Asesinato de Pedro Arbués en la Seo de Zaragoza

La Seo de Zaragoza adquirió celebridad europea por un asesinato que allí tuvo lugar. El año de 1484 marcó el comienzo de un periodo de gran ansiedad entre los cristianos conversos de Zaragoza pues el 10 de mayo se celebró un auto de fe en el que se quemaron a cuatro conversos. La presión hacia los judíos para que se convirtieran venía provocando bautismos poco sinceros. Así mismo, había conversos que, por falta de formación en su nueva fe y por el hábito de seguir hábitos de alimentación y ocio ligados al judaísmo, podían ser acusados de judaizantes. Finalmente, las acusaciones a la Inquisición se convirtieron en un instrumento de venganza y de enriquecimiento ilícito (por la confiscación de bienes y el pago de recompensas). Era un periodo de enorme ansiedad para muchos conversos, que en cualquier momento podían ser detenidos y sometidos a largos procedimientos durante los cuales se encontraban a merced de delatores anónimos.

Seo de Zaragoza

A la alarma generada por la celebración del auto de fe se sumó la noticia del nombramiento de Pedro Arbués como inquisidor de Aragón. Se trataba de un clérigo de prestigio y de un buen conocedor de su ciudad. Nacido en Épila, había estudiado en el Colegio Mayor de San Clemente, en Bolonia (Italia), y había sido catedrático de filosofía moral en la universidad boloñesa. Desde 1474, Arbués ocupaba el cargo de canónigo de la Seo de Zaragoza.

Rey Fernando II de Aragón

Consciente de la gravedad de la situación, el poderoso grupo de familias conversos de la ciudad decidió actuar de forma organizada. El 29 de noviembre de 1484 consiguió que las autoridades aragonesas enviaran a una delegación para solicitar al rey Fernando el católico la limitación de las actividades de la Inquisición en la ciudad. No tuvieron éxito pero fue un indicador de que había una resistencia organizada frente a la Inquisición. El avance de las investigaciones motivó que muchos de los principales conversos de la ciudad se reunieran en la casa de Luís de Santangel para decidir los siguientes pasos a tomar para su defensa común. Llegaron a la conclusión de que, de continuar las indagaciones de Arbués, muchos de los principales conversos de Zaragoza acabarían por ser condenados.

Decidieron asesinar al inquisidor y para ello optaron por contratar a varios personajes de la ciudad. Tres de los conjurados presentes, Juan Pedro Sánchez, Jaime de Montesa y Gaspar de Santa Cruz, se encargarían de recoger el dinero que aportarían entre todos y de pagar así a los asesinos. Los contratados para realizar el asesinato fueron Juan de Esperandeu y uno de sus servidores, Vidal Durando, Juan de la Abadía, Mateo Ram y su escudero Tristanico, y otros tres cómplices cuyos nombres no se han llegado a conocer.

Como Arbués no llevaba escolta ni iba armado, debería de haber sido fácil asaltarle. Sin embargo, hasta en cuatro ocasiones intentaron el asesinato dentro de la Seo, abortando el ataque en el último momento; en alguna ocasión por la entrada imprevista de algún fiel en el templo, o por algún movimiento o actuación del propio Pedro Arbues.

Asesinato de Pedro Arbués, por Murillo.
Interior de la Seo.

El quinto intento de asesinato se planificó para el 14 de septiembre de 1485. Se trataba de aprovechar el rato en que Arbués periódicamente solía rezar, arrodillado, frente al altar mayor de la catedral. En ese momento los 8 hombres se le abalanzaron, apuñalándolo repetidamente; a continuación huyeron.

A pesar de la gran cantidad de asesinos involucrados, los nervios de los participantes y el entorpecimiento de unos a otros propiciaron una chapuza; pues el inquisidor no murió en el acto. Se mantuvo durante tres días consciente, luchando por sobrevivir; hasta que acabó de morirse, a causa de las heridas.

La noticia del asesinato en la Seo provocó que se produjera un grave tumulto. Muchos zaragozanos enfurecidos intentaron asaltar las viviendas de algunos de los conversos más significados. Además de sacar a la calle a los alguaciles, miembros de la Inquisición y soldados con el fin de controlar a las masas, evitando lo que pudo ser un gran derramamiento de sangre. Para calmar a la población, el Corregidor de Zaragoza ordenó que se realizasen rápidamente numerosas detenciones.

Palacio de la Alfajería, sede de la Inquisición en el siglo XV.

Los sospechosos a la fortaleza de la Alfajería, donde estaba situada la sede de la Inquisición. En los siguientes meses los sospechosos fueron interrogados, algunos fueron torturados y se realizaron más detenciones. Francisco de Santa Fe —que era un importante asesor del gobierno del reino de Aragón— se suicidó en la cárcel para así evitar confesar bajo tortura; su cuerpo fue quemado y las cenizas se tiraron al río Ebro. Juan Pedro Sánchez —importante personaje de la ciudad y hermano de Gabriel Sánchez (el tesorero del rey Fernando)— escapó antes de que le detuvieran.

Auto de Fé

La represión se recrudeció. Para el mes de diciembre ya había sido nombrado un nuevo inquisidor, que fue quien se encargó de presidir el tribunal en el que se evaluaron las evidencias recogidas y de dictar las primeras sentencias. Jaime de Montesa —un septuagenario jurista e importante personaje de la ciudad— fue condenado a ser quemado vivo. También se condenó a muerte el fugado Juan Pedro Sánchez; pero al encontrarse en paradero desconocido se decidió quemarlo en efigie. El cuñado de este —el caballero Luís de Santangel, en cuya casa se acordó el asesinato— debió de confesar o arrepentirse, pues tuvo una sentencia menos dolorosa: primero la rápida muestra por decapitación para luego ser quemado su cuerpo en la hoguera. Los autos de fe tuvieron lugar entre el 30 de junio y el 15 de diciembre de 1486.

Aquellos hechos impresionaron poderosamente al rey Fernando (habitual valedor de los judíos aragoneses, que se encontraban entre su personal de mayor confianza). Éste acabó por acceder a las demandas de expulsión que venía haciéndole el inquisidor Torquemada; así, durante el año 1486 los judíos de Zaragoza y Albarracín debieron abandonar estas ciudades. Algunos partieron hacia el exilio desde puertos mediterráneos de la Corona de Aragón, mientras otros se refugiaron en distintas localidades del reino de Navarra.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier.

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