Sobrecogedora PIEDRA OSCURA

Continúa el Teatro Galileo ofreciéndonos sobrecogedoras obras como La Piedra Oscura. Esta vez en un espacio pequeño que contribuye a amplificar el ambiente claustrofóbico de la pieza escrita por Alberto Conejero y dirigida por Pablo Messeiz.

La Piedra Oscura es una recreación de las últimas horas e un condenado a muerte; en principio uno más de tantos combatientes que van a ser ejecutados por haber luchado y perdido. Pero en éste caso, el individuo sin mayor relevancia personal tiene un elemento que hace de su historia algo más interesante para quien la contempla con la distancia de casi ochenta años de diferencia cronológica. El reo había sido parte de la compañía teatral La Barraca y amante de su director: Federico García Lorca. Por el desarrollo de la obra no llegamos a saber si su condición homosexual intervino en su condena o si – como la gran mayoría de los ejecutados durante aquella guerra fratricida – fue simplemente que era un oficial de la escala de complemento capturado. Lo cierto es que el personaje convincentemente interpretado por Daniel Grao se hace con el protagonismo de la acción, dominando a su carcelero y consiguiendo engrandecer su final dotándolo de una causa por la que luchar en sus últimas horas: hacer llegar unos libros de La Barraca a manos “amigas”. Para ello debe de conseguir la complicidad de su débil carcelero – Interpretado por Nacho Sánchez con algo de sobre actuación en algunas escenas -.

obra la piedra oscura en el teatro galileo

Esta es una de esas obras en las que la trascendencia y emoción de la trama, acompañadas por el recogido espacio del Galileo y con un escenario adecuado, consiguen sobreponerse sobre todo lo demás, suscitando las simpatías – cuando no la emocionada indignación del público sobre el asunto representado – por encima de las carencias del texto. Porque el texto, en cuanto a su desarrollo, se queda claramente corto para el objetivo que enuncia el protagonista al final de la última escena: dar significado a una vida y ser recordado. Mucha pretensión para semejantes alforjas que diría el sensato Sancho de ser espectador. En el texto se dan una serie de exageraciones efectistas de cara a cautivar y emocionar al espectador pero los diálogos no consiguen argumentar tan importante objetivo escénico; es el espectador – en el caso de que domine tan terrible hecho histórico – el que debe de aportar su conocimiento de la época para armar una explicación personal sobre el terrible episodio representado. En resumen, que tan importante asunto merece un texto más largo y mejor armado; casi sería mejor escribir LO EXIGE, pues fundamental resulta el cometido del autor de trasladarnos a todos la necesidad de agrandar el alcance de nuestras vidas hasta dejar en otros un rastro que no convierta en alguien merecedor del recuerdo. Hay tantos y tan próximos… un compañero de trabajo que ayuda a los demás, el profesor que recuerdan los alumnos, ese vendedor que echamos de menos cuando no va al mercado, tantas y tantas formas de hacer el bien, en pequeña escala, hasta hacer nuestro mundo un poco más solidario y habitable. A ver si retoma el asunto guionista y nos hace un favor a todos.

Y con todo, no dejar de ver esta pequeña y prometedora obra, porque remueve por dentro y apunta alto en nuestras conciencias.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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