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El día en que Almanzor arrasó Santiago y el milenarismo pareció llegar

Silueta de la catedral de Santiago de Compostela

La relación entre el año 1000 d.C. y el fin de los tiempos es un mito que apenas se sostiene. El milenarismo, doctrina que versa sobre el final de los tiempos a la cristiana, sitúa un reinado de un milenio por parte de Cristo tras su segunda venida. Lo de que a finales del siglo IX el vulgo pensara que iba a ocurrir justo mil años después de la primera es cuestión de discusión académica. Sin embargo, en España la leyenda aguanta algo mejor gracias al mayor general del Califato de Córdoba, Almanzor. Arrasó media Cristiandad hispánica, pero el gran golpe moral fue su saqueo de Santiago de Compostela.

Silueta de la catedral de Santiago de Compostela
Trabajadísima metáfora visual del ocaso de la ciudad de Santiago usando la catedral actual y un ocaso. | Shutterstock

El miedo hecho general califal

Un paisano medieval de León, Pamplona o cualquier condado catalán no tenía que ser consciente de que el año 1000 se acercaba. De hecho, hay que tener en cuenta que según los calendarios que manejaban, la cifra ni siquiera coincidía. Los visigodos usaron de referencia la Era Hispánica, que comenzaba en el 38 d.C. Quizá tuvieran terror milenario, quizá no. Hasta que no se pueda viajar en el tiempo, difícil saberlo. Lo que era seguro es que temían al gran Almanzor.

Este hombre fue capaz de hacer suyo el Califato. Por ejemplo, logró derrotar al otro gran general peninsular de la época, su compatriota Galib, que además era su suegro. Tuvo líos de palacio, estudió derecho y era tan o más pío que cualquiera de sus contrapartes cristianas. Por eso, estos últimos decían en las crónicas, como la Silense, que estaba poseído. Otra forma de llamarlo era “completa superioridad táctica y estratégica”.

Busto de Almanzor
Podría decirse que gracias a este tipo, Almanzor, se pudo reformar la Santiago medieval. | Shutterstock

Para alegrar a su dios y poner triste al del enemigo, de paso también a sus siervos, se dedicó a arrasar ciudad tras ciudad. Barcelona, Zamora o León fueron algunas de sus víctimas más famosas. Pamplona intentó ponerse de su lado, pero recibió sus correspondientes aceifas, como se llamaron estas campañas de castigo. Clave en todo esto fue Gormaz, castillo impresionante, una enormidad casi única en Europa que le permitía cruzar el Duero y dar lo suyo a los infieles con total impunidad. No es raro que finalmente pusiera su mirada en el alma católica del momento, Santiago de Compostela. Curiosamente, no pasaría por la fortaleza soriana.

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De Astorga a Santiago, como en el Camino Francés

Casi como si fuera de Xacobeo, Almanzor pasó de arrasar Astorga en el año 996 a hacer lo propio con Santiago al siguiente. Aunque la preparación se produjese meses antes, la acción acaeció el 10 de agosto. Casi, casi, el día del Apóstol. Hubiese supuesto una anécdota histórica magnífica aunque seguramente anacrónica. La capital jacobea ya había sufrido lo suyo unas décadas antes de la mano de los vikingos. Aunque prosperaron en aquellas ocasiones, que también sucedieron en el siglo IX, el caudillo califal iba a ser demasiado.

Aquel verano del terror, el árabe estaba muy motivado gracias al desafío lanzado por Bermudo II de León desde hacía unos años. El monarca estaba en horas bajas, aunque bien es cierto que tuvo muchas altas. El conde de Castilla, García Fernández, le quitó el puesto de líder frente a Almanzor hasta morir en el año 995. Sus territorios estaban tantas veces a su favor como en su contra. Cuando quiso levantarse, la fuerza nunca fue suficiente.

Extremo oeste y campa interior del castillo de Gormaz
El castillo de Gormaz era como la Estrella de la Muerte pero versión Califato de Córdoba. | Shutterstock

En este contexto, con el rey leonés vagando por Galicia para no ser cazado por el Califato o sus enemigos internos, Almanzor sacó ventaja. Sus caballeros partieron por el oeste. Haciendo alto en Extremadura, pasaron por Oporto y una vez atravesada Portugal se cebaron con Tuy. De nuevo en paralelismo con actuales trazados jacobeos, fueron al norte, arrasando tanto islillas como pueblos importantes. Iria Flavia, por ejemplo, que también tenía un gran peso en la tradición santiaguera. Finalmente, ante él se alzó la hoy capital gallega. Aunque de aquella, poco quedó. El fin estaba cerca, debían pensar los cristianos.

