Que los gigantes tienen mal genio es algo que, como dirían los dothrakis de Juego de Tronos, se sabe. Así han sido retratados tradicionalmente y así permanecerán para siempre en el sentir colectivo. Quizá haya excepciones, pero únicamente para confirmar la regla. Los gigantes tienen mal genio y, además, miran a los humanos por encima del hombro. Claro que a veces este menosprecio les sale rana.

Que se lo digan a Netú, uno de los gigantes que se sumó a la invasión de los Pirineos cuando se formó la cordillera. Los gigantes, durante el tiempo que Pirene custodió el lugar, vivían escondidos, apartados. Pero la gran obra de Hércules dejó el lugar tan precioso como hoy puede verse. Ni siquiera estos seres, generalmente poco propensos a apreciar las cosas hermosas, pudieron resistirse al encanto de la montaña. Así que poco a poco empezaron a salir de sus guaridas. Cuánto más hubiera ganado Netú si nunca hubiera abandonado su cueva.

El gigante del corazón duro como la piedra

“El que demonios da, diablos recibe”, recoge muy acertadamente el refranero español. Otra versión más conocida sería “quien siembra vientos, recoge tempestades”. Seguramente, los vecinos de Netú se dijeron esto mismo, los unos a los otros, cuando la vida del gigante tocó a su fin. “Ese Netú se lo tenía bien ganado”, se escuchó en el valle de Benasque hace muchos, muchos siglos.

Los primeros pobladores habían llegado a los Pirineos después del trágico final de Pirene. Se asentaron poco a poco en los valles y en las montañas que se habían formado tras el gran incendio. Allí empezaron una nueva vida. Puede pensarse en ella como una vida feliz, rodeada de naturaleza, que siempre es un plus, pero tenían un pequeño pero. No podían atravesar una zona concreta de sus alrededores, pues estaba habitada por Netú, un gigante que tenía muy mal genio. No había manera de acabar bien el día si uno se topaba con esta criatura.

Netú era pastor y estaba deseando hacerse con el control de todo el valle para poder alimentar a su ganado sin que los molestos humanos protestaran. Así que el uno trataba de ganar terreno a los otros y los otros convivían como podían con la existencia de este ser terrorífico.

Amanecer en la Sierra de la Maladeta y Aneto, visto desde el valle de Varradós

Amanecer en la Sierra de la Maladeta y Aneto, visto desde el valle de Varradós | Shutterstock

Un buen día, como otro cualquiera, llegó al valle de Benasque un peregrino. Nadie sabía quién era, no tenía oficio ni beneficio. Tampoco sabían qué quería ni a dónde se dirigía, pero lo acogieron entre ellos. Eran otros tiempos. Este viajero sobrevivía haciendo esto o aquello, llevando a cabo esta tarea y también esta otra, ganándose el pan un día y la leche al siguiente. Por las noches, reunía a tantas personas como podía y los entretenía con cuentos e historias de toda índole. El youtuber de la historia antigua.

Todos estaban muy contentos con este buen hombre, pero un día tal como había llegado decidió marcharse. Se había acabado su tiempo en el lugar. Apenados, los vecinos aceptaron su marcha, pero le advirtieron de lo que le esperaba: si tomaba el camino de Netú, probablemente fuera el último de su vida. El peregrino, en un alarde de confianza o de necedad, decidió que no tenía miedo. Que no solo iba a partir sino que, en efecto, iba a tomar el sendero que lo conducía hasta las tierras del gigante del mal genio.

El peregrino marchó, en principio sin obstáculos. Cuando llevaba un tramo recorrido, vio un rebaño a lo lejos. Ni corto ni perezoso, históricamente la figura española siempre ha sido así, se acercó a pedir comida y bebida. A medida que acortaba distancias, comprendía que el rebaño pertenecía a Netú y que, por tanto, Netú era a quien acudía a pedir ayuda. Pintaba mal negocio.

Netú, fiel a su espíritu antisocial belicista, le mandó darse vuelta con las siguientes palabras: “suerte que te dejo marchar vivo”. Pero el peregrino, contra todo pronóstico, se puso un poco farruco y se encaró con el gigante. Le soltó entonces la maldición definitiva: “tienes el corazón duro como la piedra, ojalá que todo tú te conviertas en piedra”. Todo un poeta. El caso es que fue dicho y hecho: Netú, corazón de piedra, quedó petrificado y se convirtió en una gran roca. En el Aneto, concretamente.

La guerra con el Olimpo y otros cuentos

Que Netú quedó convertido en el pico del Aneto es la leyenda más popular de la zona, pero tiene, como todas, sus matices. Una versión añade una guerra entre los gigantes y el Olimpo. Al parecer, los gigantes se propusieron alcanzar la morada de los dioses y amontonaron tantas montañas como pudieron para llegar a ellos. Pero los dioses vencieron con la inestimable ayuda de Hércules. Sí, otra vez Hércules, que no se perdía un sarao en aquellos tiempos. El caso es que los pocos gigantes que sobrevivieron a la ira de las divinidades se escondieron en las montañas de los Pirineos. Ese fue el caso de Netú, que estaría, entonces, de mal humor por esta guerra perdida. Habiendo fracasado como guerrero revolucionario, decidió convertirse en pastor. Y aquí empezaría su historia.

Otra versión cuenta también con los Dioses, aunque Hércules se borró del plan. Al parecer, Netú habría asesinado a Atland, descendiente de los atlantes. No era poca broma esto. Los dioses apreciaban mucho a Atland, así que se tomaron la venganza como un asunto serio. Lanzaron un rayo contra Netú, que murió al instante y quedó sepultado entre las rocas que se llevó por delante. Así dio forma a la cima del Aneto.

El Aneto es el pico más alto de los Pirineos

El Aneto es el pico más alto de los Pirineos | Shutterstock

En cualquiera de los casos, tomando una u otra versión, lo que parece claro es que Netú formó parte de la creación del que es el pico más alto de los Pirineos. Y su mal genio está ahí, esa es la constante. Un gigante avaricioso y egoísta que quería hacerse con todo, como los entrenadores Pokémon. Ese lugar, sin embargo, no podía ser solo suyo. Los dragones también reclamaban su parte de la tierra. Con resultados, en fin, similares. Pero esa historia es para otro día.

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