En el Valle de Benasque se percibe el silencio de una forma especial. Es un silencio que grita, canta, narra historias… Es un lenguaje mágico, de leyendas, de espíritus de dioses que habitaron glaciares y flotaban entre picos capaces de arañar el firmamento nocturno. Un silencio que lo dice todo, sin que sea necesario pronunciar una sola palabra, basta con ver y escuchar.

En cualquier punto del valle una mirada corre el riesgo de quedarse imantada, pegada a un paisaje que boceta tierra y cielo. Desde una alfombra de flores hasta el vuelo de un quebrantahuesos o el correr de las nubes. En cualquier punto del valle los oídos corren el riesgo de perderse hasta encontrarse, escuchando la canción de la naturaleza. Los alaridos del viento en los barrancos, el tintineo de las estrellas alrededor de las cumbres, las melodías de aguas embravecidas en cascadas y deshielos.

En plena comarca de Ribagorza se alza uno de los puntos más altos de este mausoleo, homenaje al amor entre un dios y una princesa. Aquí, la magia de los Pirineos se extiende, en plena provincia de Huesca, a través de un parque natural impresionante. Transitando entre Navarra y Cataluña, el Pirineo aragonés, abre su corazón.

La naturaleza del Valle de Benasque

Recorrer la naturaleza del Valle del Benasque significa asistir a una lección de anatomía que debe afrontarse con los ojos bien abiertos. El valle tiene una columna robusta y montañosa que desciende y asciende hasta alturas imposibles. Desde el Macizo Perdiguero hasta el Pico Aneto, de casi 3500 metros de altitud, el cuerpo del valle se llena de subidas y bajadas.

En medio de giros rocosos y curvas geológicas se respira un clima de alta montaña que ha preservado durante 45.000 años una serie de glaciares. Monumentos Naturales desde 1990, estos gigantes blancos, situados en los Macizos de Perdiguero, la Maladeta y Posets, son testigos únicos de la última glaciación. Una melodía de hielo y fuego, coloreados, a veces, por el polvo del desierto, otras, por un claro de luna.

Atardece sobre el Valle del Benasque

Atardece sobre el Valle del Benasque | Shutterstock

Las notas de su música se dibujan en formaciones calizas, ibones, crestas y pentagramas kársticos, donde se esconden y aparecen las aguas del deshielo del Aneto. La sima del Forau de Aigualluts es un espectáculo de magia que dura hasta 4 kilómetros. Concluyendo, en un abracadabra sorprendente, reapareciendo en las aguas del Garona, en el cercano Valle de Arán.

La lección de anatomía continua, persiguiendo la circulación del agua, desde la cabecera del río Ésera, a través de las arterias del Parque Natural de Posets- Maladeta. Sus venas y afluentes riegan el fondo del Valle de Vallibierna formando un lago, como otros tantos diseminados por todo el parque. Alimentados por lluvias y deshielos, el Barbarisa, el Sen o el Cregüeña se mantienen inamovibles rodeados de pinos silvestres, abetales y enebros.

Entre acantilados espían los caminos águilas reales, teprarriscos y gorriones alpinos. A ras del suelo se ocultan lagartijas pirenaicas y, en las turberas, sus primas, compañeras de nutrias y tritones. Mientras, en el bosque, zorros, ardillas, jabalíes y mochuelos boreales viven, cada día, ajenos al ruido del mundo, que se apaga por estas tierras ribagorzanas.

Ibon de Batisielles, en el Parque Natural de Posets Maladeta

Ibon de Batisielles, en el Parque Natural de Posets Maladeta | Shutterstock

Desde la puerta de entrada al valle, en el Congosto de Ventamillo, hasta las nieves perpetuas y las pistas de esquí alpino de Cerler. Desde los macizos de la Madaleta o el Perdiguero, hasta los valles laterales de Aigüeta La Vall o Cregueña. Todo aquí es paz y anatomía del silencio.

Los pueblos del Valle

Los pueblos del valle del Benasque se mimetizan con el entorno que los rodea. Construcciones pirenaicas de brillantes tejados de pizarra, calles empedradas que ascienden o descienden, posiblemente hacia una pequeña iglesia románica. Un cuadro que parece cobrar vida ante los ojos de quienes los visitan.

Todas estas pequeñas poblaciones tienen algo que decir, una historia que contar, rincones que descubrir o puentes que cruzar. Más que palabras, estas líneas son indicaciones para esbozar un mapa imaginario para conocer lo que puede ofrecer un pequeño itinerario por la zona.