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Poca épica y mucha destrucción, el resumen del saqueo de Santiago

La ficción suele situar siempre una realidad falsa. Normalmente, ante estos escenarios finales, se suele pensar en tirar de heroica, en resistencias cruentas y valientes. Pero la gente tiene tirria a morirse. Por eso el obispo Pedro de Mezonzo decidió que salir por patas era mejor que estirarlas. Era conocida la costumbre de hacer miles de esclavos que tenía Almanzor, pura economía de guerra medieval.

Catedral de Santiago de Compostela
Santiago luce hoy mejor que en el 997. | Shutterstock

Cuando llegó el caudillo hubo asedio. Se plantó en Santiago con las mismas ganas de arrasar que tiene un peregrino que haya llegado desde lejos a la ciudad santa. Pero en lugar de intentar acabar con todo el ribeiro del lugar, y de paso con su hígado, el genio militar musulmán quería literalmente hacer cenizas la urbe. Contaba con ello con la ayuda de sus amigos portugueses y gallegos, barones y señores que preferían ir con el bando ganador. De nuevo, la falta de carisma de Bermudo II fue clave.

La masacre monumental fue total, la humana ídem y el saqueo de Santiago se extendió varios días. La recompensa en bienes, según indican varios historiadores, no fue grande. El golpe moral, tremendo. Se cuenta que las campanas fueron llevadas por esclavos santiagueros a Córdoba. Se usarían de lámparas en la mezquita, en un alarde de reciclaje similar al de usar tarros para contener bombillas en un restaurante modernillo. Otro mito cuenta que solo volverían a Compostela cuando Fernando III el Santo las recobrara siglos después.

Urna con los restos del Apóstol Santiago
Los restos del Apóstol fueron respetados por Almanzor, se supone. | Turismo Santiago de Compostela

Sea como fuere, el fin quedó cerquísima. El mayor símbolo del cristianismo hispánico estaba derruido literalmente. El milenarismo no pareció cosa de una minoría silenciosa. Si ese general no era el demonio, se le parecía bastante. No obstante, la llama de la esperanza necesaria para que hubiera secuela de esta historia fue el hecho de que Almanzor no destruyera el sepulcro del Apóstol. La versión bonita dice que fue porque encontró a un hombre rezando junto a la tumba en medio de la destrucción. Por su parte, la alternativa preciosa cuenta que ese santo varón era el mismísimo obispo Mezonzo y la más aburrida que no hizo nada porque al fin y al cabo Santiago era también sacro para el Islam.

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Un final, pero no el esperado

Volviendo a la escatología, esa rama de la teología que versa sobre el final y de la que es parte el milenarismo, la ironía es que tan mal se vieron los cristianos de la península que les vino hasta bien. Como lo de dar un azote al niño para que aprenda. Almanzor fue un villano tan bueno, desde el punto de vista católico, que a la postre consiguió unir bastante a sus enemigos. Murió en el 1002, en Medinaceli y no en Calatañazor como se inventó la propaganda cristiana. Solo un lustro después, las expectativas eran muy distintas en el norte de España y Portugal.

Plaza de la catedral de Astorga
Astorga también sufrió al bueno de Almanzor. | Shutterstock

Nadie podrá asegurar si eso de que los caballos de Almanzor bebieron de una pila bautismal. Tampoco si es verdad que no destruyó la tumba. De haberlo hecho habría acabado con el Camino de Santiago. Bien es cierto que, para empezar, que ese sepulcro sea de Santiago es tan mito como lo de que Pedro de Mezonzo se quedara rezando junto al mismo. Una segunda invención no es descabellada.

Lo único cierto es que el templo prerrománico desapareció con el resto de Santiago y que Compostela empezó a usarse como complemento del nombre de la ciudad. Esta prosperó tras la muerte del caudillo y se convirtió definitivamente en el centro de la Cristiandad que hoy sigue siendo. Un lugar al que llegar en búsqueda del yo, de otra persona, de fe, de experiencia o de ribeiro y pulpo. Eso da igual. Al final ni hubo fin de los tiempos ni dejó de haber peregrinos.