya trascendido el tiempo. Y, de hecho, esconde varias, como aquella que dice que en el mirador de Santa Catalina los musulmanes jugaban a los bolos con pelotas de oro. Y por ello también se le conoce a esa zona como la bolera de los moros. Asimismo, las gargantas se asocian a tradiciones como las del Ojáncanu, un ancestral cíclope cántabro. Otra de las historias que pueblan el lugar es la de Las lágrimas de Don Pelayo. Como se ha dicho, una de las visitas de esta ruta pasa por el río Deva. En él hay siete cotos salmoneros, uno de ellos llamado Las lágrimas. Recibe su nombre por dos grandes rocas al pie del rio que la leyenda cuenta que son fruto del llorar del señor medieval.

Desfiladero de la Hermida

Desfiladero de la Hermida. | Wikimedia CC

En ese momento Pelayo vivía en Bres y Al Qama, general al mando del ejercito árabe por orden de Munuza, iba a atacar sus tropas. Don Pelayo y su ejército fueron hacia el monte Auseva y se escondieron en la cueva Covadonga para sorprender a los que fueran sus enemigos. Salieron victoriosos y el general enemigo tuvo que huir a causa de su derrota. Pero las consecuencias fueron también negativas a corto plazo para Don Pelayo, ya que, debido a la lucha contra los musulmanes, se produjeron derrumbes en el desfiladero, dejando sepultado a muchísimos hombres. Desolado por aquella pérdida lloró y la leyenda cuenta que esas lágrimas se convirtieron en las rocas que hoy se pueden encontrar a la orilla del río Deva.