La Cascada de Orós Bajo es un lugar con una energía única flotando en el aire, transparente y limpio. Llegar al paraje donde se esconden estos saltos de agua siempre es motivo de asombro. Es uno de esos sitios especiales para los que las palabras no bastan. Los adjetivos se marchitan ante un espacio sobrecogedor, donde la naturaleza habla su propio lenguaje. Sus frases se tiñen de distintas tonalidades de verde, las flores sirven de comas y el Barranco d’os Lucas señala el lugar donde los párrafos saltan al vacío.

La comarca del Alto Gállego, en el pirineo aragonés, atesora líneas de sorpresas, páginas de rincones naturales que vale la pena conocer. Pero la Cascada de Orós Bajo, en el Valle del Tena, merece un capítulo aparte. Es obligado un rápido parpadeo para asegurarse de que lo que se está contemplando es real y no producto de un universo literario que ha cobrado vida.

Un espectáculo cincelado por el agua

Llegar a las inmediaciones de la Cascada de Orós Bajo es relativamente sencillo. Desde Huesca capital se toma la N- 330 hacia Jaca, hasta alcanzar Sabiñánigo. A continuación, dirección Biescas, la N-260 conduce a un desvío, entre Sorripas y Senegüé, que indica la cercanía de Orós Bajo. Tras cruzar un puente sobre el río Gállego se accede al pequeño pueblo que da nombre a la cascada.

Durante miles de años, el agua se ha encargado de cincelar la piedra hasta transformarla en una auténtica escultura natural. Y allí, oculto entre las elevadas paredes del Barranco d’os Lucas, espera a ser descubierto un pequeño paraíso color esmeralda.

En medio de dos paréntesis rocosos, el agua de una badina sirve para refrescarse en épocas calurosas y, todo el año, como espejo para nubes y aves de paso. A nadie deja indiferente esta joya del Valle del Tena. Una caprichosa exposición de formaciones geológicas que invitan a imaginar mitologías, entre lo humano y lo divino.

Detalle cercano de la pared del barranco, con las rocas colocadas en capas

Detalle cercano de la pared del barranco, con las rocas colocadas en capas | Shutterstock

Las rocas sedimentarias se presentan colocadas en capas en cuyos sustratos se alternan arcillas, areniscas y margas. Con el tiempo, han tomado formas metamórficas que despiertan hasta a la imaginación más dormida. La fantasía comenzó a formarse en el Cenozoico, hará unos 66 millones de años. Mientras, inmersos en la deriva continental, los territorios de África y Eurasia chocaban, esta región oscense era testigo del nacimiento de picos, barrancos y valles. Las montañas parecen llenas de dobleces, como una especie de origami sólido y rocoso. En la actualidad, es escenario de excursiones familiares y visitas veraniegas. Aunque el resto del año, el silencio impera en una zona habitada por menos de 20 vecinos.

La ruta de la piedra, de un barranco a una ermita

A pie, desde el pueblo de Orós Bajo, los pasos del viajero persiguen el canto del agua de la cascada. Dibujado en el margen izquierdo del Barranco d´os Lucás, un sendero conduce hasta un presa, donde varias piscinas artificiales invitan al primer descanso. Dejando la corriente de agua a la derecha, el cauce del barranco se convierte a ratos en única vía. Por eso es importante tener cuidado, calzarse adecuadamente y vigilar el terreno. Incluso pequeños pobladores del lugar, los tritones pirenaicos, conocen el peligro de los desprendimientos en épocas lluviosas.

Piscina natural que formada al final de la Cascada de Orós bajo

Piscina natural que formada al final de la Cascada de Orós bajo | Shutterstock

Desde las ramas, las aves espían las idas y venidas de los excursionistas, esperando su cita con la tranquilidad del otoño y el invierno. En esas épocas, el cauce del río Gállego se multiplica, el verde tiñe orillas y ascensos, y el ruido que precede al agua lo inunda todo. El espectáculo es pura música. Piedra y agua unidos en una única melodía. Pero el hechizo no ha hecho más que empezar, y al poco tiempo la magia se vuelve salvaje y exigente. La cascada, dividida en dos saltos de agua de 16 y 30 metros, es un imperativo caudaloso entre las rocas.

