El castillo de Gormaz, la fortaleza soriana por la que suspiraron los reinos cristianos

Krak des Chevaliers, los castillos del Loira o el de Edimburgo son mundialmente famosos. Lugares conocidos ya sea por su pertinaz capacidad defensiva o por refinamiento palaciego. Sin embargo, el nombre de Gormaz sonará menos. Algo ilógico, ya que fue el enclave más determinante en la guerra que mantenían árabes y cristianos durante la Edad Media. El más grande que los musulmanes califales construyeron en Europa y una de las obras magnas de la arquitectura militar de la época en el continente, sus muros han visto pasar el tiempo en la llanura de Soria durante más de 1.000 años.

Extremo del alcázar desde la llanura de Gormaz

Extremo del alcázar desde la llanura de Gormaz. | Shutterstock

Una punta de lanza árabe más allá del Duero

El siglo X en la península ibérica estuvo marcado por un eje claro: el Duero. Este río cortaba el territorio en dos mitades de este a oeste. Al sur, dominaban los árabes. Al norte, los cristianos. En medio quedaba una zona muerta saqueada por unos y otros. Era la época en que el emirato de Córdoba pasaría a ser el Califato, cuando León se consolidaría como una potencia local, pese a la debilidad fruto de sus continuas guerras intestinas. Años de leyenda en los que Gormaz sobresalió como punto estratégico esencial, una ventaja crítica para los cordobeses.

La principal característica que dotó de importancia a la hoy fortaleza castellanoleonesa en un inicio fue su ubicación. Estaba al otro lado del río, desde la perspectiva musulmana. Además, defendía el único paso en kilómetros a la redonda. Era un salvoconducto a las tierras cristianas, un forma de asegurar que año tras año se podrían llevar a cabo las razias. Estas expediciones de castigo, formadas la mayoría de las veces por unas decenas de hombres, arrasaban todo a su paso. Abderramán III, el general califal Gálib y Almanzor hicieron buen uso de ella.

Extremo oeste y campa interior del castillo de Gormaz

Extremo oeste y campa interior del castillo de Gormaz. | Shutterstock

De un pequeño castillo a ser la mayor fortaleza de Europa

El gran cerro en el que se ubica hace que el conjunto de alcazaba y alcázar parezcan literalmente una lanza. Su pasado remoto se remonta a la época prerromana y clásica, cuando se considera que se fortificó y habito por ver primera. Arévacos y romanos ya habrían obtenido así beneficios de su gran posición estratégica. Pero fue en la Edad Media cuando ganó importancia. Un castillo surgió en el siglo VIII o IX. Se desconoce cuál de las dos fuerzas enfrentadas lo hizo.



Un puente sobre el Duero fue en principio el gran valor a proteger. Sin embargo, la fortaleza no era especialmente destacable. Muy disputada desde esta época, durante el primer tercio del siglo X ya cambió de manos varias veces. Es seguro que en el 925, pasó a ser árabe. El toma y daca se correspondía con el de cualquier otro punto de las llamadas extremaduras, las zonas de choque en batalla constante que en su parte occidental dieron nombre a la actual Extremadura. Cuatro años después, Abderramán III daría un golpe de efecto al instaurar el Califato de Córdoba.

Patio del alcázar de Gormaz

Patio del alcázar de Gormaz. | Shutterstock

Las crónicas de la época señalan otra reconquista musulmana en el 940. Abderramán III realizaría una primera fase de refuerzo que ayudaría a consolidar el territorio. Sin embargo, sería su hijo, Al-Hakam II quien ordenaría que se convirtiera en uno de los castillos más poderosos de Europa. Bajo la supervisión del veterano general Gálib, que ya había servido décadas al anterior califa, Gormaz se expandió de tal forma que era capaz de proteger a un cuerpo de mando además de resguardar en su interior a miles de hombres. Era el año 965.

Gormaz, más de un kilómetro de perímetro amurallado

Hay dos partes bien distintas en el Gormaz de Gálib, el que se puede ver hoy. Por un lado está el cerco de 1.200 metros con murallas de en torno a diez metros de altura. La base de la misma era maciza, aportando una enorme solidez al conjunto. En total, de este a oeste se extiende por un largo de más de 440 metros, con un ancho variable que llega a los 60. El espacio no ocupado por el alcázar, la mayoría, correspondía a una campa preparada para abastecer a animales y para mantener listo a un ejercito de más de 2.000 guerreros. Los aljibes son ejemplo de su infraestructura interna. Además, en caso de necesidad, los llanos que rodeaban la fortaleza permitían acampar a muchos miles más.

Las interminables murallas del castillo de Gormaz

Las interminables murallas del castillo de Gormaz. | Shutterstock

Las murallas cuentan con 28 torres cuadradas. Sea como fuere, estos puntos de refuerzo se despliegan en todo el perímetro para asegurar la defensa desde cualquier frente. En su extremo oeste, en el exterior, hay una estelas que se asocian a la protección contra elementos sobrenaturales. La puerta de acceso principal muestra un estilo totalmente califal, con un arco de herradura sobre cada vano. Estos son dos, ya que se dejaba un espacio hueco entre la luz exterior e interior, muy útil para acribillar y hostigar a los enemigos en caso de que hubieran llegado hasta allí. Otra puerta permitía el acceso al alcázar, mientras que un par de portelas, entradas menores, completaban el conjunto. Una tercera se añadió con posterioridad.

