El Sócrates más actual en Matadero

En los buenos subtítulos suelen resumirse las intenciones últimas de los autores, que los emplean como artimañas para «picar» al público con un mensaje directo e incluso provocador.

Así interpreto yo el «Juicio y muerte de un ciudadano» que Mario Gas y Alberto Iglesias han añadido al universal nombre de Sócrates —quintaesencia del ciudadano—. Es su forma de trasladarnos la intención de esta obra: hacer reflexionar acerca de las consecuencias para algunos individuos de cumplir con sus deberes hacia la comunidad (con la irresponsabilidad y la deshonestidad de los demás como telón de fondo). Los autores tratan —sin mencionarlo— del gran problema que ha llevado a la sociedad occidental a desconfiar de sus líderes e incluso del sistema democrático: la falta de unos líderes cívicos que se enfrenten al poder para contrapesar sus excesos. Para ello se valen del final de la vida de Sócrates, un ateniense que se dedicó a emplear la mayéutica —la técnica de interrogar a las personas para provocar su reflexión individual— para instigar en sus conciudadanos el deseo de valorar lo que a el le parecían los problemas más graves de su época: la corrupción y la deshonestidad de algunos grandes personajes, así como el empleo de la religión como mecanismo de inmovilismo y de control social. El asunto es tan apasionante que me alargaría explicándolo y teorizando acerca de mis propias experiencias —pues he sido profesor y consultor en temas de liderazgo—.

Sí animo al aficionado al teatro fijarse en la estructura del texto escrito por Mario Gas y Alberto Iglesias. Reune dos de las máximas virtudes que a mi juicio debe de tener una buena obra: sorpresa y ritmo. Sin entrar a desvelarlas —aunque no dejo de estar tentado, lo confieso— le animo a fijarse en las transmutaciones personaje-actor-personaje que se producen en la obra (provocando inevitablemente la sonrisa, cuando no la carcajada del espectador) y los cambios de perspectiva de la trama: confesiones personales al público, diálogos, rememorizaciones e incluso los pensamientos íntimos de personajes. Hay que estar muy alerta de lo que ocurre para poder asimilar esa rica variedad de perspectivas. Este juego con el espectador es cada vez más frecuente en nuestros escenarios, demostrando el gran nivel actual de muchos de nuestros dramaturgos.

Un segundo comentario sobre esta obra es respecto de la ambientación. Paco Azorín ha planteado un escenario muy abierto —propio de las condiciones de la Sala Fernando Arrabal— que produce la impresión de estar más allá de un lugar concreto; nos dicen que es la Atenas del año 399 antes de Jesucristo, pero pudiera ser otro lugar porque el director lo que quiere es universalizar y darle un alcance intemporal a la trama. Algo que es verdad, puesto que nuestra realidad actual reúne bastantes aspectos de lo que Socratés denunció. A su vez, la combinación de escasa decoración con una iluminación muy enfocada permite pasar sin interrupciones del espacio donde se reunía la Asamblea (la Ekkklesía donde ser juntaban los 600 para deliberar) a una celda o la casa de uno de los personajes.

Las interpretaciones son muy eficaces; produciéndose un larguísimo aplauso el día en que asistí a la función. José María Pou nos presenta un Sócrates pletórico de facultades sobre el que no pesan sus setenta años y que consigue no derrumbarse ante la decepción que se lleva por la reacción de sus conciudadanos. Por criticar algo de su excelente interpretación, tal vez Pou debiera enfatizar un poco más la angustia del filósofo, pues no acaba de aparentar el estado de ánimo de quien muy cerca está de la muerte (nadie tan humano como Sócrates podría aparentar semejante dominio de sus sentimientos ante semejante trance). Con el personaje de su contradictor Méleto —excelentemente interpretado por Pep Molina— mantiene Pou un brillante duelo que culmina con una escena en la que Molina nos traslada el pensamiento de Méleto acerca de su propia conducta. Muchísmo también me ha gustado la interpretación del fiel amigo de Sócrates llamado Critón,  representado por el siempre sólido Carles Canut.

En resumen, magnífica esta obra de teatro; una de las mejores actualmente representadas en el Teatro Español de Madrid. Además, no puede resultar más oportuna para el momento de indignación social en el que estamos incursos. Un gran espectáculo. No se lo pierda.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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