Impactantes ‘LOS GONDRA’ en el Teatro Valle Inclán.

Emoción, patetismo y pena pueden embargar al espectador las historias familiares narradas en la obra Los Gondra; cierta admiración es el sentimiento que suscita la labor de su autor: Borja Ortiz de Gondra. Pues muy, muy difícil resulta resumir en una obra de teatro, con tanta intensidad y verosimilitud histórica los principales avatares de un linaje de la alta burguesía de la orilla derecha del río Nervión; una suerte de representación de la atávica intolerancia de una parte de la sociedad vasca. Valiente resulta el comienzo de Los Gondra, en la que el dramaturgo ejerce de actor-relator que comienza confesando su falta de solidaridad ente un atentado terrorista; sinceras -e incluso muy crudas- son sus ‘confesiones’ familiares; esta función es una especie de catarsis con la que el dramaturgo va ajustando cuentas con sus antepasados. Un ‘repaso’ ético que puede hacerse extensible al conjunto de la sociedad vasca.

He comenzado abordando la posición del dramaturgo por una irrefrenable empatía; por mi identificación con su posición. Yo nací en el mismo barrio del mismo pueblo, tengo edad parecida y -desgraciadamente- comparto una historia familiar con demasiados paralelismos con la suya; también sentí la necesidad de buscar en mi pasado familiar explicaciones a la insoportable intolerancia de las últimas generaciones de vascos. Hace una década escribí el libro ‘Vascos contra vascos’ (Planeta 2007); un texto de historia social que también decidí comenzar con una descripción de las últimas generaciones de mi familia. Por eso decidí tratar de curar la herida personal escribiendo; cualquiera persona con sensibilidad y referentes éticos no puede dejar de asombrarse del nivel de intolerancia y visceralidad que han caracterizado a los conflictos civiles de los vascos en los últimos dos siglos. En éste punto estoy en desacuerdo con la afirmación del director Josep Maria Mestres, que -en el programa de mano- manifiesta que esa clase de situaciones se dan también en otras latitudes; afortunadamente no es así, los ciclos de intolerancia virulenta vasca resultan singulares por la recurrencia de sus componentes xenófobos, clericales, racistas y clasistas. Los vascos gustamos de presumir que somos ‘singulares’ (una especie de subconsciente proclamación de que somos únicos’ y ‘superiores’) respecto de nuestros vecinos ibéricos. Lo cierto es que compartimos muchas características con otros pueblos de montaña con acusadas rivalidades entre el campo y la ciudad; en lo que somos realmente ‘especiales’ es en su reiteración durante dos siglos y en la formulación de la intolerancia y la visceralidad. Por estas razones atendí con el corazón encogido a la función de Los Gondra.

Estas historias familiares de luchas fratricidas suelen resultar tan dolorosas para los protagonistas como entretenidas para el público. Y Los Gondra resulta muy entretenida, incluso trepidante. El autor nos relata los cuatro escenarios del drama familiar en orden retrospectivo; desde el presente del momento en que comienza su confesión personal -en directo desde el escenario- hasta la Segunda Guerra Carlista (cuando comienza el ciclo de violencia en su familia). Destaco su capacidad de síntesis, así como su maestría al recoger y mezclar las numerosas contradicciones que singularizan el ‘conflicto entre vascos’: sentimientos de triunfo y derrota, fraternidad y fratricidio, emigración y apego a ‘la casa’ (la tierra), igualitarismo y mayorazgo, solidaridad y homofobia, venganza y…. ¿perdón?. Se nota que el autor entiende los asuntos de esa intrahistoria y lo hace ‘a tumba abierta’. Me dio la impresión que es tal la cantidad de mensajes y matices incluidos en el texto que le ayudaría contar más con la figura del relator en directo -o incluso una voz omnisciente- que situara un poco más al espectador; me pareció que a otros espectadores se le escapaban detalles que son precisamente los que denotan la calidad del texto. Tal cantidad de sustancia resulta difícil de asimilar si no se conoce previamente esos ambientes (tan extraños para un ciudadano normal del siglo XXI).

Los Gondra tiene una excelente puesta en escena. No sé hasta que punto tienen alguna veracidad y quien los ideó, pero el recurso al frontón y al ‘armario de Cuba’ son muy eficaces, y permiten hacer de hilo conductor de la complejísima acción. También sobresaliente -y complicada- la actuación del plantel de intérpretes que representan sin marear al espectador múltiples papeles. Empezando por el propio autor (imposible ser más auténtico), Marcial Álvarez, Sonsoles Benedicto, María Hervás, Iker Lastra, Francisco Ortíz, Juan Pastor Millet, Pepa Pedroche, Victoria Salvador, Cecilia Solaguren y José Tomé. Gracias a todos; una actuación verdaderamente ‘coral’ la que ví. En resumen, una obra fuera de lo habitual; a la que conviene acudir descansado y estar atenta/o para no perder detalle.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga Gáldiz.

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