Solo hace falta comparar lo que dura una vida con lo que lleva existiendo la Humanidad para relativizar cualquier asunto. No en vano, la muerte iguala más que ningún otro elemento. Por ello, dar boato y recuerdo a los fallecidos ha sido una obsesión para el ser humano desde la Prehistoria. Las tumbas se han ido haciendo más sofisticadas con el tiempo, especialmente las dedicadas a figuras históricas. Un desafío en forma de recuerdo que se dispersa por cementerios, catedrales o monasterios, entre otros. Aquí van algunas de las mas notorias que se reparten por España.

Tumba del Cid en Burgos

Fallecido en un momento indeterminado entre mayo y julio del 1099, Rodrigo Díaz de Vivar no ha parado quieto desde entonces. Más allá de su huella en el imaginario colectivo, notable en forma de su Cantar o rancia en su vertiente nacionalista, su transformación en mito llevó a que sus huesos no pararan de moverse. Primero reposó en la catedral de Valencia. Allí resistió tres años su esposa Doña Jimena frente a los Almorávides, con el apoyo de Barcelona. Pero hubo de abandonar la ciudad en el 1102. Lo hizo junto a lo que quedara de su marido. Muertos ambos, un sepulcro en el monasterio de San Pedro de Cardeña les dio dónde quedarse unos cuantos siglos. Allí queda una curiosa tumba equina, la de Babieca.

Catedral de Burgos

Catedral de Burgos. | Shutterstock

Sin embargo, en 1808 llegaron los franceses. Entonces hicieron buena su costumbre de saquear tumbas, hecho que parecía encantar a las tropas napoleónicas. De este modo reventaron el sepulcro y esparcieron los huesos. Por suerte para el Cid y Doña Jimena, la barbarie no afectaba a todos los invasores. Gracias a Vivant Denon y Paul Thiébault, intelectual y mariscal del país vecino, se recuperaron los restos. Se ejecutó entonces un bello monumento junto al río Arlanzón destinado a homenajearle.

Capilla del Cid en San Pedro de Cardeña

Capilla del Cid en San Pedro de Cardeña. | Wikimedia

Pero, después de la guerra cualquier cosa que oliera a francés no gustaba. Durante el siglo XIX el Cid regresó a Cardeña, fue robado en parte para pasar a la colección de un príncipe alemán y acabó en la casa consistorial burgalesa. Finalmente, seguro que mareado si pudiera estarlo, terminó supuestamente entero en el crucero de la catedral de Burgos. De momento, sigue allí, siendo la tumba uno de los grandes atractivos de la sede episcopal.

Tumba de Severo Ochoa en Luarca

Cementerios más curiosos de España Luarca

Camposanto de Luarca, donde buscar la tumba de Severo Ochoa es un reto. | Depositphotos

Menos intrincada es la historia de la sepultura de Severo Ochoa. Nobel de Medicina en 1959, por aquel entonces estaba exiliado en Estados Unidos. Tres años antes había adquirido la nacionalidad de tal país, que conservaría hasta la muerte. No en vano, el golpe militar del 36 y la consecuente Guerra Civil llevó a que tuviera que marcharse casi corriendo. Pese a ello regresaría a España en los 80, donde seguiría casi hasta el último de sus días investigando sobre metabolismo, especialmente asociado a los ácidos nucleicos. Nacido en Luarca, Asturias, allí yacería para la eternidad junto a su esposa. El cementerio asturiano es de una belleza nívea y posee unas vistas impresionantes del puerto. Precisamente, el pasatiempo favorito de la mayoría de los turistas en el camposanto es buscar la tumba del genio, tan blanca y sencilla como la del resto de sus vecinos.



Sepulcros de los reyes de León en León

Panteón de los reyes de León en San Isidoro

Panteón de los reyes de León en San Isidoro.

