Deliciosa Ninette y un desternillante señor de Murcia.

La obra trata de un señorito de provincias que acude a la cosmopolita París para desinhibirse y ver mundo. Pero cae prisionero de una red de valores sociales y perspectivas aún más tupida que la que traía de España. Su amigo «cosmopolita» resulta que tiene una vida muy distinta a la que le contó antes de llegar, su lugar de hospedaje se parece mucho más a su propia casa que al hotel internacional que aspira, la gente con la que trata es aún más estrecha de miras que sus amigos del casino de Murcia, los hábitos de quienes conoce superan en hipocresía a los murcianos, la deseada comida francesa resulta aún más provinciana que la que toma a diario y sus deseos de conocer la capital europea tienen un final insólito. En resumen, que viaja para abrirse nuevos horizontes y lo que encuentra es un entorno casi claustrofóbico; el más abierto y lógico de los personajes resulta ser, precisamente, éste aparentemente insignificante «señor de Murcia». Lo único que consigue —eso sí, hasta extremos inimaginables— es el sexo que anhelaba; pero de forma que tampoco puede hacer uso de su aventura como hubiera deseado. Este es el conjunto de paradojas que conforman la idea fuerza principal de esta gran obra de Miguel Miura. Teatro del absurdo con mayúsculas y sutiles moralejas.

Esta función tiene unas magníficas interpretaciones. Jorge Basanta representa con grandísima expresividad al protagonista provinciano que imaginó Mihura; le ayuda su físico endeble y la baja estatura. Resultan conmovedores sus gestos de resignación y desternillantes los tonos de voz con los que el personaje «Andrés» va ofreciendo sucesivos contrapuntos a las erráticas ocurrencias del resto de personajes. Natalia Sánchez se metamorfosea en el chocante personaje de «Ninette»; una joven aparentemente 100% francesa pero que resulta ser el personaje más castizo de todos; supera con éxito el reto técnico de emplear una gestualidad y tono de voz finos e incluso melosos para recoger comportamientos que son inmaduros, egoistas y autoritarios: obsesa sexual, acaparadora de su amado, caprichosa, voluble, no tiene los intereses propios de una persona de su edad, miente continuamente…. Al encarnar semejante retahila de defectos esta extraordinaria actríz consigue resultar encantadora en todo momento; y, contra todo pronóstico salirse con la suya al final de la función. Miguel Rellán en su habitual eficacia interpretativa emplea esa moderación gestual y su presencia en el escenario para representar al exiliado político que rechaza la intolerancia pero es el más intolerante, quien dice rechazar los convencionalismos pero que los sigue a rajatabla. Julieta Serrano y Jorge Basanta también están muy bien en dos papeles de soporte de los principales, conformando el entorno de pequeñeces provincianas que atrapa al provinciano español en la cosmopolita París.

La obra empezó por sorprenderme al leer el absurdo texto de César Oliva en el programa de mano. Escribe que Miguel Mihura “era un escritor de comedias” y no “un filósofo o un teórico de la literatura”. Eso ya lo sabemos todos ¿y por qué dedica un 10% de las escasas 150 palabras de su «introducción» (sic) para manifestarlo? Misterio. Especulo que es una forma de quitarle importancia a la calidad del texto, de banalizarlo. ¿Por el hipotético ideario franquista del autor? ¿Porque Oliva ha dirigido una obra sin haber percibido una parte de los mensajes subliminales y asuntos recogidos por Mihura? Pues yo afirmo que Mihura es un gran escritor y esta es una gran obra. Tanto es así que consigue trasladarnos, sin que casi nos demos cuenta, los complejos y trascendentes asuntos que mencioné al inicio de esta crónica; lo que pasa es que para sortear la censura el autor debió de tejer una compleja trama de mensajes e irlos sembrando mediante inteligentísimamente diseñados diálogos. Lo que demuestra el texto de Oliva es que Mihura no ha podido con los prejuicios políticos del Sr. Oliva; no ha conseguido superar la censura encubierta que supone el hecho de que cincuenta años después de ser estrenada se siga introduciendo una obra de teatro con alegatos políticos, solo porque se representara durante el franquismo (dato al que el Sr. Oliva también le dedica un 30% de su mini-texto). En total, casi la mitad del texto a asuntos ideológicos que no interesan al público que va al teatro a divertirse. Tal vez el director Oliva ni se llegara a dar cuenta de la sutil crítica de las contradicciones y las imposturas de los hipócritas parisino-españoles a quien ridiculiza Mihura mediante el provinciano señor de Murcia (que resultó ser moralmente muy superior a todos ellos). ¿O si consiguió darse cuenta y precisamente por eso el señor Oliva sintió la necesidad de menospreciar a Mihura en el programa?

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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