Amanece en el día de San Juan, un año más. Los montes cántabros se llenan de luz, también sus valles, sus pueblos, sus ciudades y sus gentes. Ya no hay miedo. Las hogueras se han apagado y el diablo ha regresado a donde pertenece, aunque habiendo cabalgado, como cada noche, en su vehículo particular. Algunos aldeanos mantienen también sus tradiciones: amanece en el día de San Juan y entonces salen a la naturaleza, que los recibe con los brazos abiertos.

Estos aldeanos buscan flores de agua, aunque la veracidad de su existencia se ha perdido en el tiempo, quedando convertidas en poco más que una leyenda. Se acepta como una excusa para salir a observar cómo el astro, en su día de mayor protagonismo, se adueña del cielo. Buscan también tréboles de cuatro hojas, que impedirán que el afortunado que los encuentre pase hambre el resto de una vida que será, además, centenaria, de buena salud y entereza ante las desazones. Los buscan aun sabiendo que tal vez no los encuentren nunca. Puede que los Caballucos del Diablo, cabalgados por éste, hayan arrasado con la totalidad de los montes cántabros la noche anterior.

Libélulas cabalgadas por el Diablo

Los Caballucos del Diablo son siete y su aspecto guarda una extraña forma entre un caballo y una libélula. Algunos afirman que se parecen más a los primeros, aunque tengan las alas invisibles de las segundas. Otros consideran que no son más que libélulas enormes que toman la función de caballos durante esta noche de San Juan. Hasta que las hogueras se encienden, los Caballucos del Diablo viven en las cuevas de Cantabria, merodeando por éstas, sirviendo a la oscuridad, acumulando maldad.

Cueva en un acantilado cerca de San Vicente de la Barquera

Cueva en un acantilado cerca de San Vicente de la Barquera | Shutterstock

Por esta razón son tan peligrosos cuando finalmente son liberados: porque actúan con el mal que ha nacido durante todo un año en la oscuridad. Según cuenta la leyenda, estos seres no son otra cosa que hombres pecadores que se entregaron a sí mismos a quien ahora los cabalga. Embusteros, ladrones, violadores, maltratadores, hombres avariciosos o violentos que sucumbieron a su propio odio, a su propia maldad. Ahora, existen dirigidos por aquel al que entregaron su alma con las acciones llevadas a cabo en vida, junto a quien siguen dañando las bellas tierras cántabras. Destrozando los terrenos de cultivo, los caminos. Poniendo en peligro las vidas humanas.

Se alimentan de los tréboles de cuatro hojas que buscan los aldeanos en esa mañana de San Juan en la que, de nuevo, están a salvo. Los Caballucos se han retirado a sus cuevas para no volver en lo que dura otra vuelta al sol, aunque su presencia se sentirá durante un tiempo. En los caminos que recorren los cántabros, donde han dejado huellas de herraduras. En los árboles caídos por la fuerza de su resoplido, tan frío como el cierzo. También podrá advertirse en las nuevas riquezas adquiridas, pues aquel que encuentre el oro formado con sus últimas gotas de saliva derramadas antes del amanecer del día de San Juan, no tendrá problemas de dinero el resto de su vida. Claro, que cuando esta acabe le pertenecerá al Diablo como pago por su generosidad.

Los colores del mal

Rojo, blanco, azul, negro, amarillo, verde y anarajando: los colores de los Caballucos del Diablo. En contra de lo que pueda pensarse, su visión no resulta tan desagradable como podría ser mirar de frente a un Ojáncano. Estos caballos alados, aunque malvados, revolotean siempre juntos dejando un brillante conjunto de colores. Tan brillante como las brasas que existen en sus ojos.

El Diablo siempre cabalga el más grande todos ellos, el líder: el caballo rojo. Algunas noches, las peores, las más violentas y trágicas, estos Caballucos del Diablo son también el vehículo de diferentes demonios, que toman las riendas del resto de la tropilla para conducirlos.

Dicen que aquel que sea capaz de trazar en el aire siete cruces antes de quedar frente a ellos se librará de sus maldiciones. Pero estos seres son extremadamente rápidos, por lo que es aconsejable recurrir de nuevo al mismo poder de la naturaleza que se busca en la mañana de San Juan. Llevando encima una yerbuca de San Juan, hierba sagrada que puede espantar todo mal, o una rama de verbena, es posible salir victorioso de un encuentro con estos seres atroces.

Secuoyas en Cantabria

Secuoyas en Cantabria | Shutterstock

Amanece en el día de San Juan y, aunque el peligro ha pasado, aunque tal vez el peligro pasara hace tiempo, cuando muchas creencias murieron y la realidad se impuso, algunos aldeanos todavía entonan la melodía que nació siglos atrás: «a quín coja la yerbuca / la mañana de San Juan / no li dañarán culebras / ni caballucos del mal». Estos aldeanos recorren sus montes, sus valles y sus caminos con la seguridad de sentirse seguros y protegidos. Con la esperanza de, tal vez, hacerse con un tesoro de la naturaleza.

Los caballucos del diablo

Leyenda de los Caballucos del Diablo | Alex Miklan

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