Nuestras Mujeres en el Teatro La Latina

Las actitudes que las personas adoptamos hacia los demás están en función de nuestra experiencia previa, reaccionándose a los nuevos acontecimientos que vamos conociendo de formas que el tiempo demuestra equivocadas o acertadas. En la obra teatral que nos ocupa, una larga amistad —acompañada de importante confianza— es puesta a prueba en el caso de dos amigos que se ven sorprendidos por una actuación delictiva del tercer miembro de su círculo de máxima confianza. Tenían prevista una reunión agradable y se encuentran con un drama.

Un crimen desata las reflexiones individuales de los dos compañeros, que empiezan a revisar la relación con aquel, demostrando con sus juicios la forma de ser de cada cual y las distintas concepciones de la amistad que tiene cada uno de ellos. Durante la función se van añadiendo nuevas informaciones acerca de los hechos acaecidos, demostrándose la influencia de estas en las actitudes de los tres personajes, que van interactuando de formas imprevistas. Una muestra de la condición humana y de la fragilidad de nuestros sentimientos y decisiones trascendentes. También es muy interesante la mutación de la percepción que tiene el espectador del asesino, pues conforme avanza la trama se van descubriendo distintos aspectos de su personalidad y se demuestra una vez más el riesgo de las conclusiones precipitadas.

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Esta tragicomedia amable, entretenida, e incluso en algunos momentos divertida, fluye con las actuaciones de sus tres protagonistas: Gabino Diego, Antonio Hortelano y Antonio Garrido. Puestos a destacar algún aspecto de estas, me quedo con la interpretación de Antonio Garrido en el papel de Max, personaje que me ha parecido especialmente complejo y de difícil traslación al espectador. Se trata de una obra bien resuelta y que hace pasar un buen rato, en la que las dosis de comedia se imponen claramente al atenuado drama de fondo; pero en la que la sorpresa e intensidad emocional tampoco es que alcancen cotas elevadas.

Hay algún pequeño aspecto argumental que a mi juicio sobra; pues resta credibilidad a la trama. Max (interpretado por Antonio Garrido), que es el propietario de la casa, y que ejerce de principal  árbitro ético del dilema en el que se encuentran los tres protagonistas ha instalado en su casa un detector de palmadas que activa o desactiva la luz de la cocina; esas palmadas son empleadas en algunos momentos de la obra para apagar la totalidad de las luces de la sala y separar las distintas secuencias de acción de la trama, al modo de actos.  Resultando eficaz al conseguir sorprender la primera vez al espectador, no me ha gustado el repetido empleo de ese recurso escénico; pues entiendo que es producto de haber introducido previamente algo artificioso, forzado. El director Gabriel Olivares hubiera hecho bien en prescindir de eso, pues en un país como España —y también en la propia Francia, donde vive el tunecino Eric Assous— ese artilugio es tan infrecuente como pijo (aunque también pudiera ser que el autor quisiera con ese dato señalarnos que Max era un pretencioso hedonista).

La obra finaliza con un mensaje de esperanza, no todo es lo que parece ni siempre que tiene que ser lo peor; esto es lo que hace que el público se marche con un buen sabor de boca. En resumen, una obra entretenida.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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