No abre el ministro la boca, que no diga un desatino ¿Solo zarzuela?

Por si a alguien le cabía duda alguna, anoche se le despejaron todas: la Zarzuela es un espectáculo completo en toda regla y la que más disciplinas artísticas reúne. No sólo exige un esfuerzo vocal importante para el cantante, sino que además requiere de las refinadas dotes del actor para salir airoso en las partes habladas. El Teatro de la Zarzuela nos ofreció con Los diamantes de la corona una producción brillante, cuidada con mimo hasta el más mínimo detalle y, sobre todo, divertidísima desde el primer momento. Que se abstenga el público de llamarlo “género chico”, lo que nos ha traído el Teatro es una Zarzuela Grande, con mayúsculas. Y es que el tema en la Zarzuela puede ser todo lo jocoso y satírico que quiera, pero quien escuche los primeros acordes de la partitura de Barbieri nada más subir el telón, se dará cuenta de la madurez musical del maestro que, aunque con cierta influencia de la opereta francesa, no abandona la sonoridad española.

El reparto estuvo de sobresaliente. El sexteto protagonista dio lo mejor de sí en todo momento: María José Moreno arrebató aplausos al final de la función y no es de extrañar: una voz limpia, firme y de fraseo elegante; Darío Schmunk, un tenor con presencia y bis cómica por explotar; Fernando Latorre, un barítono como pocos se escuchan, de timbre hermoso y brillante, con la voz fuera, versátil y de actitud noble; Ricardo Muñiz que se le nota en su salsa actuando y que cumple sólidamente con las partes cantadas;  Cristina Faus, una mezzosoprano de voz timbrada y buen color; y Ricardo Bullón, un barítono que ya nos obsequió con su voz Carmen, aquí vuelve a repetir con un papel pequeño y entregándose al cien por cien. Por otro lado, hay que destacar otro intérprete muy importante: el coro titular del Teatro de la Zarzuela, que pudo lucirse en esta ópera tan agradecida para los números escritos para él. Escucharlo es un delicia para los oídos, pocos coros hay que no pierdan el empaste entre las voces y que tengan un presencia sonora importante. A cualquiera se le tiene que poner los pelos de punta cuando escucha entonar el Kyrie eleison del final del acto I, escena que no tiene desperdicio.

Todos ellos están bajo la dirección escénica de José Carlos Plaza que, aunque ya presentes en el libreto, ha acentuado las críticas sociales de la época trasladándolas a nuestros tiempos (¿o será que el tema no ha perdido vigencia?) Ya es costumbre leer subtítulos encima del escenario, pese a que el idioma es bien conocido por todos los espectadores, pero la frase “desde que él manda todo va mal”, pronunciada por el coro a poco de empezar el segundo acto, la entendió todo el patio de butacas.

Si a todo esto le sumas un vestuario detallista y preciosista diseñado por las manos de José Moreno y unos decorados de cartón piedra de lo más realistas que te transportan a otra época, tenemos un espectáculo digno de verse y de ser disfrutado en plenitud. Las funciones se mantendrán hasta el 14 de diciembre en el Teatro de la Zarzuela y nadie debería dudar de si ir o si no.

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