El Galileo más entretenido y cercano en el Teatro Valle Inclán.

En el teatro con mayúsculas la potencia escénica de las ideas fuerza representadas puede llegar a convertir en excusa a los personajes históricos y a los ambientes empleados por los responsables de la dramaturgia; siendo esta la combinación de las aportaciones del autor, del responsable de la versión y del director. En éste caso, la obra Vida de Galileo de Bertolt Brecht se ha beneficiado de una versión y dirección de Ernesto Caballero que aumenta con algunas dosis adicionales de ingenio los aspectos más gratificantes del espectáculo. Incluso se puede afirmar que esta obra casi convierte en parodia la historia representada. Una función que —sin poderse calificar de divertida— mantiene al espectador sonriendo casi permanentemente; la razón de que el drama escrito por el dramaturgo alemán provoque esta reacción es la ironía y el sarcasmo del texto, acentuados por la presencia y la actuación de los intérpretes y por el empleo de las actuaciones musicales. Se aligera el discurso sin por ello perderse las ideas fuerza de del drama histórico al que se tuvo que enfrentar Galileo.

Otro factor clave de esta pieza es el protagonismo de un actor con un estilo interpretativo tan característico como el de Fontseré; con unas dosis de ironía y sarcasmo muy asociados a su persona a lo largo de su trayectoria teatral que ha venido protagonizando; todo lo cual condiciona la representación. La doble actuación de Ramón Fontseré es una sorpresa inesperada, producto de la excelente emboscada la que nos tiende Ernesto Caballero para mantenernos alerta desde el principio y señalarnos que esta versión tiene su impronta. Y no escribo más para no fastidiarle al lector la función. Durante el resto de la obra Fontseré domina la escena con su característica gestualidad y tonos de voz; entretenidísimo. También muy eficaces el conjunto de actores que deben de representar en rápida sucesión el elevado número de personajes que discurren durante las distintas fases de la acción narrada por Brecht.

En esta función el escenario situado en el centro de la sala por Paco Azorín ofrece diversas aportaciones. Por una parte, al privar a los intérpretes de unos decorados y deja a los espectadores la labor de poner mentalmente el ambiente; así contribuye a deshistoricizar la trama, enfatizándose los mensajes universales e intemporales que contiene la obra: las pequeñas miserias que hay que aceptar en todo creador —el miedo físico, el afán por el dinero y la comodidad— también se trata de la relación del hombre genial con los poderes fácticos y con sus propios discipulos y amigos, así como el asunto de la resistencia de la gente a aceptar incluso los hechos más evidentes pues descolocan su sistema de ideas y el orden al que están acostumbrados. La absorción de conclusiones resulta más fácil cuando no hay elementos ambientales que distraigan de los diálogos y la interpretación de los personajes. Otro aspecto interesante es el empleo de un escenario redondo y en movimiento; así el tablado refuerza el asunto central de la discusión entre Galileo y las autoridades: que la tierra no es el centro del universo, y que por ello la interpretación eclesial de las Sagradas Escrituras queda en peligro por las connotaciones de los descubrimientos astronómicos que Galileo contribuye a probar con el empleo de su telescopio.

Muy acertado el vestuario de Felype Lima. En éste la uniformidad del color negro (el predominante en los personajes que impulsaron del Concilio de Trento que es el ideario que sobrevuela toda la trama) quita importancia de nuevo a los aspectos históricos, que solo pueden intuirse por algunos aditamentos que se incorporan. Estos aportes de vestuario son los justos para no confundir al espectador en la continua rotación de personajes —unos ochenta— que desfilan a lo largo de la acción, por lo que los intérpretes representan bastantes papeles en la función; sin los pequeños aditamentos de Lima sería mucho más fácil confundirse.

En resumen, una compleja y muy entretenida obra de teatro; pues esta imaginativa versión hace más digerible —e incluso muy gratas— las dos horas y cuarto de duración de tan magna pieza teatral. Es tan buena que no se hace larga, créame.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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