Los embalses se han llevado incontables pueblos por delante. Estas obras de ingeniería de mediados del siglo anularon gran cantidad de valles en pos de generar energía o almacenar agua. Decisiones pragmáticas que han afectado a entornos de Mallorca, en Gorg Blau, a Galicia, por ejemplo obligado a trasladar localidades como Portomarín. El drama llegaba muchas veces cuando los vecinos se negaban a marcharse. A través de expropiaciones se dejaron abandonadas poblaciones que no siempre terminaron bajo las aguas. Es el caso de Lanuza, que no cejó en el empeño de resucitar hasta lograrlo.

Embalse de Lanuza

Lanuza. | Shutterstock

Los prados perdidos del Valle de Tena

Durante los años 60 los pantanos eran una infraestructura estrella. Pese a varapalos como los de Ribadelago en Galende, donde errores de diseño y construcción llevaron a que el pueblo del lago de Sanabria quedara arrasado, seguían proliferando. Los planes de la Confederación Hidrográfica del Ebro, o CHE, tuvieron en Lanuza uno de sus objetivos. De este modo, se planteó cambiar los pastos del alto Gállego por embalses. Algo que, como en el entorno de Mont Rebei, zona entre Lleida y Huesca famosa por sus rutas y ermitas colgantes, acabó con buena parte de la ganadería local. Sin embargo, en el caso de Lanuza supondría la muerte del mismo pueblo.

Las previsiones hechas durante la fase de planificación dejaban a la localidad por debajo del nivel de las aguas. Ni la iglesia de El Salvador se salvaba. En contra de su voluntad, los vecinos fueron protagonizando un éxodo. Fueron de lugares cercanos, como Sallent de Gállego, a otros más apartados como Jaca o Huesca. Un goteo que arrancó principalmente en 1976, cuando comenzó la inundación. A comienzos del 78 fue cuando el último capezuto, gentilicio de la población, se marchó.

Vista de Lanuza hacia el sur

Vista de Lanuza hacia el sur. | Shutterstock

Pese a la espectacularidad que adquirió el valle de Tena con los nuevos embalse, las postales de corte alpino no compensaron a muchos lugareños. Menos todavía a quienes se quedaron sin casa. Bubal, embalse al sur del de Lanuza, vivió una situación similar. Sin embargo, su suerte la tapó el agua. La de sus vecinos de algo más arriba del Gállego, no. Para su contento, se comprobó que las previsiones de la CHE fallaron. Fueron apenas once metros. Una nimiedad. Pero que el punto máximo de la masa acuática pasara de los 1.286 metros a poco más de 1.275 supuso un nuevo giro de los acontecimientos.



La resurrección de Lanuza

Durante los 80 se confirmó que solo unas cuantas casa de Lanuza quedarían sumergidas. El núcleo del pueblo pirenaico permanecería por encima del límite de seguridad. Por tanto, era habitable. Era el resquicio legal necesitaban los capezutos para pasar a la acción. A través de una asociación vecinal comenzaron a reclamar la devolución de los terrenos expropiados. Su intención era volver cuanto antes a habitar una localidad que consideraban suya. Su primer foco era previsible: la iglesia.

 

Lanuza reflejada en el embalse homónimo

Lanuza reflejada en el embalse homónimo. | Shutterstock

Reformada en el XIX tras la quema que sufrió por parte de los franceses, es de corte románico. Fue un pistoletazo de salida, en 1992, para una serie de recompras de terrenos que fueron animando cada vez a más vecinos a recuperar lo que fue suyo. El templo mostró, sin embargo, los rastros de 15 años de abandono. El expolio era claro, al igual que en viviendas y edificios comunes. Con todo, se consolidó.

Lograr agua potable y otros servicios básicos, como la electricidad, fueron los pasos que siguieron. Un reflejo para pueblos como el no muy lejano Jánovas. Ubicado entre Aínsa, Broto o Torla y Sabiñánigo, en su caso el río Ara no llegó a embalsarse, pero si que hubo un abandono obligado. Ahora, muertos todos sus lugareños originales, han logrado llevar luz al lugar y preparar su nueva habitación. Lanuza, por su parte, cuenta ya con decenas de edificios rehabilitados y es un destino habitual para quienes visitan el Valle de Tena.

Casa antigua de Lanuza

Casa antigua de Lanuza. | Shutterstock

Un enclave bien posicionado en el Pirineo aragonés

Su punto en medio del embalse al que da nombre, con Sallent de Gállego a tiro de piedra, hacen de Lanuza un lugar bastante frecuentado por los turistas. Incluso se puede ir de un pueblo a otro andando, en una ruta tan sobresaliente como fácil. Con posibilidad de alojarse o comer en él, parece que ha logrado superar la despoblación de forma casi definitiva. Los grandes gastos llevados a cabo por los vecinos, sin ayudas estatales, han dejado un pueblo con gran encanto y aspecto puramente montañés.

Embalse de Lanuza

Embalse de Lanuza. | Shutterstock

Rodeado de montañas y agua, es parte del festival Pirineos Sur. Un evento que se celebra desde principio de los 90, con su primera edición oficial en 1994. Repartido por el valle de Tena, Lanuza acoge un escenario flotante cuyos conciertos ayudaron a dar a conocer el incipiente vecindario. Con la afluencia de miles de personas, unas 50.000 en las últimas bazas, llegó también la consolidación del cambio que marcaría toda la región: el turismo por la ganadería.

Los picos de los Infiernos o el Balaitús conforman macizos espectaculares que permiten la práctica del montañismo. En sus faldas quedan lagos glaciares o ibones espectaculares, como el de Piedrafita de Jaca. Las rutas de senderismo permiten llegar a ellos con facilidad. Al tiempo, FormigalPanticosa es una referencia de los deportes de invierno que también cae en el valle de Tena y cerca de Lanuza.

Vista a la torre de la iglesia de Lanuza

Vista a la torre de la iglesia de El Salvador. | Shutterstock

La entrada a este territorio histórico se hace a través de una garganta, la de Santa Helena, con restos que van de una fortaleza a una ermita-santuario, pasando por varios dólmenes. Asimismo, Jaca o Biescas están bien conectados con la localidad, lo que aumenta las posibilidades de una escapada al lugar. En una era de despoblación y migración a la urbe, Lanuza es una suerte de Lázaro. Uno que sacó la cabeza del pantano a tiempo.