Típicas casas pirenaicas en Benasque

Típicas casas pirenaicas en Benasque | Shutterstock

Benasque es un punto de partida subrayado bajo un terreno montañoso, coloreado de blanco, en invierno y, de verde brillante durante el estío. La geografía de este municipio, capital de la comarca, se divide entre pasado y presente. Junto a la iglesia perviven las antiguas casitas, el Palacio de los Condes de Ribagorza o la Casa Juste, con su visible Torreón. En la parte de Anciles, la arquitectura tradicional se traduce en un conjunto de casas solariegas de los siglos XVI y XVII, bautizadas como sus moradores. Casa Escue, Casa Suprián o Casa Sort, son solo algunas de estas maravillas centenarias, pero la visita a Anciles no termina aquí. Llegar hasta allí invita a acercarse a una pequeña ermita, de origen lombardo, que casi puede imaginarse custodiada por un imponente dragón.

Cerca, en Cerler, un increíble mirador anticipa lo que espera. De un lado, prados y zonas boscosas, de otro, una naturaleza abrupta y desafiante. En su casco histórico, las casas se abrazan a la iglesia y  el aire, se abraza al silencio. Más adelante, un punto y aparte surge de la nada entre el pueblo y la estación de esquí, como dos universos que convergen, contradictorios y complementarios.

Nieve en las pistas de esquí de Cerler

Nieve en las pistas de esquí de Cerler | Shutterstock

Desde el centro del valle, Sahún exige una parada para contemplar la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista, en cuyas piedras se superponen los siglos. Otro templo, el Santuario de Guayente, conserva entre sus paredes el eco de discusiones sobre pastos, brujería o bandoleros. La paz, ante tantas disputas, puede alcanzarse en plena naturaleza, junto al Embalse de Eriste, entrada al valle del mismo nombre.

Resguardada bajo la sierra que lleva su mismo nombre, Chía, en pie desde antes del siglo X, custodia auténticos tesoros. Por aquella época, según cuentan, un pastor encontró la virgen que hoy se guarda en la Ermita de la Virgen de la Encontrada. Llama la atención la duplicidad de iglesias, San Martín y San Vicente, originada por el enfrentamiento entre los señores feudales y el monasterio de San Victorián. El Mirador de la Serreta conforma una hermosa fotografía de despedida, pero solo para un hasta luego, nunca un adiós.

Todavía quedan pasos por dar. Todavía queda Castejón de Sos y sus pequeños pueblecitos, Ramastué o Liri. Queda el Congosto del Ventamillo y el Bosque de Es Felegás. Aún esperan metros que ascender, cielos que surcar, secretos esperando.

Leyenda y aventura

El Valle del Benasque es una paradoja de historias y geografías. Un modo único de coexistencia entre leyendas pasadas y un presente abierto a la posibilidad de aventuras. Desde la misma creación del valle, como un tributo de amor de Hércules a su princesa muerta, Pyrene, la leyenda se entrelaza con las montañas.

En el lugar donde reina el Pico más alto de los Pirineos, la aventura aparece a cada paso del camino.   Ascensiones hasta glaciares, Montes Malditos y pasos con nombre de profeta llevan hasta los 3500 metros de altitud. Desde allí, contemplar el valle hace sentirse pequeño ante un paisaje que explota por todas partes.

Junto al río Ésera puede elegirse practicar todo tipo de deportes acuáticos: rafting, kayac o piragüismo. Quedarse en tierra permite hablar de tú a tú con el camino a través de rutas de senderismo o paseos por vías ferrata. Mientras, las nubes esperan, reflejadas en la nieve de las pistas de Cerler o Llanos del Hospital. Pero también hay espacio para la calma junto a una orilla o bajo la frondosidad de los árboles, en parques y merenderos.

Catarata de Gorgas de Alba en el río Ésera

Catarata de Gorgas de Alba en el río Ésera | Shutterstock00

Al caer el sol, desciende la luz y el volumen de las voces para contar, casi como un secreto, la historia del Aneto. La leyenda relata como la nieve, tras el fuego que acabó con la vida de Pyrene, lo tiñó todo de blanco. Tras el deshielo un manto de hierba verde cubrió las montañas, llegando a estas las personas para sembrar pequeños pueblos. Vinieron también temibles gigantes, encandilados por la belleza del lugar, entre los que estaba Netú, conocido por su avaricia.

Al cabo de un tiempo un mendigo apareció por aquellas tierras mágicas. Tras trabajar y convivir con la gente del pueblo, siguió su camino hacia el interior del valle. Allí, sin agua ni alimento pidió ayuda a Netú, que se la negó. Lo último que oyó el gigante fue: “Tu corazón es duro como una roca, ojalá todo tú se convierta en piedra”. Aquel día surgió el Aneto, el gigante petrificado que, todavía hoy, contempla los que fueron sus dominios. Cuna de historias y leyendas, sueños de aventuras y paz que dormitan en el Valle del Benasque esperando a hacerse realidad.