El Motín de la Trucha
Hay eventos que por su espectacularidad y ausencia de lógica quedan difuminados en la historia. Los monarcas y autoridades no están interesados en que se conozcan por las repercusiones que pudieran acarrear en el futuro: unos peligrosos precedentes. Este es el caso del llamado "Motín de la Trucha", asunto silenciado durante años.
Zamora era a mediados del siglo XII una ciudad importante y próspera. Desde la reciente independencia del reino de Portugal, se trataba de la ciudad que guardaba la frontera del Duero. Por otra parte, era uno de los principales centros de la Vía de la Plata y del Camino de Santiago del sur. Por estas razones había allí una pujante burguesía y un concurrido mercado; una numerosa población de plebeyos que comenzaba a demandar más protagonismo social frente a los caballeros y el clero que la gobernaban.
Enterado el caballero de lo ocurrido, reunió a otros hidalgos y hombres de armas, marchando todos juntos a buscar al zapatero, al pescadero y a aquellos que más les habían apoyado durante el tumulto. Los plebeyos fueron capturados y puestos bajo custodia; a continuación Don Gómez convocó a los demás hidalgos de Zamora a una reunión en la iglesia de Santa María para decidir qué hacer con ellos. Allí le argumentó a los que acudieron que, con el fin de evitar que se repitiesen esa clase de insolencias, convenía escarmentar al conjunto de los plebeyos ahorcando a los autores del tumulto.
Además de arengar a los presentes, Benito tomó un haz de leña y lo puso sobre la puerta del templo; le imitaron muchos otros, hasta taponar la salida. A continuación le prendieron fuego, incendiándose el templo y pereciendo todos los hidalgos allí reunidos. La turba se dirigió hacia la casa de Álvarez de Vizcaya, la saquearon y la incendiaron; lo mismo hicieron con muchas otras propiedades de los hidalgos. Habiendo perecido los caballeros encargados de mantener la autoridad, la ciudad de Zamora había quedado en poder de los amotinados.
Al joven rey de León –pues tenía 21 años y llevaba un año en el trono- se le creó un gran dilema. Si aceptaba la petición quedaba muy socavada su autoridad y los nobles podían incluso derribarle. Fernando había sido proclamado cuando su padre había desgajado León de Castilla, por lo que aceptar la petición de los exiliados podría provocar que bastantes nobles pudieran abandonarle y apoyar a su hermano (que quería reunificar el reino). Por otra parte, ese importante contingente de zamoranos representaba un gran refuerzo para el rey de Portugal; que era tan o más agresivo que los castellanos. Finalmente, el rey entendió que la ira popular tenía alguna justificación y que el naciente Portugal podría ser incluso más peligroso que Castilla.