Amanece en Zahara de la Sierra, en el interior de Cádiz. Un amanecer lento en un paréntesis de casas blancas entre montañas. El cielo clarea iluminado por los rayos de sol que acarician la silueta del castillo desperezándose en su promontorio. Algunas nubes se dibujan, blancas, entre los reflejos fugaces del pueblo sobre el espejo del embalse.

Los minutos se eternizan en el horizonte del Parque Natural de la Sierra de Grazalema, tan solo interrumpidos por el vuelo de una águila pescadora. La melodía de la Sierra del Jaral suena a herrerillos y pinzones, a aleteos entre alcornoques, pinos y jarales, a notas pretéritas de culturas que llegaron y partieron. La tierra transpira todo lo vivido a lo largo de los siglos. Conquistas y reconquistas aposentadas sobre la falda de una montaña rocosa donde se declina el bosque mediterráneo en todo su esplendor. Zahara de la Sierra es un mirador natural abierto al aire azul, a un pasado tallado en calles escalonadas y estrechas teñidas de cal y siglos.

Sorpresas de un pasado

El pasado de Zahara de la Sierra se encuentra latente en toda su geografía. Es posible pronunciarlo, en las sílabas de su nombre. Contemplarlo todavía, en los restos de la fortaleza musulmana que corona la villa. La historia de este pequeño enclave blanco, sumergido en la inmensidad de la Sierra de Grazalema, está íntimamente conectada con la naturaleza que la rodea. Su ubicación fronteriza convirtió a Zahara, en el pasado, en un lugar anhelado y disputado. Se convirtió en protagonista de episodios de conquistas y sorpresas nocturnas.

Pero previo a todo ello, antes de antiguas crónicas, de Reyes Católicos y monarcas musulmanes, otros habitaron Zahara de la Sierra. Prueba de ello son vestigios arqueológicos, como las hachas de granito pulimentado encontradas en distintas zonas. El arroyo Bocaleones, la Cueva de las Covatillas, o el olivar de los Tardíos conforman las piezas de un puzzle que viene desde el Paleolítico.

Para Plinio, Zahara de la Sierra era la antigua Lastigi, perteneciente al Conventus Juridicus de Gades. De su época romana queda, muy cerca en Arroyomolinos, el yacimiento de Tesorillo. Mientras, entre sustratos de roca, arena y tiempo. surgen tégulas y restos de cerámicas. Se escucha el rugido de un león de piedra tardorromano o aparecen los restos de una puerta que invita a abrirse hacia el pasado. Del mismo modo, los puentes, el Antiguo o el de Palominos, invitan a cruzar hacia esa parte de la historia de la Sierra de Cádiz. En el antiguo camino a Olvera, sobre el cauce del Guadalete, limitando con Algodonales, próximo al arroyo Bocaleones, espera la otra orilla.

Más tarde, ya en manos musulmanas, se convierte en escenario de la entrevista del Rey Alfonso X El Sabio con el sultán Aben Yusef. Ante la petición de ayuda del rey para luchar contra la sublevación de su hijo Sancho IV, el sultán lo cita en esta localidad fronteriza. Dialogando bajo la sombra de una tienda de seda y oro acuerdan la entrega al monarca castellano de 60.000 doblas de oro. Recibiendo el sultán, a cambio, vacas para mejorar el ganado marroquí. En el marco del devenir nazarí por estas tierras, se alzó el castillo. Quedan en pie partes de sus murallas, así como la torre del homenaje, bajo la que hay un aljibe árabe.

Torre del Castillo de Zahara de la Sierra

Torre del Castillo de Zahara de la Sierra | Shutterstock

El siglo XV comenzó con la primera toma cristina de Zahara de la Sierra. Dentro de una campaña militar liderada por Fernando I de Aragón, “el de Antequera”, que recuperó también las tierras de Torre Alháquime y Pruna. La dominación cristiana concluyó la noche del 28 de diciembre de 1481, cuando los musulmanes sorprendieron a los habitantes de la villa. Lo cual aceleró los planes de la reconquista de Granada por parte de los Reyes Católicos. Dos años después, Isabel y Fernando toman de nuevo la zona incluyéndola en el señorío de “Ponce de León”. Pero la influencia musulmana permaneció. Aún ahora, al sur del pueblo, en la Loma del Calvario, pueden apreciarse los restos de una necrópolis.

Fueron tiempos convulsos, durante los que su localización la convirtió en un territorio de marcado carácter militar y defensivo. Ya en los siglos XVI y XVII, hubo un trasvase de población hacia las localidades de Algodonares y El Gastor. Pero la construcción de la Iglesia o la Torre del Reloj refleja la importancia que Zahara mantuvo a lo largo de esos años. Hoy, un paseo por sus calles cuenta que hubo un después para todo aquel que quiera contemplarlo.

