El bandido Quesada

francisco de quesada

En la ciudad de Trujillo, durante el reinado de Carlos III, se hizo célebre un joven hidalgo, tan enérgico y valiente como poco reflexivo. Se llamaba Francisco de Quesada, y era el hijo de una familia tradicional de la localidad, (de la estirpe del conquistador Luís de Alvarado) que tenía una casona cerca de la plaza de los Moritos. El joven, con una posición desahogada, destacaba en todos los juegos de fuerza y habilidad y además, su nobleza, unida a su belleza y desparpajo, le habían convertido en un personaje popular, especialmente entre las mujeres.

Un jueves por la mañana, Quesada, después de dejar unos carneros en el degolladero municipal, se acercó al mercado que semanalmente se celebraba en la Plaza Mayor de Trujillo. Allí, mientras hablaba con unos y con otros e iba de puesto en puesto, vio cómo el regidor de abastos, López, obligaba a una anciana a marcharse con sus mercancías. Con curiosidad, le preguntó al munícipe por las circunstancias del desalojo, a lo que éste le respondió de forma desdeñosa y ofensiva.

plaza mayor trujillo
Plaza Mayor

La anciana aprovechó la interrupción para empezar a dar voces, denunciando que ella ya había pagado la tasa para vender pero que el concejal le había exigido un soborno adicional para permanecer en el mercado. A Francisco se le subió la sangre a la cabeza y se puso a empujar al regidor que, al ser mucho menos corpulento, pronto quedó a su merced y, asustado, prometió permitir que la anciana siguiera vendiendo.

Tan pronto Francisco se alejó unos pasos, López comenzó a pedir socorro a voces, a las que acudieron dos alguaciles que por allí paseaban. El enfrentamiento entre éstos y el joven Quesada comenzó a puñetazos, pero acabó por resultar sangriento cuando echaron mano de las armas blancas. Ambos policías quedaron gravemente heridos y el joven sólo sufrió heridas superficiales.

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Los amigos de Francisco, al ver el revuelo, acudieron a su lado. Mientras la gente asistía a los alguaciles, le aconsejaron que aprovechara la confusión para huir de la ciudad hasta que la situación se calmara. Argumentaron que las heridas que había causado eran muy graves y que el concejal era pariente del corregidor por lo que no podría esperar una pena leve. Quesada así lo hizo, marchándose inmediatamente pero la situación no se calmó sino que se convirtió en dramática. Las heridas de los alguaciles resultaron mortales y el joven fue declarado prófugo de la justicia, poniendo un alto precio a su cabeza.

Al cabo de unos meses de vida solitaria, Quesada se convirtió en bandolero. Las circunstancias de la fuga de Francisco motivaron que gozara de cierta simpatía entre los habitantes de la comarca, que atribuían los hechos a su impetuosidad y a la mala suerte. Por su parte, el bandido Quesada se cuidaba de elegir bien a quien robaba, de modo que conseguía de algunos de ellos cierta tolerancia e incluso ayuda. De vez en cuando volvía a Trujillo donde se encontraba con su familia, algunos amigos íntimos e incluso con antiguos amores. Entre tanto, la situación del regidor se había vuelto muy incómoda. Parte de la población le culpaba de lo ocurrido, mientras se intensificaban los rumores acerca de su deshonestidad.

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Una tarde, mientras asistía a su cotidiana misa en la iglesia de San Martín, a López le dio un vuelco al corazón al escuchar al párroco mencionar su nombre entre los difuntos para cuyas almas se rogaba oración. Tal fue el pánico que le entró que salió precipitadamente del templo, se bajó los pantalones y se puso a defecar en el mismo atrio de la iglesia, a la vista de los sorprendidos viandantes. Hubo quien dijo que entre los testigos del hecho estuvo el propio Francisco, que había sido quien coló el nombre de López en las peticiones.

iglesia san martin trujillo

En Trujillo, el bandido Quesada contaba con la complicidad de un tal Pedro Pérez que era a quien vendía el producto de algunos de sus robos. Pero algo debió de torcerse entre ambos pues Pérez decidió cambiar su larga asociación por la sustanciosa recompensa que se ofrecía por su cabeza y que había ido aumentando conforme Francisco fue acumulando delitos.

Un día, mientras el bandido Quesada se encontraba acostado con una joven amante, los alguaciles se presentaron en casa de la mujer y lo apresaron. Dadas las numerosas amistades del preso, el juicio se celebró sumariamente, con fuerte guardia y a puerta cerrada. Quesada fue condenado a la pena capital, la horca. La sentencia se ejecutó al día siguiente y fue colgado en la plazuela de Sufraga. Era el año de 1766, y el reo tenía unos treinta años. A los pocos días de la ejecución, aparecieron, en un olivar cercano a las huertas del camino de la Magdalena, colgados los cadáveres del regidor López y del denunciante Pérez. Ambos estaban mutilados.

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Al concejal le habían cortado la mano derecha, como a los ladrones, y al perista le habían arrancado la lengua, dejando a sus pies algunas de las monedas que había debido de cobrar por la denuncia. Se hicieron múltiples indagaciones y se ofreció una elevada recompensa por el nombre de los asesinos, pero en esta ocasión nadie respondió a la llamada del dinero. El miedo prevaleció sobre la avaricia. También debió de influir la popularidad del bandido Quesada y la mala fama de los asesinados. Andando el tiempo, conforme esta historia pasó de unos a otros, hubo quien llegó a afirmar que el ejecutado no había sido Francisco, sino otro que se le parecía. En fin, que no había muerto.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier.

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