APABULLANTE “La Cocina” de Arnold Wesker

Cuando el público no sabe a cual de los intérpretes seguir con la mirada, debiendo decidir qué aspecto de la acción y qué parte del escenario observar -como si se tratase de un amplísimo buffet libre- el entretenimiento está asegurado. A tan delicioso dilema hay que añadir el ritmo trepidante que sigue la acción de La Cocina durante buena parte de la función. Se trata de una obra intensa como pocas, que deja agotados a los actores y actrices que tienen los papeles más prolongados. Esto es en buena parte consecuencia de las inversión de cuantioso tiempo y recursos económicos para esta función: veintiséis intérpretes a los que coordinar, el montaje de un escenario rectangular colocado en medio del Teatro Valle-Inclán, una excelente escenografía para representar la gigantesca cocina; despliegue de medios solo al alcance de una entidad como el Centro Dramático Nacional. La dirección de tan numeroso elenco artístico ha debido de requerir prolongados ensayos porque hay momentos en que semejante enjambre de personas debe de evolucionar muy rápido por un espacio más bien escaso; un trabajo muy notable del director Sergio Peris-Mencheta.

La obra de Arnold Wesker está situada en un momento histórico particularmente conflictivo: el Acuerdo de Londres de 1953, por el que se perdonó a Alemania gran parte de la deuda incurrida a causa de la Segunda Guerra Mundial. Unos meses en los que el recuerdo de la responsabilidad alemana reavivó los odios de aquel conflicto. El escenario de la trama es la cocina de una gran restaurante de alto standing, donde un amplio equipos de trabajadores procedentes de diversos países . Llama la atención el personaje de Peter, un alemán al que desde el comienzo de la obra el resto de personajes presentan como muy conflictivo, alegatos que el no deja de confirmar en todo momento. Pero es también el líder informal de la trama quien provoca la reflexión de todos los demás y -sin embargo- también es el que tiene los dos gestos de humanidad más relevantes que se realizan durante la función; pues mientras todos hablan y no actúan, Peter es quien tiene los comportamientos más conmovedores. La obra tiene algo de metáfora, en algunos momentos se llega a equiparar la dureza de aquella cocina con lo que ocurre en el exterior; asunto en el que el autor no ofrece una tesis única, sino que plantea dos opciones: esa dureza es consustancial a una gran cocina y esa dureza existe también en la depresiva economía de la Inglaterra de la posguerra (donde transcurre la acción). También muy interesante el mensaje final del ‘antipático’ dueño del restaurante y su ambivalente actitud acerca de la amoralidad que reina en su negocio (se roba y se tolera).

El espectáculo pudiera haber resultado aún más excelente si se hubiera ‘pelado’ un poco el texto, eliminando algunas actuaciones secundarias que muy poco aportan, eso también habría conseguido acortar una función que se hace un tanto larga con una duración de dos horas y cuarto, pudiendo también aprovecharse para acabar de rematar el perfil psicológico de los protagonistas. Lo cierto es que, sin dejar de ser una obra coral, con muchas intervenciones sustanciales, tal vez Wesker trató de definir demasiados roles con insuficiente tiempo. Dentreo de unas extraordinarias interpretaciones merece la pena destacar algunas que pueden interesar al espectador seguir con más insistencia a la hora de elegir donde mirar en el escenario: Xabier Murua encarna excelentemente al conflictivo líder informal de la cocina (Peter). Me gustó la jerarquía interpretativa y presencia en el escenario del siempre eficaz Roberto Álvarez y el corto pero muy significativo papel de Luis Zahera como propietario del negocio.

En resumen, una obra imprescindible. No deje de tratar de verla, quedan pocos días de actuación y las entradas se agotan a diario.

Texto de Igtnacio Suárez-Zuloaga

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