Covadonga, el inicio de la Reconquista

En el año 714 -sólo tres años después de la Batalla de Guadalete- los árabes invasores ocuparon Gijón, culminando así en la costa asturiana su dominio de la Península Ibérica. El gobernador de la región asturiana, Otman ben NezaMunuza para los godos- se esforzaba por entenderse con los notables locales y mantener así apaciguada a una población abrumadoramente superior en número a la musulmana.

Hacia el año 717 Munuza, para atraerse la simpatía de los godos, envió a Sevilla a un grupo de notables (godos) entre los que se encontraba Don Pelayo, que llevaba consigo los tributos recaudados.

Se cree que Pelayo era hijo de Favila, el duque visigodo encargado de Asturias. A la muerte de Favila, al parecer, por orden del rey visigodo Witiza, Pelayo se hizo cargo de las propiedades y los vasallos de su padre. La importancia de la familia de Pelayo pudo influir para que Munuza deseara casarse con Ermesinda, hermana de Pelayo, y consolidar, de este modo, su dominio sobre el territorio.

A la vuelta de Sevilla, Pelayo se encontró con que se iba a celebrar la boda y, a pesar de las ventajas que le podría reportar este parentesco, reaccionó violentamente. Al parecer, Pelayo había previsto que Ermesinda se casara con un noble godo, Don Alonso. (Hay coincidencia de opiniones en que la tensión suscitada acabó con la huida de Don Pelayo a sus dominios desde donde comenzaría a liderar la resistencia contra los musulmanes).

Durante los años posteriores, Pelayo acrecentó sus fuerzas y sus ataques a los musulmanes. En el año 722 Munuza ordenó al general Al Qama la marcha en busca de los rebeldes godos situados en la zona de Cangas de Onís. Según los árabes se acercaban, Pelayo y los suyos se fueron retirando hasta las inmediaciones del monte donde nace el río Auseva.

El cerco del ejército musulmán se hizo más fuerte, empujando a Pelayo y sus hombres a refugiarse en una cueva llamada Covadonga (cuyo significado es “Fuente de la cueva” ) donde les resultaba más factible una defensa continuada. Se cuenta que en su retirada llevaban consigo una imagen de la Virgen para evitar que cayera en manos de los árabes o porque confiaran en que les protegiera durante tan difícil trance. El sitio debió de durar algún tiempo, pues las crónicas musulmanas detallan que los godos se alimentaron de la miel dejada por las abejas en las hendiduras de las rocas, explicación poco verosímil pero ilustrativa de que la situación de los sitiados los moros la entendieron como desesperada.

Sin embargo, para los bereberes debería de resultar muy difícil entrar en una cueva localizada en un lugar tan inaccesible y defendida por guerreros que luchaban por sus vidas. Los musulmanes se situaron encima y debajo de la cueva, dedicándose a lanzar multitud de piedras y flechas contra los defensores pero muchas de ellas acabaron cayéndoles a los sitiadores que estaban situados debajo, causándoles algunos muertos. Los sitiados interpretaron lo ocurrido como un verdadero milagro y recobraron el ánimo suficiente para atacar a los musulmanes situados debajo, desbaratándolos. A la vez, muchos godos que no habían podido refugiarse con Pelayo dentro de la gruta, y que esperaban en la parte alta del monte, salieron de sus escondrijos y atacaron a los musulmanes situados encima.

Sorprendidos por estos inesperados ataques, los moros emprendieron la huida, muriendo muchos de ellos. Munuza, enterado del desastre de su ejército, abandonó Gijón tratando de huir hacia el sur, a través del puerto de la Mesa. El caudillo árabe fue interceptado, derrotado y muerto en Olalíes -actual concejo de Santo Adriano.

Estas victorias confirieron a Don Pelayo un gran prestigio que le permitió, además, aglutinar la autoridad de un gran número de partidarios y establecer una primera estructura de gobierno en Cangas de Onís, donde finalmente morirá en el año 737. Los restos de Pelayo fueron sepultados, primeramente, en la iglesia de Santa Eulalia, en Abamia (concejo de Cangas de Onís), para luego ser trasladados, junto con los de su esposa y los de su hermana Ermesinda, a un túmulo de piedra localizado dentro de una cavidad horadada en la Santa Cueva de Covadonga.

El rey Alfonso I de Asturias, yerno de Don Pelayo, construyó más tarde, una capilla para conmemorar aquella victoria y disponer de un lugar donde adorar la imagen de la virgen, La Santina de los asturianos.

Desgraciadamente, en el año 1777 se produjo un incendio que destruyó parte del templo y que calcinó la imagen de la virgen protectora de los godos en aquella Batalla de Covadonga. Al año siguiente, el obispo de Oviedo regaló una imagen propiedad de su catedral, para que sustituyera en Covadonga a la imagen original de la Santina. De esta forma – más o menos – se produjo el inicio de la Reconquista.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloagae ilustraciones de Ximena Maier.

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