La basílica de San Isidoro es una maravilla del románico, a pesar de que el total de la colegiata abarque otros estilos. Especialmente sobresaliente es el panteón de los reyes de León. Hito en la que fuera capital de dicho reino, el conjunto de frescos que posee es de una belleza sobrecogedora. Toda una lección de arte que ha perdurado desde que las pinturas fueran encargadas en el siglo XI por Doña Urraca, hija de los monarcas leoneses Fernando I y Doña Sancha. Esta terna motivó que se enterraran en el lugar hasta 23 cabezas de reino, entre titulares y consortes.

De nuevo, los soldados napoleónicos serían los responsables de destrozar tumbas. En el caso leonés, les tocó a los sepulcros de los reyes, entre los que estaba el de Urraca I la Temeraria. Al parecer, además de romper lápidas y tirar los huesos, usaron los nichos como abrevaderos para sus caballos. Pocos restos se pudieron recuperar y todavía menos identificar. Por suerte, las pinturas no fueron destruidas. Hoy pasear entre las tumbas de estos antiguos monarcas de León sigue siendo una experiencia extraordinaria.

Mausoleo de Prim en Reus

Sepulcro de Juan Prim y Prats

Sepulcro de Juan Prim y Prats. | Wikimedia

Fue uno de los políticos más importantes del siglo XIX en España: Juan Prim y Prats marcó la senda del liberalismo en el estado durante años. Héroe de guerra en Marruecos, fue capaz de ascender a Capitán General solo por méritos en batalla. Sus indagaciones para encontrar un rey que se adecuara a la situación española tras La Gloriosa, revolución que organizó para echar del trono a Isabel II, iniciarían la rueda de la guerra franco-prusiana. Curiosidades de la historia, el odio generado por este conflicto acabaría siendo clave para el estallido de la Primera Guerra Mundial y, por ende, para que se diera luego la segunda.

Esto da una idea del calado de las acciones de Prim. Algo que le generó más enemigos de lo que suele ser sano. Así, el 27 de diciembre de 1870 un atentado de autor en Madrid, en la calle El Turco, todavía desconocido llevó a que falleciera tres días después. El jefe del Consejo de Ministros fue enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid pocos meses hasta que regresó a su Reus natal. Un mausoleo, varias veces remozado y trasladado, acoge al gran conspirador decimonónico. Su famosa momia ha visto la luz varias veces para ser sometido a autopsias. Los trabajos forenses, más allá de enfrentar a figuras de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Camilo José Cela, no ha logrado dirimir el misterio que todavía rodea a su muerte.

Sepulcros de Isabel y Fernando en Granada

Capilla Real de Granada

Capilla Real de Granada. | Web del templo

Si antes se decía que el Cid Campeador llegó en ciertos momentos históricos a pasar de leyenda a rancio mito fundacional, los Reyes Católicos no corrieron mejor suerte. Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón llevaron a la unión dinástica que, consolidada con Carlos V, marcaría los siguientes siglos en la península y Europa. Fue esta pareja la que consiguió «abrir la Granada» y acabar con el último reino árabe peninsular. Por ello la capital nazarí sería su lugar de descanso eterno, aunque nacieran en Madrigal de las Altas Torres y Sos del Rey Católico respectivamente.

Anexa a la catedral granadina, aunque en la práctica luzca como un elemento casi individual, la Capilla Real acoge los cadáveres de los monarcas. El sepulcro de ambas majestades se ubica encima de la pequeña cripta donde están los cuerpos, en sencillos ataúdes. Estas tumbas reales no son las únicas del pequeño y bello templo. Juana I, llamada la Loca, y su consorte Felipe el Hermoso les escoltan. Estaban llamados más monarcas a habitar la iglesia. Allí llegó a reposar Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Sin embargo, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial por parte de Felipe II cambió los planes.

Sepulcro del Gran Capitán en Granada

Tumba del Gran Capitán

Tumba del Gran Capitán. | Wikimedia

Siguiendo el hilo de los Reyes Católicos merece la pena mencionar la tumba de su mejor general. Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como el Gran Capitán, nació en Montilla y murió en Granada. Muy atado a Isabel I, de cuyo séquito formó parte, tuvo una larga y casi inmaculada carrera militar. De sus enfrentamientos intestinos con el duque de Cabra pasó a destacarse en la guerra contra los nazaríes. Pero fue en Italia y contra los franceses cuando se convirtió en una suerte de leyenda. En este periodo, a principios del siglo XV, su táctica de infantería asentó el modelo que acabaría con la guerra medieval y daría paso a la moderna.

