No es esta la única ocasión en la que la mitología griega ha establecido uno de sus escenarios en las Islas Canarias, pero quizá sea la más famosa de todas ellas. Por una parte porque el Jardín de las Hespérides es uno de los elementos mitológicos más populares. Por otra, porque las islas pueden ser, como este jardín, un paraíso. El asunto cuadra.

Las Hespérides, también conocidas como Hijas del Atardecer o diosas del Ocaso, eran las ninfas encargadas de cuidar un jardín de maravillas en “el lejano Occidente”, como entendían los griegos este rincón del mundo. El fin para ellos. La tradición ha situado siempre este jardín en algún punto cercano a la cordillera de Atlas, en el norte de África. Plinio el Viejo, por mencionar algún autor destacado de la época, así lo consideraba.

Dioses e inmortalidad

Esta imagen de Gran Canaria podría servir para ilustrar el paraíso griego

Esta imagen de Gran Canaria podría servir para ilustrar el paraíso griego | Shutterstock

Se consideraba que este jardín era algo así como el huerto de Hera, custodiado y cuidado por esas ninfas, que también se dedicaban al canto. Además de la belleza que debe suponerse a un jardín que pertenecía a una diosa, tenía la particularidad de contar con una arboleda que producía manzanas doradas. Estas manzanas proporcionaban, asimismo, la inmortalidad. Según afirma la tradición, el primer manzano fue un regalo de la titán Gea, la Tierra, a Hera, por su boda con Zeus.

Hera encomendó a las Hespérides cuidar de este lugar tan especial, pero no se fiaba demasiado de sus intenciones. De hecho, se dice que en ocasiones estas diosas del Ocaso recolectaban la fruta para sí mismas. Así que no tardaron en estar acompañadas y vigiladas por un dragón de cien cabezas llamado Lacón.

Son numerosas las historias que se cuentan en torno a este mito que puede localizarse en algún punto de las Islas Canarias. Una de las más interesantes es la que tiene que ver con la muerte del dragón. Bien a manos de Hércules, siempre presente, bien a manos de Atlas, el dragón murió. Se cuenta que por cada gota de sangre que cayó a la tierra, creció un árbol que imitaba sus cien cabezas con decenas de ramas retorcidas. Estos árboles tienen un nombre: dracaena draco, el drago tan característico de las islas. La resina roja que se desprende de su tronco es conocida como Sangre de Drago.

El papel de Hércules

Uno de los árboles más típicos de las islas

Uno de los árboles más típicos de las islas | Shutterstock

Este dragón murió, por cierto, en plena misión de Hércules: uno de sus doce trabajos consistió en robar este fruto prohibido del jardín. Así lo designó Euristeo, rey de la Argólida, que consideraba insuficientes sus anteriores diez trabajos. En esta nueva misión, debía colarse en el Jardín de las Hespérides y robar sus manzanas.

Hércules tuvo que atravesar buena parte del mundo para llegar hasta el lugar indicado. Entonces engañó a Atlas, a quien unía un parentesco con las Hespérides. Mientras Hércules se encargaba de sujetar el cielo, Atlas debía robar las manzanas, pues sería mejor bienvenido que el héroe. Cuando Atlas regresó, con el dragón muerto y las manzanas en su poder, mientras Hércules sujetaba los cielos, decidió que no quería tomarlos de vuelta. Que sería él mismo quien llevaría a Euristeo las manzanas, librándose de la pesada carga que había sostenido hasta ese momento.

Pero Hércules, que siempre tuvo mucha picardía, le propuso un trato: aceptaba quedarse con el cielo siempre y cuando Atlas, antes, lo sostuviese durante unos instantes para que pudiera colocarse bien su capa. Cuando Hércules pasó los cielos a Atlas, como uno puede imaginarse, no volvió a tomarlos. Así fue como engañó a Atlas y se marchó con las manzanas. Desde sus andaduras en Andalucía hasta la construcción de los Pirineos, el camino de Hércules en el país fue largo.

La tradición canaria

Aunque alejadas del escenario griego, o precisamente por estarlo, las Islas Canarias son mencionadas, aunque no con este nombre, en su mitología. De hecho, los archipiélagos de las islas que conforman el grupo Macaronesia eran, para los griegos, las Islas Afortunadas. También conocidas como Islas de los Bienaventurados, estaban consideradas el lugar donde las almas virtuosas se retiraban a descansar después de la muerte. Lo dicho: un auténtico paraíso.