El banderizo Lope García de Salazar
La historia del banderizo Lope Garcia de Salazar está íntimamente ligada a las Encartaciones, una merindad o comarca vizcaína situada entre el río Nervión y los límites de las actuales provincias de Santander y Burgos. A mediados del siglo XV era una zona estratégica, lugar de tránsito de la lana castellana que se exportaba desde los puertos de Portugalete, Bilbao y Bermeo, así como de las mercancías de lujo que los navegantes traían de vuelta desde Flandes. La comarca contaba con importantes yacimientos de hierro y ferrerías en las que se fundía el mineral para exportarlo en lingotes a Castilla y al extranjero.
El Pariente Mayor y caballero más poderoso de esa zona era Lope Garcia de Salazar, que desde el Castillo de San Martín de Muñatones, en Somorrostro, lideraba un pequeño ejército de banderizos formado por parientes y escuderos, con los cuales luchaba en contra de otros bandos familiares rivales, especialmente frente a los marroquines que representaban a los banderizos gamboinos, en tanto que los Salazar hacían lo propio a los oñacinos. Unos y otros llevaban más de un siglo matándose, robándose propiedades y mujeres, y haciéndose daño por todos los medios imaginables. Nacido en 1400, Lope era un hombre con un físico gigantesco; por el estudio que se ha hecho de un hueso fémur de su esqueleto se le calcula una altura de dos metros diez. Desde muy joven estuvo involucrado en los más audaces golpes de mano y fue uno de los banderizos cuyos continuos excesos motivaron que en 1457 Enrique VI los desterrara a la frontera andaluza (castigo que Lope no llegó a cumplir, pues el banderizo hizo buena su reputación, fugándose al poco de llegar a la frontera andaluza).

Lope desarrolló una inteligente estrategia de acrecentamiento del poder de su familia, colocando a sus numerosísimos descendientes en casas fuertes de todo el territorio, fortificando su castillo, armándolos adecuadamente y fomentando toda clase de negocios que le convirtieron en un hombre extremadamente poderoso. Sin embargo, el destino jugó decisivamente en su contra cuando se encontraba en la cúspide del éxito. Sus hijos mayores fallecieron en distintos combates y su esposa se acabó de hartar de sus continuas infidelidades y humillaciones y se decidió a enfrentársele con una virulencia inimaginable para una mujer de aquella época. La decisión de Lope Garcia de Salazar de mantener los derechos sucesorios de su nieto Otxoa (primogénito de su heredero, que había muerto en 1462 combatiendo al servicio del rey) exacerbó su enfrentamiento con su esposa. Juana defendía el mejor derecho del primer vástago superviviente, Juan; éste consiguió llegar a acuerdos con el resto de hermanos, comenzando una inteligente labor de aislamiento del padre.
Ante una situación cada vez más precaria Lope buscó el apoyo del poderoso Pedro de Velasco, conde de Haro y condestable de Castilla, virrey y hombre de confianza del rey Enrique IV. Pedro de Velasco había actuado como protector de sus enemigos tradicionales, los marroquines; éste gesto fue apartando de su lado a un número creciente de sus parientes. La situación se volvió crítica en abril de 1471 a causa de la estrepitosa derrota del ejército del conde cuando intentó someter a los banderizos en Munguía. Excepcionalmente, los tradicionales enemigos gamboinos y oñacinos habían actuado unidos frente a un enemigo. A causa de la traición de un sirviente Lope Garcia de Salazar se encontró completamente solo y fue capturado por su hijo Juan siendo encerrado en su propia torre del castillo de Muñatones.
Durante los siguientes cinco años Lope hizo toda clase de gestiones legales para tratar de ser liberado y recuperar sus derechos; pero sin éxito. Mantuvo continuos enfrentamientos con su hijo porque, aunque le permitía mantener un par de mancebas con las que distraerse y que a la vez le cuidaran, Juan a veces se acostaba con una de ellas para provocar a su padre. El temido banderizo ocupó el abundante tiempo libre en escribir su libro Bienandanzas e fortunas en el que relató sus conocimientos de la historia del mundo, su linaje y su vida.
Una noche, a pesar de contar setenta y seis años y de su enorme corpulencia y peso, Lope Garcia de Salazar consiguió descolgarse de su encierro en lo alto de la torre empleando para ello unos diez metros de sábanas anudadas. Descalzo y con los pies y manos ensangrentados a causa de las heridas causadas en el descenso, recorrió los ocho kilómetros que le separaban de la torre de Atxuriaga en Galdames (esta ya no existe); allí vivía una nieta del banderizo que solía visitarle en su encierro.
Un vasallo denunció a Juan el escondite; allí acudió con su mesnada, preparándose para asaltarla. Finalmente, Lope Garcia de Salazar negoció su entrega a cambio de que se le permitiera salir periódicamente y escoltado de su prisión y trasladarse por un tiempo a la torre de la Sierra en Portugalete y disfrutar de algún dinero. El trato fue aceptado; a partir de entonces fue tratado con más respeto y disfrutó de sus salidas escoltado.
En el mes de julio de 1476, durante uno de sus paseos por Portugalete el anciano banderizo se escabulló de su escolta y se encerró en la iglesia de Santa María. Al tratarse de un lugar sagrado e inviolable, sus guardianes no se atrevieron a franquear la puerta, rodeando el edificio para que no escapara. Lope quedó allí viviendo y se fue aprovisionando de comida y armas, traídas a escondidas por sus mancebas. Se instaló en el coro de la iglesia; desde allí, durante las misas, explicaba a voces los atropellos que había padecido a manos de su familia. En otros momentos se subía al campanario y tocaba las campanas para llamar la atención de los villanos, relatando a gritos los agravios padecidos.
Ante el riesgo que suponía acercársele, uno de ellos optó por lanzarle piedras con una honda hasta que logró herirle en una pierna. Así lograron desarmarle; entre grandes protestas lo llevaron de vuelta a rastras hasta la torre. Pocos días después Lope enfermó gravemente junto con la más joven de sus hijas bastardas —una niña, que acostumbraba a comer con él—. Los síntomas, fuertes hinchazones de lengua, garganta, cara y vientre, vómitos y alucinaciones, apuntaban a que la comida (que preparaba personalmente la manceba madre de la niña) había sido envenenada.

El libro Bienandanzas e fortunas, que Lope escribió durante su cautiverio, está considerado como el primer libro de historia de Vizcaya y su autor como el primer historiador del Señorío.
Texto de Ignacio Suarez-Zuloaga e imágenes de Ximena Maier