Un después traducido en iglesias y torres que se elevan por encima de las casas, como la Iglesia de Santa María de la Mesa, del siglo XVIII. Una muestra de la arquitectura religiosa andaluza, de estilo barroco, e influencias neoclásicas. Vale la pena traspasar la entrada y recorrer su planta de cruz latina, donde destaca el coro. No hay que dejar atrás el interior sin contemplar antes la capilla mayor que alberga un retablo de la Virgen con el Niño.

Torre de la Iglesia de Santa María de la Mesa

Torre de la Iglesia de Santa María de la Mesa | Shutterstock

Camino del castillo, permanece en pie la torre de la antigua iglesia mayor, construida tras la primera conquista cristiana. Adosada a la Capilla de San Juan de Dios de Letrán, la Torre del reloj, antiguo campanario, recibió el nombre por acoger durante años la instalación de un reloj de péndulo. Es el lugar perfecto para buscar la conjunción del tiempo pasado y presente. Pero no hay que quedarse solo con los edificios. Lo mejor es callejear, perderse arriba y abajo por un núcleo declarado Conjunto Histórico Artístico en 1983. Contemplar las casas típicas o probar la frescura de las aguas de la Sierra Gaditana en las numerosas fuentes esparcidas por el pueblo. La Higuera, el Pilar o la Calera son una excusa para detenerse a contemplar unas vistas siempre listas para sorprender cualquier mirada.

Una naturaleza ajena a tiempos y reinados

Zahara de la Sierra pertenece a Grazalema y Grazalema pertenece a Zahara. Palpitan en la misma frecuencia, una más allá de siglos o reconquistas. Los habitantes de esta Sierra nada entienden de sultanes, reyes o traiciones. No se preocupan por guerras o invasiones atlánticas. Tan solo respiran al ritmo de las estaciones. Se nutren de un suelo milenario, beben en las orillas del embalse de Zahara-El Gastor, agujerean nieblas y brumas mientras planean.

Embalse de Zahara- El Gastor

Embalse de Zahara- El Gastor | Shutterstock

Toda la zona es una entrada a la naturaleza en estado puro, dentro del Parque Natural Sierra de Grazalema, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Cuevas, grutas y gargantas se abren y cierran entre una fauna y flora autóctona y única. Distintas rutas conducen a monumentos naturales cuya visión es en sí misma una experiencia, la Garganta Verde es uno de ellos. A escasos 6 kilómetros de Zahara, en el Puerto de los Acebuches, la montaña se precipita al vacío. Se trata de un inmenso cañón con paredes que presentan desniveles de hasta 200 metros. Pero en su interior está la auténtica sorpresa, en la Ermita. Un juego de claroscuros producido por estalagmitas y estalactitas que la pueblan.

Sin salir del municipio la naturaleza también ofrece espectáculos únicos. Basta con acercarse al bosque de pinsapos, dentro del centro urbano. Una enorme familia de abetos del cuaternario que han sobrevivido hasta nuestros días, atentos a todos los cambios que se producían a su alrededor. Conviven con madroños y encinas, coloreando el paisaje y oxigenando el aire. Tras el paseo, es posible disfrutar del estío, descansando o practicando deporte en la playa artificial y área recreativa de Arroyomolinos.

El pueblo de Zahara de la Sierra desde el cañón de Garganta Verde

El pueblo de Zahara de la Sierra desde el cañón de Garganta Verde | Shutterstock

Senderos y rutas arañan la sierra, para recorrerlos, para disfrutarlos. Al paso de los caminantes lirones, comadrejas y zorros dorados se esconden en sus madrigueras. Lagartijas y culebras se ocultan en la maleza sin dejar de mirar. En el cielo, las alas de águilas y buitres mandan sobre el viento. Mientras, en la orilla de ríos y arroyos, cangrejos y salamandras extienden sus dominios, junto a cursos de agua habitados por truchas y barbos.

Aquí el ser humano se convierte en invitado de excepción a un espectáculo que, a buen seguro, continúa sin su presencia. Por eso hay que aprovechar la oportunidad brindada. Disfrutar al aire libre. Conocer espacios, caminar, respirar, vivir aventuras, imaginar y soñar en esta sierra que parece, ella misma, un sueño. Revivir esas vidas que se hacen oír a través del patrimonio de un pueblo blanco que ilumina las montañas. Un lugar con una historia y un encanto especial, Zahara de la Sierra. Un motivo más para volver a Cádiz.