INQUIETANTE “LA OLA” EN EL TEATRO VALLE-INCLÁN

A veces el teatro tiene la capacidad de poner al espectador ante duras e importantes cuestiones existenciales e históricas, con una fuerza muy superior que cualquier otra arte plástica, escénica o cinematográfica. Éste es el caso del experimento sociológico que llevó a cabo el profesor Ron Jones con sus alumnos de un instituto estadounidense en 1967, adaptado al teatro con gran sentido de la oportunidad y maestría por Ignacio García May a partir de una idea de Mark Montserrat Drukker (que también dirige la obra).

En plenas protestas estudiantiles contra la Guerra del Vietnam, cuando la sociedad norteamericana reabría sus heridas de la Guerra de Corea y de la Segunda Guerra Mundial, y cuando las imágenes de la contienda, enviadas por lo reporteros gráficos y emitidas por televisión llegaron sin censura a los hogares, se abrió un tremendo debate nacional. En ese momento de aflicción e incertidumbre un profesor planea y provoca una situación en su aula, manipulando a los alumnos. La reacción de estos adolescentes, como reflejo de la sociedad de su tiempo, y como proyección del futuro de la mayor democracia del mundo, resulta inquietante. También las de sus padres al tener conocimiento de lo que ocurría en el instituto.

La alienación y la ausencia de coraje de las minorías a la hora de enfrentarse a la mayoría creciente ya había sido tratada en el Centro dramático Nacional con la reciente obra el Rinoceronte, pero con una perspectiva diferente. En éste caso, incluso más que los asuntos de la persecución del distinto, de la coacción del grupo, de la manipulación del líder, surge la falta de memoria histórica y la desmovilización de la minoría discrepante frente a una mayoría coyuntural.

La puesta en escena se hace con una excelente imitación de un instituto californiano de la época, tan conocida por las numerosas películas con que Hollywood nos traslada sus ambientes nacionales, empleando un eficaz doble plano interno y externo del aula que es reforzado por la circulación reiterada de los actores y actrices remarcando el perímetro de ambos espacios levemente señalados. En cuanto al apartado de la interpretación, Javier Ballesteros representa convincentemente el doble aspecto de un líder que arriesga hasta el extremo para poner en evidencia el peligro al que se someten unos alumnos que confíen en exceso del “profesor – colega” y renuncien a su autonomía de criterio. Entre el grupo de jovencísimos actores y actrices me gustó especialmente las actuaciones de carolina Herrera (como una poco inteligente, inocente y entusiasta Wendy) y David Carrillo (como el exaltado Doug); cierto es que los suyos eran los papales con un perfil más nítido y menos complejos de representar.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga. Imágenes cedidas por el CDN.

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