Conmovedor Zoo de cristal

El patetismo convertido en memorable espectáculo; esta es la idea con la que salí ayer del Teatro Bellas Artes de Madrid después de ver el Zoo de cristal. Una función de las que te dejan pensativo y provocan reflexiones variadas acerca de nuestra propia existencia. Teatro que llega al corazón y conmueve; dramático, incluso terrible; como tantas vidas.

Puestos a establecer dicotomías entre las actitudes vitales de las personas, pueden dividirse entre quienes los que se resignan y los que luchan, entre los generosos y los egoistas, los realistas y los idealistas, aquellos que tienen una visión pesimista de la vida y los optimistas, quienes tratan de provocar una determinada impresión en su interlocutor y los que se muestran como son, las personas manipuladoras y las respetuosas hacia el libre albedrío ajeno. Pues estos planteamientos (y algún otro más del que ahora no me acuerdo) aparecen reflejados en el mosaico humano que se representa en esta función. Tenga en cuenta el lector que, para que las personas nos pasemos dos horas aguantando un drama patético —con algunos instantes de humor inteligente— es porque en ella hay mucha miga, y que esta es intemporal. El ideario y el lenguaje que han hecho del autor Tennesse Williams un clásico.

El autor sitúa la acción durante la Gran Depresión, en una ciudad del Medio Oeste norteamericano. La protagonista es una mujer madura que no pudo cumplir sus sueños juveniles y que se refugia periódicamente en unos idealizados recuerdos de su etapa de soltera en el sur del país — localización que le aporta ínfulas aristocráticas y pose afrancesada— para evadirse de su dura realidad de esposa abandonada con dos hijos. No solo perdió su belleza, amistades y estatus social, si no que incluso se ha quedado sin sus raíces, pasando de una plantación en un lugar idílico a una modesto apartamento de alquiler en una ciudad industrial. Dirige de forma manipuladora a una hija acomplejada por una minusvalía y a un vástago con parecidas tendencias al esposo que la abandonó; ninguno de los dos responde a sus expectativas. Durante la obra el ambiente se va enrareciendo hasta un punto en que la sorpresa surge, demostrando que todo es posible en la vida y que las imaginaciones de las personas pueden resultar tan falsas como tóxicas. El desenlace del Zoo de cristal induce al espectador a imaginarse el futuro de los protagonistas.

En la función destaca la creíble actuación de Silvia Marsó, poderosa hembra que domina el escenario como Amanda su familia, generando sentimientos de patetismo difíciles de imaginar antes de entrar en la sala. Está acompañada por sus “hijos”: un eficaz Alejandro Aréstegui y una creíble Pilar Gil; así como por Carlos García Cortazar en el papel de Jim (personaje que ofrece un refrescante contrapunto al ambiente claustrofóbico de la familia). El hecho de que no me explaye en comentarios debe de interpretarse como signo de eficacia; se comienza a seguir sus evoluciones y uno se olvida de los intérpretes, la acción cautiva y absorbe la atención hasta el final. Entonces, por fin, el espectador se queda solo con sus pensamientos, divagando acerca del final abierto que nos deja Tennessee Williams.

Si quieres conocer a los intérpretes de la función y que te ayuden a sumergirte aún más en esta obra maestra, te animamos a aprovechar una oferta única de visita al backstage y copa con el elenco por solo 15,20 euros.

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