La magnificencia barroca en el Teatro de la Zarzuela.

Mucho discutía el público a la salida del Teatro de la zarzuela acerca de si había gustado más la ópera La guerra de los gigantes o la zarzuela El imposible mayor en amor, le vence amor. Ambas fueron representadas en un programa doble y tienen en común la autoría musical de Sebastián Durón y la extraordinaria calidad del conjunto de la función. Resulta difícil elegir por donde empezar a comentar y no excederse con los adjetivos calificativos. Los larguísimos y vibrantes aplausos reflejaron el entusiasmo del público por unas representaciones sensacionales: la música, las interpretaciones de los cantantes, la escenografía, el vestuario, la interpretación de la orquesta con instrumentos de la época… Hasta la sorpresa, durante el descanso los responsables del teatro llegaron a `perseguir´ a los espectadores hasta el propio ambigú del teatro; me explico, al subir a tomar algo y cobrar fuerzas para afrontar la segunda representación —pues la velada dura casi cuatro horas— nos encontramos a varios de los protagonistas actuando también allí; entre bromas acerca de la rivalidad entre la escena española e italiana estaban además sorteando una botella de cava. Divertido, ocurrente, y el público encantado de que se le sorprenda hasta en el descanso; ¡bien por la gerencia de éste gran teatro! eso es rizar el rizo. En nuestra red En los Mejores Escenarios hemos puesto una grabación.

Vamos con la ópera escénica La guerra de los gigantes. Gustavo Tambascio ha hecho una atrevida adaptación del original, transformando a las diosas en directivas de empresa y a los gigantes en obreros, y trasladando la acción desde la mitología clásica hasta una curiosa fábrica europea del año 1959. Para ello el equipo de Ricardo Sánchez Cuerda ha ejecutado un impactante escenario que mezcla lo industrial con un telón de fondo con la apariencia de una gigantesca cristalera (que recuerda a los techos del Rockefeller Center neoyorquino, elaborado por José María Sert) excelentemente ejecutado. Ese elemento escenográfico tiene la característica de abrirse de forma sorpresiva, produciéndose un convincente efecto lumínico cuando se pretende ofrecer la impresión de una industria pesada en acción; la escenografía está en su conjunto cuidadísima. No menos excelente es la ecléctica figuración, en la que aparecen algunos monstruosos gigantes del estilo de los personajes de comics Marvel de esa época, junto con caracterizaciones más modernas; una de las protagonistas llega a aparecer con indumentarias del estilo de la de Jennifer Lawrence en la célebre serie de películas Los Juegos del Hambre. Estaba por allí la diseñadora Agatha Ruíz de la Prada y me quedé con ganas de preguntarle su opinión. Se consigue el efecto de una obra que siendo moderna en apariencia pero tiene un espíritu barroco. El complicado argumento del autor anónimo pierde relevancia ante los apabullantes recursos escénicos de esta función; hay que estar pendiente para disfrutar de todos ellos, de la maravillosa música de Sebastián Durón y de la excelente interpretación de artistas y músicos.

Tras la comentada sorpresa del intermedio nos encontramos con un bellísimo decorado de un palacio barroco en el que deambulan los personajes clásicos empleados por Francisco de Bances Candamo; quiero aquí recomendar al lector/a que pinche en éste vínculo para informarse acerca de tan novelesco personaje histórico (que yo reconozco acabar de descubrir). El texto de comedia de enredo entre diosas y héroes en Fenicia es lo de menos, aunque el texto está bellamente armado; se trata de unos asuntos del gusto de la Europa de comienzos del siglo XVIII que nos pueden parecer a nosotros tan absurdos como los temas actuales podrían resultarle a Bances Candamo y sus coetáneos. El imponente escenario esta vez resulta inmaculadamente historicista y aún más primorosamente ejecutado que el precedente. El vestuario es otro elemento que vuelve a llamar la atención del espectador, un desplieque de sofisticación que realza los ampulosos movimientos de los intérpretes, muy bien caracterizados por los maquilladores. La suave, armónica, música y cadenciosa música de Sebastián Durón está muy bien orquestada e interpretada, gustando especialmente la actuación del coro del Teatro de la Zarzuela, que tiene un relevante papel en la obra. Al igual que en la función anterior, lo más relevante de la interpretación musical es el elevado nivel de todos los cantantes, siendo difícil destacar a unos sobre otros.

La gran diferencia de espacio dedicada a cada asunto en éste texto no implica hacer de menos la excelente música del equipo de Leonardo García Alarcón; no es que no fuera excelente, es que el abrumador despliegue de magnificencia estética predomina en estas obras. El trabajo de los equipos de escenografía y figuración del Teatro de la Zarzuela sigue en continua progresión, así como el del equipo de dirección y marketing (que sorprenden a los espectadores). Finalmente, espero volver a ver pronto a Gustavo Tambascio  y la Cappella Mediterránea trabajando en el teatro de la Zarzuela; que maravilla.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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Comentarios

  • ¡Qué verdad! 20 marzo, 2016 at 7:56 am

    Magnifica critica que explica con concisión las maravillosas cuatro horas que disfruté del estreno.

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