Por su parte, el alcázar era una estancia más palaciega pero fuertemente defendida por siete torres. Las más famosas son las de Almanzor y la del homenaje. Los retoques cristianos no evitaron que perdieran su carácter musulmán, como en el caso de la torre principal del castillo templario de Monzón. Las estancias se pueden intuir, incluyendo una sala de armas y un aljibe. Este último reducto presentaba defensas frente a una eventual conquista del cerco exterior. En conclusión, era superior a sus homólogos del norte en todo.

Vista interior de la doble luz de la puerta califal del castillo de Gorrmaz

Vista interior de la doble luz de la puerta califal del castillo de Gorrmaz. | Shutterstock

Un control que se extendía a Medinaceli

A pesar de que estaba al otro lado del Duero, Gormaz no era un lugar incomunicado. Gálib, sagaz y veterano, promovió una serie de atalayas que permitía a esta mole comunicarse en cuestión de minutos con Medinaceli, cabeza árabe de la Frontera Media a casi 70 kilómetros de distancia. Un sistema inteligente que mejoraba la capacidad de reacción árabe sobremanera. El hecho de que estas torres se ubicaran en la zona mora del Duero facilitaba que no fallaran y fuera casi imposible asaltarlas por parte de los cristianos.

Extremo oriental del castillo de Gormaz, con el alcázar

Extremo oriental del castillo de Gormaz, con el alcázar. | Shutterstock

La efectividad defensiva se comprobó cuando una coalición liderada por el conde de Castilla García Fernández sitió Gormaz en el 975. Ayudado por Ramiro II de León y Sancho II de Pamplona (reino predecesor del de Navarra), aprovechó la falta de hombres en la fortaleza para intentar tomarla. Sin embargo, una heroica resistencia y la llegada de las huestes de Gálib supuso un varapalo tremendo, que se extendió a San Esteban de Gormaz y el Burgo de Osma.

Derrotado, el conde castellano no se rindió y logró un breve control del castillo de Gormaz entre el 978 y el 981. Entonces apareció Almanzor para volver a conquistarla. En dicho año consumó el noble cordobés su ascenso al poder. Sus pugnas con Gálib, que era además su suegro, se dirimieron en tierras sorianas, en la batalla de Torrevicente. Poco antes, en Atienza, el general de casi 80 años casi mata al más joven durante una discusión. Esta afrenta en Guadalajara degeneró en una campaña interna en la que Gálib obtuvo el apoyo cristiano.

Puerta califal del castillo de Gormaz

Puerta califal del castillo de Gormaz. | Shutterstock

Almanzor significa «El Victorioso». Este sobrenombre le vino a Abu Amir Muhammad precisamente de derrotar a Gálib. Aunque en un principio comenzó perdiendo la batalla decisiva, acabó imponiéndose gracias a un elemento algo casual. Se cuenta que, tras liderar varias cargas personalmente y destrozar los flancos de Almanzor, el general de 80 años clamó a los cielos que mataran a quien fuera menos útil para concluir el conflicto y centrar las fuerzas en el verdadero enemigo, los cristianos. El caso es que apareció muerto sobre su caballo.

El liderazgo que obtuvo Almanzor le llevó a arrasar el reino de León, de Zamora a Santiago de Compostela. Gormaz, que le fue fiel en su guerra con Gálib, se mantendría como una plaza fuerte incluso después de la caída en desgracia del califato, décadas después. Solo por capitulación, en el 1059, pasó a manos leonesas. El Cid fue uno de sus más famosos regentes, en los 80 del siglo XI. En El Cantar del Mío Cid se describe la fortaleza como extremadamente fuerte.

Alcázar del castillo de Gormaz

Alcázar del castillo de Gormaz. | Shutterstock

El castillo sin la guerra

Lo efímero del Califato, algo plasmado en Medina Azahara a la perfección, hizo que Gormaz perdiera pronto su estrella. Las Taifas del norte y centro, pese a que algunas fueron poderosas, como Toledo o Zaragoza, cayeron con relativa rapidez. Aragón irrumpió como una nueva fuerza que contribuyó decisivamente a empujar a los musulmanes al sur. Con el pasar de los años el antes indispensable Duero pasó a un segundo plano. Granada comenzó a erigirse como un reino a tomar en cuenta y Sevilla ganó enteros como punto de referencia.

Ermita de San Miguel en Gormaz

Ermita de San Miguel en Gormaz. | Shutterstock

El castillo de Gormaz siguió teniendo prestigio y funcionó como cárcel. Tuvo insignes regentes, como Doña Berenguela de Castilla o Juan Hurtado de Mendoza. Sin embargo, sus poderosos muros yo no tenían frontera que defender. Cerca le acompañaba la ermita de San Miguel, que sorprendentemente sobrevivió al periodo califal. De origen visigodo y carácter románico, hoy aparece consolidada. Destacan sus frescos románicos de gran interés. La villa de Gormaz es pequeña pero agradable.

La entrada al recinto es libre y es fácil de llegar gracias a la A-2. Bien de Interés Cultural, su estado es de ruina consolidada. Junto a fortalezas dignas de cuento como la de Ponferrada, templaria pero con más intervenciones, es uno de los monumentos defensivos de mayor calado en España. Una de las grandes herencias árabes junto a la alcazaba de Málaga, la de Almería, la Giralda de Sevilla, la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada. Así pervive el castillo que mantuvo durante décadas en vilo a los cristianos.