Las masacres que infligió a los galos, por ejemplo en la batalla de Ceriñola, fueron posiblemente el gran  motivo de que soldados de Napoleón mancillaran su tumba. Esta se encuentra en el monasterio de San Jerónimo. Gran hito renacentista granadino, se fundó bajo el auspicio de los Reyes Católicos. En el crucero de su iglesia era donde se ubicó el cadáver del general, junto al de sus segunda esposa. Tras el asalto francés el lugar tardó en recuperarse. Asimismo, aunque la sepultura está restaurada y sigue rodeada de un conjunto artístico que ensalza al militar, estudios han concretado que los huesos que hay en ella no son los del Gran Capitán.

Tumba de Rosalía de Castro en Santiago de Compostela

Sepulcro de Rosalía de Castro

Sepulcro de Rosalía de Castro. | Wikimedia

Toca cambiar la espada por la pluma e irse a Galicia. Su centro neurálgico, Santiago de Compostela, posee una miríada de monumentos liderados por su catedral. A diez minutos de la misma se halla Santo Domingo de Bonaval, convento del siglo XIII. Un enclave que acabaría casi derruido en las desamortizaciones del XIX. Por suerte se salvó y acabó siendo, desde el último tercio del siglo XX, sede del Museo do Pobo Galego. En una capilla de su iglesia, destaca el Panteón de Galegos Ilustres. Un espacio que precedió en mucho al museo y que inauguró, sin pedirlo, Rosalía de Castro.

Antes de que un cáncer de útero la matara, Rosalía de Castro quiso ser enterrada en Adina (Iria Flavia). Así fue, en un primer momento. La más grande escritora gallega estuvo seis años haciendo lo que hacen los muertos allí. Sin embargo, parecía poco para ella. Así que en 1891 se la sacó y llevó a Santiago. Un magnífico sepulcro obra de Jesús Landeira la esperaba. Otras personalidades de la región irían sumando sus despojos al lugar. Sin embargo, la tumba de la atormentada literato sigue siendo la más destacada.

Tumba de Carlos V en San Lorenzo de El Escorial

Panteón Real en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial

Panteón Real en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. | Patrimonio Nacional

Ya se ha mencionado antes que el monasterio de San Lorenzo de El Escorial sustituyó a la Capilla Real de Granada en buena medida. Carlos V ya señaló que quería que le enterraran en un espacio distinto y, por supuesto, junto a su amada Isabel de Portugal. Felipe II tuvo que hacerse cargo de esto. También tenía que agradecer a Dios la victoria en San Quintín contra los franceses, por lo que decidió construirle una casa a la altura de una divinidad. Así surgió este cenobio que es, al tiempo, el lugar de enterramiento real desde entonces.

Carlos V fue muy específico sobre dónde quería que estuviera su tumba en la iglesia. Siguiendo sus preceptos Felipe II promovió una primera cámara bajo el altar mayor del templo monástico. Allí se trasladó el rey-emperador desde Yuste. Su sucesor, Felipe IV, hizo una cámara nueva, ampliada. Cabían 26 monarcas con sus consortes. El requisito de estas para ser enterradas allí era haber sido madre de monarcas.

El Escorial y con la sierra de fondo

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial con la sierra de fondo. | Shutterstock

Con los siglos se fue llenando y a Carlos V y Felipe II les acompañaron casi todos sus cargos homólogos con la excepción de Felipe V, que yace en La Granja, y Fernando VI. Tampoco están Amadeo I ni José I. Las reinas no madres que a pesar de ello lograron un nicho fueron la esposa de Felipe IV, Isabel de Francia, y Victoria Eugenia, consorte de Alfonso XIII. Está por ver la solución que se elige para las actuales generaciones, ya que no caben. Los padres de Juan Carlos I completarán el cupo. Sin embargo, hay tiempo para decidir. Al fin y al cabo, al lado de la cripta se halla el pudridero real, donde los cadáveres se reducen de 20 a 40 años.

