María Moliner: la diccionarista que “pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida”

¿Qué podía decir yo, si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?», así respondió María, aterrorizada por la posibilidad de tener que hacer un discurso de ingreso, cuando no se aceptó su candidatura a ingresar en la Real Academia de la Lengua en 1972, la primera de una mujer.

Su biógrafa, la historiadora y periodista Inmaculada de la Fuente (‘El exilio interior. La vida de María Moliner’, ed. Turner, 2011), señala que de la diccionarista –como le gustaba que le llamaran-  ha trascendido una imagen de «hormiguita tenaz y estudiosa», «discreta y humilde». Pero tras hablar con mucha gente que la conoció se dio cuenta de que era, además, una mujer «muy segura de sí misma, con una enorme capacidad de trabajo y que no se arredraba ante nada». Por eso, seguramente, se atrevió con una obra tan colosal que le llevo más de quince años de trabajo, diez horas al día.

Escribió Gabriel García Marquez, en un articulo que publicó en El País en 1981: “Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos.Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo”.

diccionarista maria moliner

La principal aportación de su diccionario es que en vez de utilizar el orden alfabético, la lexicógrafa extrajo el significado de los vocablos y los agrupó en familias. Diferenció entre términos usuales y no usuales, enterró los vocablos obsoletos, modernizó las acepciones del diccionario académico –escritas a menudo en un lenguaje decimonónico, machista y pomposo– y anticipó la inclusión de la Ll en la L y de la Ch en la C, un criterio que la propia RAE imitaría unos años después. Uno de sus caballos de batalla fue la definición en círculo vicioso; había notado que en el diccionario ‘oficial’ muchas voces remitían unas a otras, sin llegar nunca a explicarse: así infringir era quebrantar; quebrantar, traspasar y violar; violar, infringir o quebrantar.

Las opiniones de los actuales miembros de la Academia son positivas. Francisco Rico estima que el valor del Diccionario de Uso del Español de María Moliner reside en que aporta definiciones «pormenorizadas, a la vez que sencillas y claras», acompañadas de ejemplos y aclaraciones; el escritor José Manuel Caballero Bonald afirma que la obra de María Moliner es «un diccionario que sigue estando muy vivo», como resultado de «una tarea ejemplar, realizada con mucho entusiasmo y pocos recursos para crear algo útil, nuevo y ejemplar». A su juicio, por comparación el DRAE peca de «rígido»; el académico José Antonio Pascual lo tiene claro: «Su diccionario fue una bendición para la lexicografía española; lo hizo más coherente, más limpio, y organizó las palabras en función de las ideas y sus relaciones».

En 1981, termino la vida de María Moliner, dejando «el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana», en palabras de Gabriel García Márquez. Probablemente fue en su casa, regando las flores de su terraza o tecleando su Olivetti en unas cuartillas cortadas.

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