El Bispo Santo y los normandos

En el siglo XI los habitantes de Ribadeo (en la costa de Lugo), vieron acercarse una gran flota que iba recorriendo la costa en busca de un lugar para desembarcar. Inmediatamente enviaron un emisario para avisar al señor de aquellas tierras, el obispo residente en San Martiño de Mondoñedo (cerca de Mondoñedo, donde ahora está esa diócesis).

Ría de Ribadeo

Por aquel entonces, el obispo era Don Gonzalo, un hombre viejo y venerado por todos que anteriormente había sido abad del Real monasterio de Sahagún (León). A pesar de que el origen etimológico del nombre germánico Gonzalo es “Totalmente dispuesto a la lucha”, guerrear no estaba entre las inclinaciones de éste obispo.

Ante tan alarmantes noticias el obispo reunió al cabildo en que figuraban los personajes más prominentes de Mondoñedo; y después de escucharles decidió ponerse en manos de Dios. Pidió que le trajeran una cruz y con ella se dirigió a toda prisa hacia la costa, al encuentro de los invasores. Por el camino se fue encontrando con numerosos habitantes de las poblaciones de la costa, que huían aterrados. Les habló de la necesidad de tener fe, pues el sentía que era lo único que podría salvarles de aquellos piratas. Consiguió tranquilizarles, y después les convenció para que le acompañaran a orar juntos por su salvación; cantando letanías con gran devoción se dirigieron todos en procesión hacia la costa.

Ascendieron en procesión a una colina, desde la que pudieron divisar a la enorme flota enemiga. El obispo se detuvo y dirigió una fervorosa oración del grupo de fieles, que continuamente rogaban a Dios por su salvación. Al finalizar, vieron asombrados como había arreciado el viento, formándose unas enormes olas.

El obispo reanudó al camino, ascendiendo para ello a otra colina más cercana a la costa; volvió a detenerse y todos juntos volvieron a rezar con fervor por su salvación. El vendaval se recrudeció aún más, formando olas todavía más enormes que engulleron a algunas embarcaciones.

Alto de Grela y Estuario de Ribadeo

Ya muy cerca de la costa, desde el Alto de la Grela la tempestad era tan tremenda que no se podía ver lo que ocurría en el cercano mar. Por eso el obispo preguntó por el número de naves que quedaban a flote. Le respondieron que aún había tres por lo que el obispo se hincó de rodillas y se puso de nuevo a rezar piadosamente hasta que la última embarcación naufragó.

En aquel momento comenzó a amainar el temporal. Los testigos de aquellos hechos, maravillados, como acción de gracias, erigieron una ermita en el lugar. Hoy se la conoce como la Ermita do Bispo Santo.

Otra versión de esta historia precisa, incluso, la frase que Gonzalo pronunció al producirse tan insólito suceso: “Pidámosle a Dios que nos permita ser siempre libres y podamos llevar por todas las tierras de Galicia esta dichosa nueva”.

Ermita de Bispo Santo.

Dado que los piratas se ahogaron sin llegar a pisar tierra, no se pudo constatar claramente su filiación. Algunos piensan que eran normandos, otros, que se trató de los barcos del pirata moro Abdelhamuyt, que había sido derrotado por aquellas esas fechas. Recientemente, las autoridades de Foz han decidido promover una fiesta conmemorativa a mediados de junio, adoptando a los normandos como invasores.

Fuente de A Zapata

Estos hechos sólo fueron el comienzo de la trayectoria milagrera de Gonzalo. Tiempo después, ante la conveniencia de tener agua cerca, el obispo tiró una zapatilla en un lugar del cual surgió agua. El lugar se llamaría, apropiadamente, a partir de entonces Fuente A Zapata. Lógicamente, con semejantes prodigios, Gonzalo acabó siendo canonizado y aquellos lugares, ligados a su persona, son todavía hoy considerados como muy milagreros por los naturales del país. En el museo de la iglesia románica de San Martín de Mondoñedo se encuentra el sepulcro de San Gonzalo – Bispo Santo como aquí se le conoce – así como su anillo y su báculo.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier.

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