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La guerra hispano-rusa, una contienda sin víctimas

guerra hispano-rusa

Hay historias que se pierden en el eco del tiempo, que quedan sepultadas por otros acontecimientos, que pasan a un segundo plano… Es lo que ha ocurrido con la guerra hispano-rusa, un conflicto bélico que se desarrolló entre los años 1.799 y 1.801, pero que no dejó, curiosamente, ningún muerto. Un suceso que rescatamos ahora del olvido. Para explicar el origen de este conflicto hay que aclarar, sin embargo, varios conceptos. El de las Guerras Revolucionarias y el de la Orden de Malta, piezas sueltas de un puzle que solo cobra sentido como parte de un todo.

La primera pieza del puzle: las Guerras Revolucionarias, el germen de la guerra hispano-rusa

La Europa del siglo XVIII era un enrevesado tapiz de guerras y tratados de paz continuos a los que les acompañaba una nueva forma de ver el mundo: el pensamiento ilustrado. Así, a finales de siglo, el continente se hallaba inmerso en las conocidas como Guerras Revolucionarias, constituidas a su vez por las Guerras de la Primera Coalición y las Guerras de la Segunda Coalición. Este conflicto enfrentó principalmente a Francia contra Gran Bretaña y Austria, mientras que el resto los estados se fueron adhiriendo a uno y otro bando.

En un principio, España se posicionó del lado de la Primera Coalición contra Francia. Sin embargo, en 1.796, ambos países firmaron el Tratado de San Ildefonso, según el cual tanto el uno como el otro debían mantener una política conjunta contra Gran Bretaña. El cambio de la posición española tuvo mucho que ver con que en aquellos momentos su flota se viera amenazada por los británicos en sus viajes a América. Mientras tanto, el Imperio Ruso se hallaba al margen del conflicto, del que no quería formar parte.

La segunda pieza del puzle: la Orden de Malta

Isla de Malta
Isla de Malta. | Shutterstock

Durante todo este periodo del que hablamos, la isla mediterránea de Malta (detonante del conflicto entre España y Rusia, ya llegaremos) pertenecía no a un estado ni a un rey, sino a una orden: la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, fundada en Jerusalén durante el siglo XI. La Orden de Malta, como se la conoce más popularmente, era de cariz católica y desde un principio desarrolló acciones militares contra los ejércitos musulmanes.

En 1.530 el monarca español Carlos I le cedió a la orden la isla de Malta a cambio de que esta le hiciera un pago simbólico anual de un halcón. Pero, ¿cómo es que un monarca español se encontraba en la potestad de ceder Malta? Pues porque desde 1.282, la isla había pertenecido a la Corona de Aragón y, más tarde, a la de Nápoles.

Asimismo, volviendo al año 1.797, la Orden de Malta y el Imperio Ruso firmaron un tratado según el cual la orden se amparaba bajo la protección y la soberanía de los zares rusos. Desde 1.796, era el zar Pablo I el que había asumido el gobierno de Rusia tras la muerte de su madre, la emperatriz Catalina II. Poco después, asumió también el cargo de Gran Maestre legítimo de la Orden de Malta.

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La campaña de Egipto: las piezas encajan

En este contexto, concretamente en 1.798, Napoleón puso en marcha la campaña de Egipto, la cual pretendía conquistar tanto el país norteafricano como Siria con la intención de cortar las comunicaciones de Gran Bretaña con Oriente. Es en el marco de esta operación, cuando el ejército francés toma la isla de Malta, expulsando a la Orden de Malta de la misma.

Cuadro Napoleón
Cuadro de Napoleón de Horace Vernet. | Shutterstock

Indignados, algunos de los caballeros de la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén se ampararon bajo la protección de su Gran Maestre, el zar Pablo I. Este hecho, unido al interés estratégico del zar en una isla en la que aspiraba a instaurar un puerto con miras a enfrentar a Turquía en el futuro, hizo que el Imperio Ruso se decantara, durante las Guerras de la Segunda Coalición, por la lucha contra Francia. De esta forma, el imperio declaró la guerra al país galo en 1.799.

Pablo I rechazó el tratado de la entrega de Malta a Francia y rompió con todos aquellos estados que lo reconocieron. Entre estos, estaba España, que como se ha dicho había firmado una alianza militar con Francia en 1.796. Además, el rey de España, Carlos IV, se negó a reconocer al zar como Gran Maestre de la orden, alegando que éste no profesaba la fe católica, sino la ortodoxia rusa. Por todo ello, el imperio Ruso le declaró la guerra al estado ibérico el 15 de julio de 1.799. España aceptó la ofensa aquel mismo septiembre.

Las consecuencias de la guerra hispano-rusa

Sin embargo, los escasos dos años que duró el conflicto bélico no tuvieron apenas consecuencias prácticas. De hecho, se dice que se trató de una guerra sin víctimas. Las únicas tensiones que realmente se produjeron lo hicieron en Norteamérica, donde el Imperio Ruso contaba con extensos territorios que habían adquirido durante la segunda mitad del siglo XVIII. Lo máximo que llegó a pasar fue que en 1.800 el embajador español en Viena interceptó un plan anglo-ruso para atacar la costa californiana. Pero este plan solo se quedó en el papel, sin llevarse a cabo.

También en 1.800, Gran Bretaña conquistó la isla de Malta, arrebatándosela a los franceses. Aún así, el reino británico se negó a devolverle la isla a la Orden de Malta. Este hecho provocó el giro político de Rusia, que se enemistó con Gran Bretaña y se alió con Francia. El zar Pablo I fue asesinado apenas un año después. Su sucesor, Alejandro I, restableció la paz con el estado español. Así, el 4 de octubre de 1.801 ambos estados firmaron en la capital francesa el Tratado de París, poniendo fin a la guerra hispano-rusa.