Los hermanos Karamázov más angustiosos que nunca.

La novela Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoievski es una obra cumbre de la literatura universal, pues indaga en los más extremos instintos destructivos de los miembros de una familia y de las relaciones de amor y odio entre semejantes; es también un vivo retrato de la decadente clase dirigente rusa del siglo XIX, aportando una visión  tan histórica como atractiva. Posiblemente recuerde la magnífica adaptación al cine de Richard Brooks —con las sensacionales interpretaciones de Lee J.Cobb y Yul Brynner— un clásico de la cinematografía mundial; hasta el punto de haber disuadido nuevas filmaciones de Holywood. También extraordinaria es la versión teatral de José Luis Collado; una eficaz sucesión de momentos dramáticos enlazados —y aún incrementados— hasta el punto de mantener al espectador acuciado por la angustia durante más de tres horas. El ritmo de la adaptación es tal, que no hay cinco minutos seguidos sin que se produzca un giro de los acontecimientos; el dramatismo sorprende incluso a quien ha leído la novela y ha visto varias veces la película. Si al teatro se va a emocionarse y evadirse de la realidad, esta es una gran oportunidad para ello; partiendo de la base de que la identificación con los personajes va a implicar una continua recepción de las descargas eléctricas que el cerebro transmite según se producen los golpes de efecto.

Esta obra no es recomendable para personas nerviosas y para quienes se encuentren deprimidos, pues supone una durísima inyección de emociones de alta intensidad. Todos los anacronismos y exageraciones de ese texto de la terrible Rusia zarista de hace más de un siglo quedan anulados por la excelente adaptación, la puesta en escena y las interpretaciones. El cerebro le dice al espectador que eso no es verdad y que se debe de concentrar en observar y disfrutar, pero la acción va atrayendo hasta el punto de hacerle a uno parte de lo que ocurre; y —por lo tanto— ver esta obra hace sufrir al espectador. Hay el inconveniente añadido de que es una obra muy larga y hay que estar preparado para no moverse del sitio. Se sufre viéndola, vayan precavidos. Recomendable comer y beber algo en los bares de la plaza y adyacentes antes de entrar al teatro; no conviene ver esto con el estómago vacío (tampoco mucho, pues se pasa casi dos horas sin poder ir al cuarto de baño durante el primer acto).

Repasemos los aspectos técnicos de la función. Gerardo Vera ha preparado una imponente escenografía, con uso de audiovisuales de alta calidad y el empleo del patio de butacas; consiguiendo incrementar aún más el desamparo del espectador ante la sucesión de eventos dramáticos con el que el director asedia a las personas voluntariamente encerradas en ese alargamiento del escenario que es la butaca donde nos removemos durante la función. Vera dirige a un extraordinario reparto de intérpretes; tan eficaces todos ellos que resulta injusto no mencionar a casi todos ellos (aún a costa de cansar al lector). El protagonista principal —en el papel del tiránico patriarca Fiodor Karamázov— es Juan Echanove; su poderosa actuación transmite las miserias de su personaje hasta el extremo de provocar la más honda repulsión y pena en los espectadores. Me ha llamado la atención la agilidad de que hace gala Echanove, inesperada para un hombre de su complexión física y veteranía. No le va a la zaga su co-protagonista y antagonista principal en la acción: Fernando Gil, representando a su hijo primogénito con enorme verismo y patetismo. Gil es capaz de trasladarnos la capacidad de autodestrucción y autoflagelación de su complejo personaje, que nos hace aceptar sin dudar el paso de Dimitri Karamázov desde la mayor abyección a momentos de esperanza y nobleza también destacables. También destacar las convincentes interpretaciones Markos Martín (Iván Karamázov) y Oscar de la Fuente (el bastardo Smerdiakov) en dos papeles donde la bajeza humana de los culpables del asesinato queda tremendamente remarcada, magnificando el drama personal de ambos. Muy buenas también las actuaciones de Marta Poveda y Lucía Quintana en las dos protagonistas femeninas, demostrando la capacidad de dominación de la mujer rusa a través del sexo y del dinero. Finalmente, me ha gustado mucho la actuación de Antonio Medina en sus dos breves papeles, como Padre Zósima y como juez.

Tras tantas advertencias, busquen el día adecuado y prepárense para saborear un drama teatral con mayúsculas, subrayado y exclamaciones. Estará hasta el 10 de enero en el Teatro Valle-Inclán. ¡No se la pierdan!

Fotos de Sergio Parra

Comentarios Facebook

About the author

Simple Share Buttons
Simple Share Buttons

Utilizamos cookies de terceros para mejorar la usabilidad para dispositivo de usuario. Si usted continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración y obtener más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar