Bien saben los segovianos que no hay romanos que valgan. Fue el diablo el encargado de levantar cada piedra que da forma al impresionante acueducto que sigue dominando la ciudad. Cuentan que no necesitó más que una noche para llevarlo a cabo y que buscaba con ello robarse el alma de una joven segoviana. Han pasado casi veinte siglos desde entonces, pero esta historia no ha perdido ni una pizca de popularidad.

La historia del diablo y el acueducto

Érase una vez una ciudad a los pies de la sierra. Érase una vez una joven que cada día tenía que recorrer más de 16 kilómetros para llegar al manantial que se encontraba en las faldas de la montaña. Era un trabajo arduo, sobre todo teniendo en cuenta la disposición de esta ciudad. Segovia siempre ha sido un lugar propenso a las cuestas. Esta muchacha, cansada de cargar con el cántaro por las empinadas calles, se confesó al viento: vendería su alma al diablo con tal de que, a la mañana siguiente, tuviera el agua a las puertas de su casa.

El diablo, tras esto, no tardó en hacer acto de presencia. Nunca ha sido de perder oportunidades. Tenían un trato, le dijo a la joven. Él construiría para ella un acueducto que cumpliera con sus deseos y, entonces, ella le entregaría su alma. Siempre y cuando consiguiera cumplir el encargo en una noche. El acueducto que tenía que salvar esos 16 kilómetros hasta la sierra tenía que estar preparado para servir a los segovianos a la mañana siguiente.

El acueducto tiene una longitud de más de 16 kilómetros

El acueducto tiene una longitud de más de 16 kilómetros | Shutterstock

Así que el diablo se puso a trabajar. A su lado, un sinfín de diablillos se habían organizado para colocar sin descanso las inmensas rocas que debía tener esta gran construcción. Una terrible tormenta se desató en el cielo, aprovechando esa cercana sierra, para que los demoníacos seres pudieran tomar las rocas que necesitaban. La tempestad, además, dejó una obra de arte en las alturas. Nada más y nada menos que los Siete Picos, una formación montañosa con una silueta muy característica.

Con las rocas en su poder, trabajaron durante toda la noche. Mientras, la joven rezaba. Se había equivocado, se sentía culpable y no quería entregarle su alma al diablo. Había sido una perezosa, se había dejado llevar por la comodidad, pensaba. Así que rezó y rezó, se encomendó a la Virgen y parece que ésta se apiadó de ella, pues adelantó el amanecer.

Así que la noche tocó a su fin antes de tiempo. El sol iluminó las calles, los gallos cantaron y el diablo no había terminado. Una sola roca le impidió cumplir su propósito, una sola roca le privó del alma de la joven. Así que llegado el amanecer, la joven conservó su vida, los segovianos estrenaron un acueducto y el diablo huyó, dejando huellas sobre éste que todavía son visibles.

¿Qué dicen ahora los segovianos?

Escultura del diablo, obra de José Antonio Abella, situada en lo alto de la cuesta de San Juan

Escultura del diablo, obra de José Antonio Abella, situada en lo alto de la cuesta de San Juan | Shutterstock

Esta leyenda permanece inalterable en la memoria colectiva de los segovianos desde hace años. Se cuenta de generación en generación, dejándose para otro momento la verdadera historia. La de los romanos, claro. La de ese gran imperio que levantó piedra por piedra este impresionante monumento de treinta metros de altura, en su parte más alta, y 167 arcos. Recorre 16 kilómetros desde la sierra, desde el manantial de la Fuenfría, donde nace el agua que ha llegado desde tiempos inmemoriales hasta los segovianos. Este acueducto está construido con sillares de granito colocados unos sobre otros, sin ningún tipo de argamasa entre ellos. Lo dicho: obra del diablo.

Bien lo saben los segovianos, que ahora, además, han homenajeado esta leyenda. Una escultura de este travieso personaje preside lo alto de la cuesta (otra más) de San Juan, desde donde se ve bien la grandeza del monumento más popular de la capital segoviana. El diablo está sacándose un selfie con su gran obra. Para que todo aquel que quiera agradecer su construcción pueda llevarse, además, una foto de recuerdo. Del diablo y el acueducto, todo a la vez.