Lo “normal” con Olivia y Eugenio

Una obra de teatro que le deja a uno con mucho que pensar durante la vuelta a casa. Y es que la mayoría siempre marca los baremos respecto de los cuales se valora el físico, los comportamientos y los resultados de cada cual pues continuamente las personas realizamos juicios de valor, seamos o no conscientes de ello. Pero a menudo la mayoría se equivoca… En nuestra especie, la inteligencia -entendida sobre todo en sus aspectos verbal y matemático, que son los dos más medidos actualmente- es “la reina”. Cuanto mejor se hable o se calcule, más estima social se obtiene. Estas clases de inteligencias (hay muchas otras, musical, kinestética, plástica…) resultan útiles para la mayoría de los trabajos que se realizan en empresas, pero no tienen por qué ser las más adecuadas para la felicidad.  De cara a alcanzar la armonía son más efectivas otras inteligencias como la intrapersonal (“conocerse a uno mismo”) y la interpersonal o empatía (“conocer a los demás”).

En la obra de Herbert Morote Olivia y Eugenio la inteligencia sufre un auténtico cerco argumental a través del monólogo de Concha Velasco (Olivia “la madre”), periódicamente interrumpido por Hugo Aritmendiz (Eugenio “el hijo con síndrome de Down”); pues conforme avanza la función el espectador se va cuestionando el valor de la inteligencia para alcanzar la felicidad. Lo cierto es que al revisar Olivia, resulta que su hijo  Eugenio -que al nacer se vislumbraba como una tremenda desgracia para todos por carecer de inteligencia- había resultado ser una de las mayores fuentes de felicidad durante toda su vida. Tanto es así que, cuando Olivia se plantea una solución egoísta a un trascendental problema personal, es la reacción de su hijo “tonto” la que decide el resultado de la acción. En fin, como en tantas buenas obras de teatro, el amor y la sinceridad prevalecen (para alivio de los espectadores, que van acumulando tensión a lo largo de éste duro y bien interpretado drama).

Todo el peso de la obra recae sobre la siempre eficaz Concha Velasco, dotada de un plus de credibilidad por las duras circunstancias personales que ha sufrido recientemente, y que se encuentra inmersa en un papel hecho a su medida, con un aspecto y una gestualidad de enorme credibilidad, que incrementan si cabe el dramatismo del argumento. En la naturalidad de la interpretación es eficientemente acompañada por Hugo Aritzmendi, que demuestra la capacidad de un enfermo de Down para actuar sin cometer error alguno en un proceso de movimientos verdaderamente complejos a lo largo del escenario. Siendo una obra muy entretenida y aún más estimulante, como aspecto a mejorar, me resultó pobre la escenografía, si bien tiene la virtud de contribuir a centrar la atención en los actores, que debe ser lo que realmente importa.

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