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La historia detrás del apodo de Enrique IV de Castilla, “el Impotente”

Enrique IV el Impotente

Enrique IV de Castilla, conocido como “el Impotente”, nació un 5 de enero de 1425 en Valladolid, falleció un 11 de diciembre de 1474 en Madrid y puede decirse que no tuvo un reinado cómodo, aunque se prolongó durante dos décadas. Cuestionado prácticamente desde el primer día, todavía hoy se discuten sobre las causas por las que le resultó tan difícil engendrar un heredero. Y eso que tuvo dos matrimonios. Su historia es, al margen del chascarrillo, una de las más relevantes de la época medieval.

Un problema todavía discutido

Enrique IV el Impotente, en una vidriera de Carlos Muñoz de Pablos
Enrique IV el Impotente, en una vidriera de Carlos Muñoz de Pablos. | José Luis Filpo Cabana, Wikimedia

Enrique IV de Castilla se casó con tan solo 15 años con la infanta Blanca de Navarra, hija de Juan II y Blanca I de Navarra. Sin embargo, este matrimonio se anuló tiempo después. El propio Enrique alegó que había sido incapaz de consumarlo a pesar de haberlo intentado durante tres años. Los rumores se hicieron grandes cuando la Iglesia declaró un estado de “impotencia sexual” en el joven, provocado al parecer por un maleficio.

Lo que realmente quería Enrique era contraer matrimonio con Juana de Portugal, algo que consiguió en 1455, un año después de ser proclamado rey de Castilla. El tiempo pasó para la pareja y el heredero seguía sin llegar, hasta que finalmente, en 1462, nació Juana de Castilla. Fue apodada como Juana “la Beltraneja”, pues el rumor se había extendido: Enrique IV de Castilla era impotente y su supuesta hija era, en realidad, hija de Beltrán de la Cueva, el favorito del monarca. Esta duda desató una gran disputa cuando Enrique IV falleció y el reino fue a parar a su hermana Isabel I de Castilla por decisión del propio rey. Hubo quien, sin embargo, respaldó a Juana. Pero esa es otra historia.

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Lo que importa es que esa supuesta impotencia de Enrique IV no solo fue un arma que usaron sus enemigos. También, según estudios de la época y posteriores, fue un hecho confirmado. Una de las conclusiones más aceptadas es la del urólogo Emilio Maganto Pavón, que indicó que el monarca, a consecuencia de un tumor, sufría problemas hormonales. Esto también podría explicar ciertos detalles como el tamaño desproporcionado de sus manos o su torpeza al moverse, pues debía tener un pie desviado. Estos estudios posteriores, por cierto, pudieron realizarse por el buen estado de conservación de su cuerpo. Todavía sin respuesta concluyente, lo que parece evidente es que el apodo, aunque otorgado con mala leche, señalaba un hecho real.