Dejando atrás el agua, la piedra de esta comarca tiene mucho más que contar, transformada en los ladrillos románicos de la Iglesia de Santa Eulalia. Edificada entre los siglos XI y XII, su ábside es el mejor construido de todo el románico preservado en el Valle del Tena. La particularidad de sus siete arquerías ciegas, junto a sus influencias mozárabes la convierten en una construcción característica, junto al pequeño cementerio que la acompaña.

Iglesia románica de Santa Eulalia, con la torre en primer plano

Iglesia románica de Santa Eulalia, con la torre en primer plano | Shutterstock

Es uno de los templos cristianos más antiguos de España, junto a las llamadas Iglesias del Serrablo, diseminadas a lo largo del Gállego. Su especialidad fue reconocida en el 1982 cuando se declaró Bien de Interés Cultural. El ambiente, sencillo y tranquilo, invita a detenerse. Quizás para asimilar, entre los últimos rayos de sol, lo vivido durante la jornada.

Alrededores y secretos

Cada paso por el Valle del Tena es una promesa de belleza y aventuras, y los alrededores de la Cascada de Orós Bajo no son una excepción. La naturaleza va en cabeza y adelanta los pasos de los que se aventuran a descubrirla. Y quienes lo hacen, en medio de terrenos agrestes, bosques de ribera y vuelos de águilas culebreras, acceden a una puerta hacia otro tiempo.

Ocultos entre la maleza sobreviven al paso de los años un grupo de búnkeres cuya construcción comenzó durante el año 1944. En ese momento, el gobierno franquista decidió construir una línea defensiva para fortificar la frontera con Francia y frenar posibles invasiones. En muchas zonas el monte aparece herido por asentamientos y nidos para colocar armamento. Ahora, esa “Línea P” que jamás entró en servicio, sirve para adivinar los restos de un pasado que nunca existió.

En primavera, las flores siembran la paz entre los vestigios bélicos. Especies únicas y casi extintas colorean el presente. Orejas de oso y flores de lis señalan el camino hacia Santa Elena y la mágica Fuente de la Gloriosa donde, según cuentan las leyendas, se rendía culto a las ninfas.

Dolmen de Santa Elena

Dolmen de Santa Elena | Shutterstock

Entre lo sagrado y lo terrenal

Se trata de una ubicación situada en un limbo, entre lo sagrado y lo terrenal. Allí conviven dolmen, ermita y fe, junto a una fortificación levantada por Felipe II para controlar el paso por el Pirineo. La ermita surge entre la vegetación como la introducción a un cuento de hadas.

Poco antes de llegar, algunos paseantes dicen escuchar ruidos entre las hierbas altas. Risas sofocadas y sombras que se mueven delatan a las hadas acuáticas que habitan el lugar, velando por las propiedades curativas de la fuente. Son muchas las leyendas sobre Santa Elena que lleva y trae el viento por la zona de Biescas. Una sitúa por allí el intento de cruzar los Pirineos de la emperatriz Elena, huyendo de sus perseguidores cristianos. Agotada, entró a pasar la noche en una cueva que le indicaron unos labradores, y enseguida se quedó dormida.

Mientras, en el exterior, una araña se encargó de proteger su sueño tejiendo una tela para sellar la entrada de la gruta. Al verla, los soldados encargarlos de detenerla, continuaron el ascenso pensando que allí no había nadie. Cuentan que allí mismo, donde descansó Santa Elena aquella noche, brotó la fuente. En el siglo XIII, Jaime I de Aragón ordenó levantar la ermita, cuyo interior guarda la cueva que sirvió de refugio a la emperatriz.

Ermita de Santa Elena surgiendo entre la vegetación

Ermita de Santa Elena surgiendo entre la vegetación | Shutterstock

La magia del Alto Gállego cambió el curso de la historia, igual que cambia el curso del río entre montañas y valles. Hoy cambia la vida de todos los que conocen la zona. Cascadas, leyendas, bosques, cumbres y valles son solo el principio de un libro único que cada viajero está llamado a escribir con sus propios pasos.