Numancia y Mad Max en el Teatro Español

Espectacular e innecesariamente adulterada la posmoderna versión de la Numancia de Cervantes por Juan Carlos Pérez de la Fuente. Una obra coral en la que el protagonismo es tan colectivo como el relato que conocemos a través de las crónicas de los historiadores romanos. El texto se enfoca en el drama de un pueblo que trata de apaciguar a su enemigo para evitar una destrucción casi segura; una vez percibida la magnitud de la amenaza que se cierne sobre ellos la trama de la obra describe los sentimientos de asediados y asediadores. Los primeros van evolucionando su estado de ánimo conforme la situación se va agravando, optando por la muerte colectiva antes que la rendición. Una actitud de preservación del honor que se ve menoscabada por los ruines actos de desesperación de una parte de los numantinos, que ensucian el afán de conseguir el honor colectivo con actos de la máxima bajeza. Los invasores romanos son presentados en su prepotencia, conocedores de su fuerza anteponen esta al combate noble. La contraposición débil y noble frente a fuerte y pragmático es la idea fuerza principal: aquel alcanza la inmortalidad al provocar solidariamente el recuerdo de su dignidad (a pesar de que no todos los numantinos se hicieron merecedores de ello) en tanto que el vencedor es víctima de su decisión de anteponer el cálculo sobre la nobleza. Por esta razón el vencedor no llega a poder disfrutar plenamente de su resultado: no se puede llevar a Roma numantino alguno que muestre su éxito. Naturalmente, la nuestras noticias acerca de lo que aconteció realmente no coincide plenamente con lo narrado en esta épica obra cervantina. Pero estamos en el teatro y es la intención del dramaturgo la que debería contar.

Pero el espíritu noble y el afán cervantino de dignificación de la persona no son trasmitidos por los guionistas; más bien lo contrario. La versión de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño tiene la virtud de su ritmo y espectacularidad, pues consigue mantener la atención del espectador, alcanzando algunos momentos de gran intensidad. Pero también degrada los valores de la obra de Cervantes; incluso los contradice directamente, enfatizando todo lo indigno y desagradable hasta dejarle al espectador con una mala opinión de muchos numantinos. Esto se debe a las numerosas licencias que lo que hacen es distraer al espectador con guiños a la actualidad y episodios soeces y desgradables antagónicos a la finura cervantina; sobresaltan al espectador, pero también menoscaban el excelente asunto principal. Uno de estos son las referencias a la actual crisis de los refugiados y el paralelismo que se hace con los numantinos que no pueden salir a buscar comida por estar rodeados de campamentos romanos con unas infranqueables murallas; me resulta difícil de asociar la desesperación de quien se niega a rendirse y someterse al invasor con el afán de los inmigrantes africanos que tratan de saltar la `muralla´de la verja de Ceuta y Melilla para mejorar su situación económica. A mi esa `lección´de los versionadores me distrajo. Otro asunto aún menos necesario es la brutal escena de la violación de Lira —interpretada por la excelente Miryam Gallego— por el obeso Alberto Velasco; además, éste hace un continuo y desagradable exhibicionismo de su gordura (que es deliberadamente contrapuesta por el director a la esbeltez de Beatriz Argüello). Más chocante aún es la escena del parto de los monstruos, que nada tiene que ver con el texto original y el espíritu de la literatura cervantina. Me he llevado la impresión de que el objetivo principal era transmitir una estética y ritmo con resonancias de las películas de la serie Mad Max, y para ello se ha empleado un texto de Cervantes. Por todo ello esta función, más que un homenaje conmemorativo de Cervantes me parece una utilización de la obra de Don Miguel para mayor lucimiento de guionistas y director. Siendo todos ellos profesionales de talento, en esta ocasión con tantas aportaciones sin relación con el tema, lo que han hecho es restar interés a la función.

A pesar de tantas críticas, no dejo de gustarme mucho el conjunto del espectáculo, en algunos momento cuasi-circense, extremadamente potente. Excelente el diseño de la escenografía de Alessio Meloni, así como el vestuario de Almudena Huertas y la iluminación de José Manuel Guerra. Aquí la forma ha salvado al fondo, porque el sutil y aleccionador estilo y valores cervantinos han sido sometidos al afán del director de provocar espectacularidad a base de grandes dosis de sobresaltos. Muy buena la actuación de todos los intérpretes, gustándome especialmente la actuación de Chema Ruiz (el general Escipión) al comienzo de la obra; consigue trasmitir la sensación del hombre poderoso, que se sabe dominador de recursos y capacidades muy superiores a sus adversarios, y que decide con toda frialdad acerca del destino de una ciudad. Es esa excelente actuación inicial de Ruiz la que refuerza en el espectador la lección cervantina de que el que todo lo puede es capaz de conseguir el resultado, pero no la honorabilidad.

Una obra entretenida y memorable, que merece la pena verse; tratando de fijarse más en cómo se cuenta que en lo que se nos narra. Y es que cuando se versiona a Cervantes, el guionista debe de recordar que se encuentra frente a un diamante maravilloso y que por ello hay que manipularlo el mínimo, porque se puede echar a perder.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

Fotos de Javier Naval.

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