Tumba de Goya en Madrid

Cúpula de San Antonio de la Florida.

Frescos de San Antonio de la Florida.

La ermita de San Antonio de la Florida y San Isidoro de León tienen algo en común. Ambas poseen pinturas al fresco alucinantes. En el caso del templo madrileño las ejecutó Francisco de Goya. Un conjunto semidesconocido que acompaña a la tumba de dicho pintor. En caso de ir a visitarla no se debe pensar que se ve doble cuando se llegue a su ubicación. Junto a la original se levantó una réplica exacta a principios del siglo XX. El objetivo de esto fue evitar que las pinturas se siguieran destruyendo debido a la acción litúrgica.

La construcción supone la tercera iteración de la ermita. Las obras para elevar la última concluyeron en 1798, cuando el de Fuendetodos pintó los frescos, que versan sobre el santo titular. Con todo, no sería hasta 1919 cuando llegarían los restos del artista.

Tumba de Federico Gravina en San Fernando

Tumba de Gravina

Tumba de Gravina. | Wikimedia

Quizá este nombre sea el que menos suena de toda la lista. Fue una de las víctimas del desastre de Trafalgar. La derrota definitiva de las armadas franco-española frente a la británica no solo se llevó por delante militares. La peculiar idiosincrasia del momento, ilustrada, hacía que muchos marinos fueran también científicos y exploradores. Debido a ello el golpe fue doble. Es el caso de Gravina, cuya tumba se encuentra en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando. Espacio asociado al museo naval de la localidad gaditana, está gestionado por la Armada Española. Junto a él reposan otros héroes de la gran derrota, como Dionisio Alcalá-Galiano o Cosme Damián Churruca. A diferencia de ellos, Federico Gravina no murió en acción, sino al año siguiente debido a sus heridas.

Urna de Santiago el Mayor en Santiago de Compostela

Urna del apóstol Santiago

Urna del apóstol Santiago. | Oficina del Peregrino

Que en Santiago de Compostela hay una urna de plata en una cripta bajo el altar mayor de la catedral es innegable. En cambio, asegurar que dentro aguardan los verdaderos huesos de Santiago el Mayor es más peliagudo. Sea como fuere, las reliquias están reconocidas por Roma y han generado la peregrinación más popular de Europa. De esta forma, la tumba del apóstol es la más conocida en el planeta de las de este repaso. En esta ocasión la fe ha sido suficiente para que en caso de duda se mire a otro lado.

La tradición que sitúa a Santiago el Mayor en Hispania y Galicia viene de época visigoda. San Isidoro de Sevilla, por ejemplo, fue firme defensor de tales teorías. Reforzada en el norte tras la invasión árabe, la figura del apóstol ganó enteros en el norte como protector de la cristiandad ibérica. Entre el 820 y el 830 todo dio un gran vuelco. El obispo de Iria Flavia Teodomiro encontró un sepulcro pétreo. Lo asignó al santo y Alfonso II El Casto de Asturias lo dio por bueno. De hecho, el monarca peregrinó al lugar.

Plazas más espectaculares de España, Santiago de Compostela

Catedral de Santiago de Compostela. | Shutterstock

Pese a las disputas medievales, se acabó dando por buena la versión actual del relato. Muerto en Jerusalén, el apóstol fue metido en un sepulcro por sus discípulos. En barco llegaron a Galicia y allí buscaron un lugar para enterrar a su maestro. La tumba estuvo a punto de desaparecer con la desolación que generó Almanzór al saquear Compostela. Sin embargo, respetó al santo. Durante siglos la urna permaneció oculta bajo el altar mayor, enterrada. Ya en el siglo XIX unas reformas lograron encontrar el sarcófago. Desde entonces el punto final del Camino de Santiago permanece como se ve hoy.


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