Las ermitas es España son capaces de aparecer en casi cualquier lugar. Sea en un entorno playero, en medio de un prado o entre montañas, seguramente haya uno de estos pequeños templos cerca. Por ello, su variedad es total. Entre las más llamativas se encuentran las rupestres, normalmente asociadas a cuevas santas. Es el caso de San Úrbez, en el municipio de Fanlo. Una construcción que aguarda en un abrigo de roca en pleno Pirineo aragonés.

La ermita de San Úrbez está en el interior de la montaña

La ermita está en el interior de la montaña. | Shutterstock

La tradición de San Úrbez

Este lugar sacro de la comarca del Sobrarbe, una de las cunas del reino de Aragón, destaca por estar integrado totalmente en su montañoso entorno. Resulta tan sencillo como el santo que le de nombre. San Úrbez o Urbicio es muy popular en los alrededores. El motivo es que, según la tradición, fue allí donde desarrolló su labor eremita, que a su vez le llevaría a la santidad. De hecho, los lugareños consideran que la ermita se corresponde con el lugar donde durmió el santo durante una etapa de su vida.

Entrada a la ermita de San Úrbez

Entrada a la ermita de San Úrbez. | Shutterstock

San Úrbez nació a principios del siglo VIII, atribuyéndose al año 702 el hecho de forma tradicional. Lo hizo en Burdeos, pero siendo joven fue capturado junto a su madre por los musulmanes. Así, acabó en Galicia y esclavo, aunque su buen hacer le permitió ser respetado por sus amos. Su principal referencia eran los Santos Niños de Alcalá de Henares. De este modo, acabó en el poblado complutense en una suerte de peregrinación. Bien robadas o bien cedidas por los alcalaínos, se hizo con las reliquias de Justo y Pastor con el objetivo de protegerlas.



Parece ser que regresó a su tierra natal a continuación, aunque los designios divinos acabaron con él en el Sobrarbe. En aquella época, la moda eremítica estaba en alza, como demuestra el ejemplo de San Fructuoso en El Bierzo. Por ello, tras una época como pastor en la que usó de refugio la cueva que acoge hoy su ermita, decidió retirarse. El hecho de que los lugareños le empezaran a considerar un santo también influyó en la decisión.

Una vez satisfecha su querencia por la soledad, fue monje y sacerdote. Toda una institución local, acompañado de las reliquias de los Santos Niños, murió en Nocito tras décadas de predicación. El santuario de dicho pueblo y la ermita de San Úrbez son los lugares más santos que generó Urbicio. Su cuerpo incorrupto fue adorado hasta que lo quemó el bando republicano en la Guerra Civil. Todavía hoy se le asocia al combate de las sequías, siendo su fiesta principal el 15 de diciembre.

Interior de la ermita de San Úrbez

Interior de la ermita. | Wikimedia

Sencillez en el interior de la montaña

El espíritu anacoreta del santo se traslada a la perfección a la ermita de San Úrbez. Hita en el cañon de Añisclo, cerca del Monte Perdido, puede pasar desapercibida por su ubicación. Se halla enteramente en un abrigo de roca al que se accede solo gracias a una escalera pétrea y una puerta con un tosco arco de medio punto. Su datación hace indicar que se comenzó a erigir en el siglo XI o XII, en época medieval. Al tiempo, la tradición popular lleva la devoción a casi el momento de la muerte del santo, en el 802.

Ermita de San Úrbez

Ermita de San Úrbez. | Shutterstock

La mayor parte de la construcción es el muro frontal, ya que el resto se amolda a la roca. Este en su mayor parte no llega a cubrir del todo la oquedad, quedando la superficie mural a media altura con respecto al total. Tampoco tiene techo en este primer segmento, lo que resulta peculiar y aporta una gran luminosidad. Los asientos para los feligreses se extienden en esta suerte de nave, muy alargada. De hecho, solo cabe un banco por fila.

Al fondo quedan el altar, la sacristía y la cueva donde se cree que dormía San Úrbez, custodiada por una puerta. En este sector, el muro exterior llega al techo del abrigo. Mientras tanto, en el exterior y bajo el conjunto de la ermita, pervive un antiguo conjunto pictórico. Algunas de estas pinturas han sido consideradas huellas neolíticas, en concordancia con otros registros locales. Sobre ellas quedan trazos de épocas posteriores, como la Edad Moderna.

Vista inferior de la ermita de San Úrbez

Vista inferior de la ermita de San Úrbez. | Shutterstock

La ermita de San Úrbez y sus alrededores

El cañón de Añisclo y el del Bellós, que conforman un todo casi continuo en la práctica, marcan el paisaje de la ermita de San Úrbez. Extenso, abarca desde la localidad de Escalona hasta el pie del Monte Perdido. Un trasiego en el que sigue el río Bellós/Vellós. La verticalidad del conjunto impresiona tanto como otros congostos de gran fama, por ejemplo el de Mont Rebei. Es así uno de los puntos más espectaculares de la zona alta de Huesca.

Cañón de Añisclo

Cañón de Añisclo. | Shutterstock

La ermita de San Úrbez queda más bien en un punto medio del mismo. Desde Escalona la carretera que llega al aparcamiento del templo sigue el desfiladero. Una vez dejado el coche, se llega fácilmente al edificio rupestre a través del puente de San Úrbez. Un hito complicado de atravesar para aquellos con vértigo.

Puente de San Úrbez

Puente de San Úrbez. | Shutterstock

También existen rutas que recorren el cañón, aunque hay que informarse bien de las condiciones climatológicas antes de afrontar las más complicadas. Sin embargo, las recompensas incluyen bellos saltos de agua y miradores. El más sencillo de los recorridos es el que se centra en la unión del Bellós y el Aso, cerca de la ermita. Otra alternativa, bastante más larga, pasa por llegar al despoblado de Sercué. Los más preparados pueden asumir el itinerario de la Ripareta y su continuación hasta Fuen Blanca.

Parte más baja del cañón de Añisclo

Parte más baja del cañón de Añisclo. | Shutterstock

El cañón de Añisclo forma parte del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Tal espacio presenta a su vez innumerables opciones turísticas. Asimismo, hay varias poblaciones de interés. Al lado del templo, Vio fue uno de los lugares que habitó el santo. Fanlo, Torla, Broto o Aínsa son muestras perfectas de pueblos pirenaicos. Biescas y el Valle de Tena, al oeste, componen otra alternativa repleta de rincones preciosos.